Daniel Passerini espera que el Gobierno nacional autorice una nueva deuda por USD 100 millones para cancelar bonos heredados y ganar dos años de aire financiero. La cuenta, como ocurre con las mejores tradiciones de la política argentina, quedará para el próximo intendente.
Las deudas tienen una enorme ventaja sobre los políticos: nunca pierden elecciones. Los intendentes llegan prometiendo cambiar la ciudad, inauguran obras, cortan cintas, descubren rotondas y sonríen para las fotos. La deuda, en cambio, no necesita campaña. Siempre gana. Cambia de despacho, cambia de secretario de Hacienda, cambia de color político… pero jamás entrega el poder.
Ramón Mestre tomó el préstamo. Martín Llaryora refinanció el préstamo. Daniel Passerini ahora quiere refinanciar la refinanciación. Si la tradición continúa, el próximo intendente no recibirá un municipio: recibirá una suscripción vitalicia al club de los acreedores internacionales. En Córdoba las herencias familiares ya no se discuten por terrenos; se discuten por bonos en dólares.
El nuevo plan consiste en tomar otros 100 millones de dólares con dos años de gracia para cancelar los bonos que todavía siguen vivos. Es una idea brillante: pedir plata para pagar la plata que se pidió para pagar otra plata. Si esto sigue así, dentro de veinte años algún economista propondrá refinanciar la refinanciación de la refinanciación y lo presentará como innovación financiera.
Los bancos llaman a esto «rollear deuda». En cualquier casa del barrio lo conocen con otro nombre: sacar un préstamo para pagar la tarjeta antes de que llegue el resumen. La diferencia es que cuando un vecino hace eso suele preocuparse. Cuando lo hace la política, organiza una conferencia de prensa y habla de responsabilidad fiscal.
Todo depende ahora de una firma de Diego Santilli. No debe poner un solo dólar. No debe abrir la billetera. Apenas tiene que autorizar que la coparticipación funcione como garantía del préstamo. Es decir, si mañana alguien pregunta quién paga la fiesta, la respuesta correcta será: «el que todavía no fue invitado».
La política argentina inventó una disciplina olímpica que merece reconocimiento internacional: el lanzamiento de vencimientos hacia el futuro. Gana quien consigue que la bomba explote cuando ya ocupa otro despacho. Mestre lanzó la granada. Llaryora le dio otra patada. Ahora Passerini intenta mandarla todavía más lejos. El próximo intendente debería asumir con casco, chaleco antibalas y una calculadora científica.
Lo más extraordinario es que todos pueden decir la verdad al mismo tiempo. Mestre podría afirmar que ya no gobierna. Llaryora que la recibió complicada. Passerini que heredó el problema. El próximo dirá exactamente lo mismo. La deuda logró el milagro que la política jamás consiguió: unir a todos los intendentes en un mismo discurso.
Mientras tanto, Córdoba necesita asfalto, desagües, cordón cuneta y servicios que funcionen. La Provincia ya anunció inversiones millonarias y una curiosa fórmula «fernet» para repartir los costos. Nunca una metáfora fue tan cordobesa. El problema es que el fernet, tarde o temprano, se termina. La deuda siempre pide otra ronda.
Los acreedores deben estar fascinados con la estabilidad institucional argentina. Cambian los gobiernos, los ministros, los concejales y los intendentes, pero los dólares siguen llegando puntualmente. Debe ser el único servicio público que funciona con una regularidad suiza. Los baches podrán multiplicarse, pero el cronograma de intereses jamás pierde el GPS.
En la Municipalidad ya ni deberían hablar de gestión. Tendrían que abrir una oficina de adopción de deudas. Cada cuatro años llega un intendente nuevo, le entregan el bastón de mando, las llaves del despacho y una carpeta con un mensaje sencillo: «Felicitaciones. A partir de hoy esta deuda también es tuya. Cuidala como si fuera de la familia».
El verdadero logro de la política cordobesa no fue construir una ciudad más moderna ni resolver definitivamente un problema financiero. Fue convertir la deuda en patrimonio cultural. Hay monumentos históricos que duran menos. Algunos gobiernos apenas sobreviven un mandato. Esta deuda ya pasó por tres intendentes y ahora busca un cuarto. Si sigue acumulando gestiones, cualquier día deja de cotizar en dólares y empieza a pedir jubilación.
Porque en Córdoba las administraciones cambian, los nombres de los funcionarios también, los discursos se reciclan y las campañas prometen «un nuevo comienzo». Lo único que jamás acepta empezar de nuevo es la deuda. Esa siempre encuentra un político dispuesto a patearla un poquito más. Total, las elecciones pasan rápido… los vencimientos tienen mucha más paciencia.



























