Osvaldo González, más conocido como Mane Congo, es uruguayo, rastafari, músico, activista y ahora escritor. Su libro «Etiopía: Tierra de Dioses» acaba de ver la luz bajo el sello del Colectivo Flota Negra Grupo Editor, y no es un libro más. Es una declaración de guerra contra el racismo epistémico, una revisión profunda de las raíces de la civilización y un viaje a las fuentes de la espiritualidad africana. En esta entrevista íntima con Info Negro, Mane habla de por qué un pibe del Cerro de Montevideo, que creció en una calle llamada Argelia y vio que la principal del barrio se llamaba Etiopía, terminó dedicando su vida a desenterrar la historia que nos robaron.
El viernes 13 de marzo, en Punto de Vista Café, en Vicente López, no se va a presentar solamente un libro. Se va a disputar una memoria. Porque hay fechas que parecen casuales y lugares que parecen pequeños, pero a veces la historia elige escenarios modestos para ajustar cuentas con el olvido.
Habrá tambores Nyabinghi, habrá reggae, habrá cuerpos balanceándose como si el ritmo pudiera ordenar aquello que la academia desordenó durante siglos. Pero antes de que el parche vibre y el humo del incienso dibuje espirales lentas sobre las mesas, hubo una conversación. Una de esas conversaciones que no se dan para promocionar un libro, sino para sostener una batalla simbólica.
Mane Congo llega desde Uruguay con la serenidad obstinada de los que no piden permiso para existir. Afrouruguayo, rastafari, investigador de esas genealogías incómodas que el relato oficial prefiere dejar en nota al pie. No habla como un iluminado. Habla como un hombre que ha decidido soltar una verdad aunque le digan exagerado.
Su primer libro —“Antigua Orden Mística de Etiopía – Rastafari y Tewahedo”— fue una declaración de identidad. El segundo —“Etiopía: Tierra de Dioses”— es otra cosa: es una impugnación. Una grieta en el mármol del relato eurocéntrico. Y el tercero, ya registrado —“Haile Selassie: El último rey del primer reino”— completa una trilogía que no busca escandalizar, sino reordenar el mapa espiritual e histórico que nos enseñaron como único.
Porque lo que está en juego no es África como postal, sino África como origen, como fuente, como principio negado.
La conversación empieza con un agradecimiento. Y no es un gesto menor. En tiempos donde la prisa convierte todo en mercancía, detenerse a nombrar a quienes sostienen la lucha es casi un acto político. “Antes que nada quiero agradecerte, Melina, y a toda la producción de Info Negro por este trabajo de reivindicación antirracista y activismo afrodescendiente, tan importante”. Lo dice antes de la primera pregunta, como si supiera que las palabras también pueden ser un refugio.
Hay hombres que escriben para vender. Y hay hombres que escriben para desenterrar.
Mane pertenece a los segundos.
Mientras habla, no hay estridencia. Hay persistencia. La persistencia de quien entendió que el racismo epistémico no es un concepto abstracto, sino una maquinaria que decide qué memorias merecen estatua y cuáles deben conformarse con el silencio.
El viernes habrá música. Habrá comunidad. Habrá celebración. Pero debajo de todo eso habrá algo más profundo: la sensación de que cada libro puede ser un gesto de reparación histórica. No una revancha, no una consigna, sino una restitución.
Porque hay historias que no desaparecieron. Las hicieron desaparecer.
Y cada vez que alguien las vuelve a pronunciar, la historia oficial tiembla un poco.
Y ahí, en ese temblor, empieza la conversación.

Melina Schweizer (MS): Mane, sos músico, activista, investigador. ¿Qué te llevó a escribir un libro sobre Etiopía?, ¿Hubo un momento de quiebre, una intuición, una pregunta que no te dejaba dormir?.
Mane Congo (MC): (Sonríe) Mirá, esto no es mi primer libro. El primero fue «Antigua Orden Mística de Etiopía – Rastafari y Tewahedo», donde hago los enlaces entre la cultura rastafari y la cultura ancestral de la Iglesia Ortodoxa Tewahedo Etíope, que es la iglesia cristiana más antigua del mundo. Este segundo, «Etiopía: Tierra de Dioses», es una misión contra el racismo epistémico y estructural. Acá acentuamos los pilares que Etiopía aportó a otras civilizaciones, cómo los etíopes fueron llevando cultura alrededor del globo, sociología y religión antes que cualquier otra nación.
Pero si te tengo que decir qué me llevó a esto… tiene que ver con el lugar donde nací. Yo soy del Cerro de Montevideo, barrio Casabó puntualmente. Y en ese barrio, las calles tienen todas nombres de países de África. La calle principal es Etiopía. Yo nací en la calle Argelia. Eso ya genera que África esté latente constantemente. Después, el hecho de ser afrodescendiente en la diáspora, criarme en una casa donde mis abuelos practicaban religiones de matriz afro… todo eso te va marcando. No hubo un momento de quiebre, hubo una vida entera de preguntas.
MS: El título es potente: «Tierra de Dioses». ¿Por qué ahora un libro así?. En un mundo que sigue viendo África como un continente de conflictos y pobreza, ¿qué te impulsa a contar esta historia de grandeza espiritual y cultural?
MC: Nos parecía importante, sobre todo desde la premisa de los ancianos rastafari: reparación y repatriación, derechos iguales y justicia para toda la diáspora, para africanos en casa y en el extranjero. Como rastafari y afrodescendiente, siempre levantamos la bandera de la Etiopía ancestral, del África ancestral original. La historia no comienza con la esclavitud. La historia africana fue interrumpida con la trata transatlántica de personas esclavizadas, pero antes de eso hubo grandeza. Nunca es tarde para reivindicar la grandeza del pueblo africano, la que entregó civilización no solo a Europa sino también a Asia y a la América antigua. Combatir el racismo estructural y epistémico que nos impone la sociedad colonial dominante es una tarea de todos los días.
MS: Hablando de identidad, vos te llamás Mane Congo. ¿Cómo se relaciona tu identidad afrouruguaya con la historia etíope?, ¿Hay un hilo que conecte el Río de la Plata con las tierras altas de Etiopía más allá de la diáspora forzada?
MC: Es parte de lo que reivindicamos como rastafaris. Cuando fuimos traídos forzosamente en la trata transatlántica, nos quitaron la identidad. Entonces tomamos un nombre de reconocimiento identitario ancestral africano. En mi caso, los hermanos rastafari me pusieron Mane Congo en ese espíritu. Nuestra diáspora es diversa: acá en Uruguay arribaron más de veinte naciones distintas de africanos traídos a cautiverio colonial. Algunos, con estudios, han encontrado lazos sanguíneos con etíopes. Ese hilo existe, hay que buscarlo, hay que reconstruirlo.
MS: El libro cuestiona la etimología griega de «Etiopía» («rostro quemado») y la reemplaza por una raíz africana que significa «personas que dedican servicio a Anu». ¿Por qué es tan importante pelearse por una palabra?, ¿Qué implica, hoy, para un pibe negro de Uruguay o Argentina, saber que su identidad no fue definida por los griegos sino por sus propios ancestros?
MC: Es importantísimo reivindicar los orígenes africanos, sobre todo cuando son plagiados o no se menciona su autoría. La palabra «Etiopía» en griego tiene un fundamento de interés blanco supremacista, un principio de racismo. Está bien reconocer que para el idioma griego era una representación fenotípica, «piel quemada». Pero a nivel africano, esa palabra tiene una connotación sociológica mucho más profunda: a través de la religión se impartían leyes morales, de establecimiento y construcción social. Para nosotros, recuperar esa raíz es una reparación epistémica. Sobre todo para las generaciones venideras, para que accedan a una información decolonial, con un fundamento histórico rastreable, real y concreto. Les damos herramientas a nuestros jóvenes para defenderse ante el racismo y las teorías supremacistas.
MS: Diodoro Sículo, un historiador griego, decía que los etíopes fueron los primeros humanos y los primeros en adorar a los dioses. ¿Cómo es posible que esta versión de la historia haya sido ignorada durante tanto tiempo?, ¿Fue mala suerte o hubo un borrado sistemático?
MC: Hubo un borrado sistemático. Hay una intencionalidad de supremacismo blanco y racismo estructural que perpetúa la idea de una África pobre, ignorante, poco desarrollada y poco civilizada. Cuando sabemos que sus naciones fueron mucho más poderosas, incluso cuando Europa estaba en la época de las cavernas. Esa historia no se cuenta porque no conviene.
MS: En tu libro conectás Etiopía con Egipto, y decís que los egipcios fueron colonos etíopes liderados por Osiris. ¿Cómo reacciona la academia tradicional cuando planteás estas ideas?, ¿Te miran como loco o hay grietas por donde empieza a entrar esta mirada?
MC: (Se ríe) Sí, he encontrado resistencias. Sobre todo al hecho de que los mismísimos etíopes fueron los creadores de Egipto. Hay una intencionalidad muy clara de extraer a Egipto de África. Lo mencionan en la región que geopolíticamente llaman «Medio Oriente», sin vincularlo para nada con sus principios africanos. Pero los mismos historiadores que los europeos mencionan como eruditos, en los que basan sus pilares de civilización occidental, dicen lo contrario. En esta misión parafraseamos y elevamos las condiciones de historiadores africanos como Runoko Rashidi, Cheikh Anta Diop y otros que reivindican esta negritud original de Egipto.
MS: La figura de Haile Selassie y el movimiento rastafari están muy presentes en la cultura afrodescendiente. ¿Tu libro busca también dialogar con esa tradición?, ¿Qué le dice Mane Congo a un rastafari de hoy?
MC: Exactamente, es desde esta tradición que emprendemos esta misión. Mi primer libro nació con ese espíritu, este lo continúa, y el tercero, que ya registré el año pasado y se llama «Haile Selassie: El último rey del primer reino», cristaliza estas enseñanzas. Mi mensaje a un rastafari de hoy es: busquen las raíces de Etiopía y las verdaderas enseñanzas del Emperador Haile Selassie. Porque él es RAS TAFARI. Nosotros, seguidores de El Rastafari, debemos ir a sus palabras de sabiduría, a sus enseñanzas originales como un verdadero etíope. Él mismo nos entregó la Iglesia Ortodoxa Tewahedo Etíope y la Federación Mundial Etíope Incorporada para organizar y centralizar a la diáspora en opresión. Yo represento a ambas organizaciones en Uruguay.
MS: Vas a presentar el libro en Vicente López, con tambores Nyabinghi y reggae. ¿Por qué elegiste ese formato?, ¿El conocimiento se transmite mejor con tambor que con power point?
MC: (Asiente) Sí, coincidimos. La tradición africana debe seguirse transmitiendo por tradición oral. Hay determinados contenidos que llevan espíritu. Somos personas espirituales, y para una transferencia real, deben ser transmitidos por la tradición oral. Esa es nuestra tradición ancestral africana: de generación en generación, obteniendo sabiduría original gracias a nuestros ancestros. El tambor no es un adorno, es vehículo de memoria.
MS: En Argentina, el racismo muchas veces se niega con el cuento de que «acá no hay negros». ¿Tu libro es también una forma de decirles a los afro-argentinos que su historia no empieza con la esclavitud, sino mucho antes, en las tierras altas de Etiopía?
MC: Totalmente. Destacamos la importancia de que la historia africana se vio interrumpida con la esclavitud. Si fuera comparable a un porcentaje, el 99% de la historia africana es anterior a la esclavitud y solo el 1% es la trata transatlántica. Negamos la postura de que no hay negros en Argentina. Los líderes de muchas naciones han querido mostrar esa imagen, tanto en Uruguay como en Argentina, estableciendo políticas de erradicación sistemática y blanqueamiento de nuestros congéneres. Pero el gen blanco caucásico es recesivo: siempre que se mezcla con un afro, se manifiesta la coloración. Sabemos que hay mucha afro-argentinidad en el interior del país. Es importante reconocernos para poder acceder a derechos iguales y justicia.
MS: Para cerrar, una personal: ¿qué sentís cuando terminás de escribir un libro como este? ¿Hay un momento de alivio, de vértigo, de ganas de llorar?, ¿Y qué esperás que pase cuando alguien lo lea por primera vez?
MC: (Se toma un tiempo). Existe un momento de soltar la obra. Uno quiere reflejar la perfección de su trabajo, y en ese afán a veces nunca se acaba. Llega un momento en que solo queda soltarlo y entregarlo para que cumpla su rol social. Eso me sucede frecuentemente, y con este no fue la excepción. De hecho, el manuscrito original derivó en dos libros: «Etiopía: Tierra de Dioses» y «Haile Selassie: El último rey del primer reino». Cuando alguien lo lea por primera vez, la esperanza es que nutra y construya una visión decolonial, proÁfrica. Parafraseando a Bob Marley, «como fue en un principio, sea en el final». Para conseguir redención, reparación y repatriación para toda la diáspora africana, en casa y en el extranjero. Para que todos los pueblos reconozcan el origen de la humanidad allí.
Lo que la historia insiste en no olvidar
Mane Congo habla con la lentitud de quien sabe que las palabras no se agotan en el aire, sino que se depositan, obstinadas, en la memoria de quien decide escucharlas. No levanta la voz. No necesita hacerlo. Hay en su modo de decir una serenidad antigua, de esas que no buscan convencer de inmediato, sino sembrar una duda que pueda crecer con el tiempo.
No es un erudito de escritorio ni un narrador distante de la historia que estudia. Es un hombre que camina lo que escribe y escribe lo que milita, como si las ideas fueran también un territorio de lucha y no solamente un ejercicio académico. Sus libros no están pensados para adornar las bibliotecas de un progresismo satisfecho que celebra la diversidad desde la comodidad de las ceremonias culturales. Son, más bien, una obstinación: un intento de quebrar la costra de un silencio que durante siglos decidió que África podía ser nombrada, pero no pensada.
Porque en el fondo de su trabajo hay una pregunta que no se pronuncia con estridencia, pero que se queda suspendida como una deuda histórica: quién decidió que un continente podía ser reducido a la ausencia de filosofía, a la imagen de un pasado sin arquitectura espiritual, sin pensamiento propio, sin la dignidad de una grandeza que no necesitaba permiso para existir.
El viernes 13 de marzo, en Punto de Vista Café, no habrá únicamente una presentación de libro. Habrá un gesto de comunidad que se parece más a un reencuentro que a un lanzamiento editorial. Estarán los tambores, el pulso grave y ritual del Nyabinghi, el reggae extendiéndose como una respiración lenta sobre las mesas, la música funcionando como un idioma que precede y excede a la razón. Habrá conversación con Nanu B, habrá la presencia de La Casa del Reggae, habrá cuerpos y voces entrelazándose con esa extraña sensación de que la memoria también puede bailarse.
Será una celebración, sí, pero una celebración atravesada por la conciencia de que recordar no es un acto ingenuo. Recuperar la historia no es solamente traer el pasado al presente; es devolverle a ese pasado la dignidad que le fue negada cuando alguien decidió que el silencio era una forma legítima de archivo.
Porque hay historias que no desaparecieron. No. Las hicieron desaparecer con la paciencia de los sistemas que saben que el olvido no siempre llega con violencia abierta, sino con el desgaste lento de la repetición, con la enseñanza escolar que no nombra, con el mapa que dibuja el mundo dejando en penumbra las raíces incómodas.
Y cada vez que alguien vuelve a pronunciar esas historias, algo en el edificio solemne de la versión oficial de la memoria se agrieta apenas un poco, como si la historia —esa que insiste aunque la quieran callar— tuviera la terquedad de las cosas verdaderas.
En el Cerro de Montevideo, la calle Etiopía sigue allí, con su nombre cargado de preguntas que el barrio no siempre formula en voz alta. Es una calle que pasa desapercibida y, sin embargo, guarda una geografía íntima de la memoria africana en el paisaje uruguayo. Tal vez algún día los pibes y las pibas que corren sobre su vereda quieran saber por qué esa calle se llama así. Y cuando pregunten, alguien tendrá que contarles que los nombres no son sólo marcas en el cemento, sino pequeños archivos de historia, pedazos de mundo que se resisten a desaparecer. Y que hay historias que, aunque intenten enterrarlas, siguen respirando despacio, como la tierra que recuerda.

FICHA TÉCNICA
Libro: Etiopía: Tierra de Dioses
Autor: Osvaldo González (Mane Congo)
Editorial: Colectivo Flota Negra Grupo Editor
Presentación: Viernes 13 de marzo, 19 hs, en Punto de Vista Café (Aristóbulo del Valle 1630, Vicente López)
Actividades: Charla con el autor moderada por Nanu B, apertura de DJ MilRajah, sesión de tambores Nyabinghi y set acústico de La Casa del Reggae. Entrada libre.
Contacto para prensa: etiopismane@gmail.com
Instagram: @etiopis.mane / @colectivoflotanegragrupoeditor / @malungo_libros
Preventa y adquisiciones: Por mail a malungolibros@gmail.com o vía Instagram en las cuentas mencionadas.



























