Con el riesgo país perforando los 500 puntos, en el Gobierno fantasean con volver a Wall Street para captar hasta USD 25.000 millones. El objetivo no sería solamente reforzar reservas: también atravesar los vencimientos de deuda, llegar con aire a 2027 y recuperar margen político para sostener la reelección.
La política argentina tiene una capacidad admirable para reinventar los mismos trucos bajo nombres cada vez más sofisticados. Durante años Javier Milei construyó su personaje denunciando a los gobiernos que hipotecaban el futuro para financiar el presente. Habló de generaciones condenadas por la deuda, de políticos irresponsables que gastaban lo que no tenían y de una dirigencia adicta al crédito externo. Ahora que el riesgo país bajó y Wall Street volvió a mirar a la Argentina sin agarrarse la billetera con ambas manos, en los despachos oficiales empezó a circular una idea sorprendentemente parecida a aquello que tanto criticaban: salir a buscar hasta 25.000 millones de dólares prestados para atravesar los próximos años con menos sobresaltos financieros. La diferencia, por supuesto, es que cuando lo hacen ellos no es endeudamiento: es libertad financiada.
Lo fascinante no es la deuda en sí misma. Argentina toma deuda desde que algunos próceres todavía escribían cartas con pluma. Lo fascinante es la velocidad con la que cambian los principios cuando aparece una oportunidad financiera. El mismo universo libertario que explicaba que la deuda era una bomba moral cuando la emitía otro gobierno ahora observa a Wall Street con la ternura de quien vuelve a encontrarse con un viejo amor. Porque una cosa es predicar la autosuficiencia económica cuando los mercados te ignoran y otra muy distinta es hacerlo cuando empiezan a abrir la puerta de la caja fuerte. Ahí las convicciones suelen sufrir una flexibilización extraordinaria.
La cuestión de fondo es bastante menos romántica que los festejos oficiales por el riesgo país. Los acreedores no se emocionan con la batalla cultural, los bonos no leen los discursos presidenciales y los vencimientos tienen una desagradable costumbre: llegan igual. Por eso detrás de toda la épica sobre la confianza recuperada aparece una necesidad mucho más terrenal. El gobierno necesita dólares. Necesita reservas. Necesita aire financiero. Necesita atravesar los próximos años sin sobresaltos cambiarios. Y sobre todo necesita que el calendario electoral llegue antes que las tensiones económicas. Porque la diferencia entre una reelección y una derrota muchas veces no la define una teoría económica sino la capacidad de patear los problemas unos meses más adelante.
Lo verdaderamente extraordinario es que algunos sectores del mercado ya hablan incluso de utilizar parte de esos recursos para financiar infraestructura y recomponer vínculos con gobernadores. Ahí la historia abandona la economía y entra directamente en el terreno de la comedia nacional. Después de pasar años explicando que la obra pública era poco menos que una organización criminal financiada por contribuyentes inocentes, el oficialismo podría terminar usando deuda externa para hacer exactamente eso: obra pública. La motosierra tiene estas paradojas. Sirve para destruir ministerios, pero no reemplaza puentes. Sirve para cerrar organismos, pero no tapa baches. Sirve para ganar elecciones. Después aparece la incómoda tarea de gobernar un país real.
En los mercados nadie se engaña demasiado. La baja del riesgo país es una buena noticia para el gobierno, pero no elimina las preguntas incómodas que sobrevuelan al experimento libertario. Los inversores observan con atención la macroeconomía, pero también miran la política. Y cuando miran la política argentina se encuentran con una escena que se parece menos a una administración estable que a una convención permanente de internas, operaciones cruzadas y guerras palaciegas. Karina Milei peleada con media estructura oficialista. Santiago Caputo enfrentado a los Menem. Bullrich jugando su propio partido. Gobernadores negociando con calculadora en mano. El Presidente intentando convencer al mundo de que todo está bajo control mientras alrededor suyo las facciones libertarias se disputan el poder con el entusiasmo de familias peleándose por una herencia.
Por eso la pregunta no es si Wall Street está dispuesto a prestar la plata. Wall Street le prestaría dinero hasta a un equilibrista en llamas si cree que alguien terminará pagando los intereses. La pregunta es para qué se utilizará semejante montaña de dólares. Porque endeudarse para transformar una economía puede ser una estrategia de desarrollo. Endeudarse para sostener la estabilidad política hasta una elección es otra cosa. Ahí la deuda deja de parecer una herramienta económica y empieza a funcionar como una tarjeta de crédito electoral. Una muy grande. Una black. Una de esas que permiten seguir consumiendo tranquilidad hoy mientras la factura queda para más adelante.
Al final, la revolución libertaria parece estar descubriendo una verdad que la política argentina conoce desde hace décadas. Gobernar es bastante más difícil que dar conferencias. Los mercados son mucho más exigentes que Twitter. Y los vencimientos tienen una costumbre irritante: no creen en la libertad, no creen en la casta y tampoco creen en la batalla cultural. Sólo quieren cobrar. Y cobrar, en la Argentina, siempre termina siendo un problema del próximo gobierno. O del próximo boludo.


























