El domingo 1° de marzo, mientras los laburantes se mentalizaban para otro lunes de dejar la espalda en cuotas, Javier Milei se paró en el Congreso y montó su unipersonal de trinchera. Cuarenta minutos de bardo fino: “chorros” para los peronistas, “Cristina va a seguir presa porque es chorra”, “chilindrina troska” para una diputada del FIT y el latiguillo de campaña reciclado: “me encanta hacerlos llorar”. Después, como quien vende refrito en prime time, enumeró leyes ya votadas con tono de primicia mundial.
A las 21, con el país en terapia intensiva —la guita evaporándose, pibes de 14 con prontuario anticipado y los glaciares esperando la retroexcavadora—, el gran anuncio fue ese: disfruta hacer llorar. Gestión emocional, cero; gestión pública, veremos.
¿Plan para la industria que se cae a pedazos?. Nada.
¿Algún empujón para un consumo que no levanta ni con grúa?. Tampoco.
¿Una línea para jubilados que estiran la polenta como si fuera mozzarella?. Silencio administrativo.
Hubo insultos premium y coreografía de barricada.
De entrada, palo y a la bolsa contra el peronismo: “chorros, manga de delincuentes”. Desde las bancas, scrolling terapéutico y cara de póker. Después fue por Cristina Fernández de Kirchner, con el combo cuadernos–Memorándum–“porque es chorra”. Estadista en modo panelista.
También ligó la izquierda: a Nicolás del Caño le marcó el porcentaje como si fuera ticket de supermercado y a Romina Del Plá la rebautizó “chilindrina troska”. Intentaron protestar. Fue como reclamarle al VAR sin cámara.
Mientras tanto, la economía real pasa la gorra, el riesgo país hace trekking en altura y el que puede corre al dólar como si regalaran chalecos salvavidas. Pero tranquilos: el show continúa, las entradas ya están vendidas y la función no se suspende por falta de realidad. Gobernar, si pinta, lo dejamos para la segunda temporada.
LOS NÚMEROS QUE NO MENCIONÓ (PORQUE NO LE CONVIENE)
Y después vino la parte de PowerPoint sin PowerPoint. Javier Milei habló de crecimiento, de superávit, de “salir del pozo”. Todo muy épico, música de Rocky de fondo. Lo que no contó es que el riesgo país —ese numerito que usan los mercados para decirte si te prestan o te miran de reojo— empezó febrero en 482 puntos y lo terminó en 570. Casi 20% arriba en un mes. En criollo: si esto es salir del pozo, alguien dejó la escalera apoyada en el agujero de al lado.
Tampoco hubo mención a otro detalle menor. En enero, mientras el relato bronceaba estadísticas, las “personas humanas” —así las llama el BCRA, como si fueran NPCs— compraron 3.146 millones de dólares netos. Tres mil ciento cuarenta y seis millones. En un mes. No es ahorro hormiga: es estampida con planilla de Excel.
La fuga —sí, fuga— no afloja. Los que tienen espalda dolarizan y diversifican; los que no, miran la vidriera y hacen cuentas con la SUBE. Si el país estuviera saliendo del pozo, la plata no estaría buscando aeropuerto.
Pero en el Congreso hubo aplausos para el superávit y metáforas de renacimiento. Afuera, el termómetro marca otra cosa: más riesgo, más cobertura, más dólares bajo el colchón. La fe mueve montañas; el mercado, por ahora, mueve capitales.
LA OPOSICIÓN: MUEBLES CON BANCA
Lo más triste no fue Javier Milei a los gritos. Fue la oposición en modo audiolibro: volumen bajo, sin interrupciones. El año pasado habían plantado el recinto porque “no se prestaban al show”. Esta vez, después de “ratas”, “coimeros” y demás zoológico, fueron igual. Se sentaron. Escucharon. Y cuando llegaron los insultos, practicaron yoga cervical: cabeza abajo, mirada al celular.
Un diputado de Unión por la Patria avisó en la previa: “No esperamos nada. Es el mismo Milei que nos dijo ratas y coimeros”. Y aun así, asistencia perfecta. Porque “corresponde institucionalmente”. Mirá vos. Institucionales ahora. Los mismos que denunciaban jueces por decreto y agitaban el caso $LIBRA, hoy descubrieron el protocolo y la silla numerada. La épica quedó en el guardarropas.
¿El resultado?. El Presidente te insulta en prime time y vos asentís como si te estuvieran leyendo el reglamento de tránsito. Si te dicen “chorro” y respondés con silencio administrativo, no es institucionalidad: es orfandad política con credencial.
Los dialoguistas tampoco decepcionaron: “No hay mucho margen para hacer show”, confesó uno. Traducción simultánea: entraron rendidos. Saben que el recinto tiene dueño, que las cámaras enfocan al protagonista y que cualquier gesto crítico dura lo que un zócalo. Entonces mejor nada. Mejor decoración.
Así quedó la foto: un oficialismo que insulta y una oposición que posa. Unos hacen stand up; los otros hacen de utilería. Democracia 4K: mucha definición, poco contenido.
LAS INTERNAS LIBERTARIAS: SE MATAN ENTRE ELLOS
Mientras el Presidente vendía épica con tonito de coach financiero, en los palcos libertarios se jugaba la interna de verdad. Aplausos con ganas para Martín Menem, alfil de Karina en Diputados. Silencio incómodo para Victoria Villarruel, como si alguien hubiera bajado el volumen. Y desde un costado, el cantito “Seba, Seba” por Sebastián Pareja, sello del karinismo bonaerense. La foto de familia salió movida.
La pulseada entre el círculo de Karina y la galaxia de Santiago Caputo —el asesor sin cargo pero con llave maestra— ya es deporte oficial. Se disputan cargos, visibilidad, presupuesto y el susurro al oído del jefe. Libertad de mercado, sí; pero para cotizarse entre ellos.
Y lo más corrosivo: la oposición contemplando la escena como si fuera cine arte. Ni una cuña, ni una jugada, ni el amague de capitalizar la grieta. Para morder hay que tener dientes; si no, sos espectador con acreditación.
La postal final: oficialismo a los codazos por el control del timón, oposición en modo perchero y el país haciendo equilibrio en la cubierta. La rosca se cocina a fuego fuerte; la realidad se quema sola.
LOS GOBERNADORES: LA FOTO Y A CALLARSE
Afuera del Congreso, la escena era otra: la fila de los obedientes listos para la selfie. Martín Llaryora, Maximiliano Pullaro, Rogelio Frigerio, Alfredo Cornejo, Leandro Zdero, Claudio Poggi y Jorge Macri posando prolijitos, sonrisa Colgate y mirada de “acá estamos, jefe”.
Algunos juegan de aliados tácticos, otros de socios circunstanciales. Pero todos entienden la regla no escrita: sin la firma de la Rosada no hay giro, no hay obra, no hay caja que cierre. Federalismo de rodillas, versión 2026.
Entonces hacen lo que hay que hacer: foto, guiño, declaración tibia y a esperar el llamado. Porque en este esquema, el que se hace el rebelde se queda sin ATN y sin cinta para cortar. Y en año de ajuste, la rebeldía sale cara.
La imagen es clarita: gobernadores convertidos en gestores de buena conducta. No discuten el rumbo, negocian la respiración asistida. Sonríen para la cámara mientras calculan cuánto les cuesta desentonar.
Y así funciona la coreografía: adentro insultos, afuera sonrisas. El poder reparte bendiciones con gotero y las provincias aplauden, no sea cosa que el agua deje de correr. En el país del ajuste permanente, la dignidad cotiza en baja y la supervivencia se paga en cuotas.
EL PAÍS REAL MIENTRAS TANTO
Mientras Javier Milei hacía cosplay de prócer enojado, la economía real —esa que no aplaude en el palco— seguía pasando la gorra.
El viernes, el Banco Central de la República Argentina avisó, bajito pero clarito: reservas netas en negativo. Sí, negativo. O sea, no es que no hay; es que debemos. La cuenta corriente sigue en rojo. El atraso cambiario ya no es sospecha: es elefante en el living. Y el carry trade sostiene la “paz” financiera con alambre y tasa, como quien infla un castillo para la foto y reza que no sople viento.
¿Recuperación sólida? Dale. Es estabilidad con rueditas. Entra dólar financiero golondrina, hace tasa, sonríe para la planilla y se va. Mientras tanto, el tipo de cambio real se plancha, las importaciones se abaratan en dólares ficticios y la producción local compite contra Excel.
Y la gente común —la que no arbitra tasas ni viaja a Brasil con dólar blend— mira el discurso por tele y hace cuentas con la calculadora del celu: expensas, colegio, prepaga, tarjeta. El superávit fiscal no paga el alquiler; el riesgo país no llena la heladera.
La ironía es quirúrgica: se festeja el equilibrio de planilla mientras el equilibrio doméstico hace agua. Se declama “orden” con reservas bajo cero. Se vende “confianza” con 570 puntos de riesgo país mirando el techo. Es como celebrar que el auto no vibra… porque lo empujan.
Pero tranquilo: el relato está blindado. Si la burbuja aguanta, es modelo. Si pincha, era herencia. Y si la realidad protesta, que espere el próximo discurso. Total, gritar sale gratis; recomponer reservas, no.
LO QUE DEJA LA NOCHE
Javier Milei se fue del Congreso con la satisfacción del que hizo catarsis completa. Cuarenta minutos de terapia grupal, pero en vez de gritarle a los padres, le gritó al país. Se descargó, insultó, señaló, se aplaudió solo. Alta sesión. Faltó el diván y la factura de la prepaga.
La oposición cumplió el rol de familia disfuncional en Navidad: escucha el escándalo, baja la cabeza y corta el pan. Ni una reacción a la altura del agravio. Si te dicen “rata” y respondés con protocolo, no sos dirigente: sos utilería institucional.
Los gobernadores, felices de haber sido enfocados. En este esquema, que te nombren sin retarte ya es logro de gestión. Sonrisa lista, espalda recta y a esperar que la billetera nacional no se cierre del todo. Federalismo versión “por favor y gracias”.
Y mientras tanto, el país real —el que no tuitea desde un palco— sigue haciendo malabares con la tarjeta, el alquiler y la nafta. El Presidente descarga bronca como si eso fuera política pública. Pero la bronca no baja el riesgo país, no rellena reservas, no abarata la carne.
Fue terapia, sí. Catarsis a cielo abierto. El problema es que el paciente no era él: éramos todos. Y cuando el que tiene el poder confunde gobernar con desahogarse, el resultado no es liberación. Es ajuste con micrófono.


























