La derrota de la Selección en la final del Mundial sigue alimentando nuevas teorías. Ahora, desde sectores vinculados a la AFA, deslizan que Mauricio Macri habría impulsado la versión sobre una posible sanción de la FIFA por la bandera de Malvinas para debilitar políticamente a Claudio «Chiqui» Tapia. En la Argentina el fútbol ya no se explica con goles: se explica con internas, operaciones y conspiraciones.
Durante décadas Mauricio Macri tuvo una obsesión conocida: volver a Boca. Pero, según la nueva teoría que circula en el universo del fútbol argentino, el expresidente habría decidido ampliar el menú. Si antes el objetivo era recuperar Brandsen 805, ahora también estaría jugando un partido paralelo contra Claudio «Chiqui» Tapia. La pelota sigue rodando, pero las verdaderas gambetas, al parecer, ocurren en los escritorios.
La versión que comenzó a circular en dirigentes cercanos a la AFA sostiene que la amenaza de una supuesta sanción de la FIFA contra la Selección por exhibir la bandera de Malvinas tras el triunfo frente a Inglaterra habría sido parte de una maniobra para desgastar al presidente de la AFA. Es una teoría difícil de comprobar, pero extraordinariamente argentina: cuando aparece un conflicto, antes que buscar pruebas se arma un campeonato de sospechosos.
La historia tiene todos los ingredientes necesarios. Está la FIFA, aparecen Malvinas, surge una supuesta amenaza de suspensión, entra en escena el FBI, aparecen celulares presuntamente secuestrados, versiones que luego son desmentidas y, finalmente, Mauricio Macri. Es prácticamente una producción de Netflix, salvo porque los guionistas argentinos jamás aceptarían un libreto tan poco creíble.

Desde la AFA deslizan que Macri tendría interés en debilitar a Tapia porque representa un obstáculo para quienes impulsan las Sociedades Anónimas Deportivas y porque conserva una enorme influencia dentro del fútbol argentino. La política nacional logró una hazaña histórica: convertir hasta un saque lateral en una disputa institucional.
El problema es que en Argentina ninguna conspiración viene sola. Cada teoría necesita otra teoría que explique la anterior. Si la FIFA presiona, alguien tiene que explicar quién convenció a la FIFA. Si aparece la UEFA, alguien pregunta qué tendría que ver la UEFA con la AFA. Y cuando esa pregunta resulta incómoda, aparece Macri para completar el rompecabezas. En este país las hipótesis funcionan como las muñecas rusas: siempre hay otra escondida adentro.
La figura del expresidente parece haberse convertido en un comodín narrativo. Si Boca pierde una elección, aparece Macri. Si las SAD vuelven al debate, aparece Macri. Si una bandera genera tensión internacional, también aparece Macri. A este ritmo, dentro de poco alguien va a culparlo de haber movido el arco unos centímetros antes del gol de Ferran Torres.
Lo curioso es que Macri tampoco ayudó demasiado a despejar las sospechas cuando criticó públicamente el despliegue de la bandera de Malvinas tras el partido con Inglaterra y sostuvo que los jugadores «hicieron una de más». Una frase alcanzó para que muchos empezaran a completar el resto de la historia con imaginación propia. En Argentina una declaración nunca termina cuando se pronuncia; recién empieza cuando cada sector la interpreta como más le conviene.
Mientras tanto, la verdadera final parece seguir jugándose lejos del césped. En un lado están quienes defienden a Tapia y ven operaciones permanentes para desplazarlo. Del otro, quienes consideran que la conducción de la AFA debe cambiar y que el modelo actual agotó su ciclo. El resultado deportivo quedó archivado hace días. La interna, en cambio, todavía sigue en tiempo suplementario.
Lo más admirable es la velocidad con la que el fútbol argentino convierte cualquier episodio en una disputa de poder. Otros países analizan esquemas tácticos, rendimientos individuales o errores defensivos. Aquí se investigan llamadas telefónicas, vínculos políticos, reuniones reservadas, dirigentes internacionales y presuntas filtraciones. Guardiola estudia videos; nosotros estudiamos organigramas.
Las redes sociales tampoco decepcionaron. En cuestión de horas aparecieron expertos en derecho deportivo internacional, analistas de inteligencia, especialistas en geopolítica, conocedores de los estatutos de la FIFA y detectives aficionados capaces de unir una foto, un tuit y una declaración para construir una trama digna de una novela de espionaje. Sherlock Holmes habría pedido el pase a la Liga Profesional.
Al final, la Selección perdió una final, España levantó la Copa y el fútbol argentino volvió a demostrar que jamás desperdicia una buena interna. Porque mientras el resto del mundo todavía discute si Ferran Torres definió bien o mal, acá el debate ya está varios capítulos más adelante: quién llamó a quién, quién filtró qué, quién quiere quedarse con la AFA y quién mueve los hilos desde las sombras.
Quizás algún día se conozca toda la verdad sobre aquellas horas previas a la final. O quizás no. En la Argentina eso tampoco es un problema. Las conspiraciones tienen una ventaja incomparable sobre los campeonatos: aunque nunca se demuestren, siempre clasifican para la siguiente temporada.



























