La decisión del Senasa de avanzar con la desregulación de la vacunación contra la fiebre aftosa, celebrada por Federico Sturzenegger, provocó una inesperada rebelión de sociedades rurales bonaerenses. Los mismos productores que durante años reclamaron menos Estado ahora le piden al Estado que no desarme uno de los pocos sistemas que, según sostienen, funcionó durante más de tres décadas.
Federico Sturzenegger tiene una habilidad extraordinaria: entra a una habitación, observa algo que funciona hace treinta años y automáticamente siente la necesidad de desregularlo. Es casi un reflejo biológico. Un reloj marca bien la hora, una puerta cierra correctamente o un sistema sanitario erradicó una enfermedad durante décadas y, para él, todo eso constituye una anomalía que merece ser corregida por la mano invisible del mercado.
Esta vez el experimento cayó sobre la vacunación contra la fiebre aftosa. Según el nuevo esquema, los productores podrán elegir libremente quién les aplica las vacunas y los veterinarios competirán en un ecosistema abierto. Porque si algo le faltaba a una campaña sanitaria era incorporar la emoción de la libre competencia. Las vacas, desde 2027, pasarán a ser consumidoras informadas.
El problema apareció cuando quienes comenzaron a protestar no fueron precisamente militantes estatistas ni sindicalistas del sector público. Fueron las propias sociedades rurales. Es uno de esos momentos en que la realidad argentina produce giros argumentales imposibles de escribir: el campo salió a defender regulaciones sanitarias mientras el Gobierno defendía la desregulación. Hasta las vacas quedaron desorientadas ideológicamente.
Durante años el discurso fue sencillo: menos Estado, menos burocracia, menos intervención. Pero alguien olvidó una pequeña aclaración al pie del contrato. El Estado sobraba… salvo cuando controlaba enfermedades que podían cerrar mercados internacionales y arruinar exportaciones millonarias. Ahí resulta que el inspector ya no era un burócrata; era un héroe silencioso con una conservadora llena de vacunas.
Las rurales advierten que el nuevo sistema puede volver imposible controlar la cadena de frío, auditar las campañas y garantizar que toda la hacienda reciba la vacuna en tiempo y forma. Sturzenegger, en cambio, imagina un ecosistema competitivo donde todos mejoran porque compiten. La aftosa, mientras tanto, todavía no confirmó si piensa respetar las reglas del libre mercado o si continuará actuando como un monopolio biológico.
La escena futura promete ser fascinante. Un productor comparando presupuestos de vacunación como quien busca el mejor plan de telefonía celular. «¿Qué promoción tiene?». «Con esta aplicación vacunamos cien novillos y el servicio incluye un descuento en ivermectina». La enfermedad quizá no entienda mucho de ofertas, pero el mercado nunca pierde una oportunidad comercial.
Lo verdaderamente sorprendente es que el Gobierno logró algo que parecía imposible: unir en una misma crítica a entidades rurales que normalmente compiten entre sí. Hay reformas que generan consenso nacional; esta consiguió que hasta quienes suelen discutir por cada resolución coincidieran en que tal vez no era buena idea experimentar con uno de los pilares sanitarios de la ganadería argentina. Cuando Carbap empieza a sonar como la CGT, alguien debería revisar el Excel.
Las entidades incluso fueron más allá y anunciaron que, si la resolución entra en vigencia, deslindan responsabilidades por eventuales fracasos sanitarios futuros. Traducido al castellano: «Si después aparece un problema, no digan que no avisamos». Es el equivalente rural a colocar un cartel de «Piso mojado» antes de que alguien decida correr igual.
Sturzenegger, por supuesto, celebró la medida como una revolución. En su universo intelectual toda regulación es un obstáculo y toda competencia es una virtud. Si pudiera, probablemente pondría a competir los semáforos entre sí para ver cuál consigue más clientes. La consistencia ideológica es admirable, aunque a veces choque con pequeños detalles como la biología.
El inconveniente de los virus es que nunca leyeron a Hayek. Tampoco conocen a Milton Friedman, ni entienden qué significa la eficiencia asignativa. La fiebre aftosa tiene una costumbre bastante anticuada: aprovecha cualquier falla sanitaria sin preguntar antes si el sistema es estatal, privado o mixto. Es uno de esos organismos profundamente populistas que insisten en comportarse según las leyes de la epidemiología en lugar de las del mercado.
Quizá dentro de unos años la desregulación sea un éxito rotundo y todos celebren la reforma. O quizá no. Lo único seguro es que, si algún día la aftosa reaparece, nadie podrá acusarla de ser enemiga de la libertad económica. Simplemente habrá entendido el mensaje del Gobierno: en la Argentina de la desregulación, hasta los virus tienen derecho a competir.



























