Mientras el Gobierno les pedía a sus funcionarios que no viajaran al Mundial para evitar imágenes de privilegio, el presidente provisional del Senado terminó protagonizando una desesperada carrera para llegar a la final. Entre vuelos cancelados, llamados y la búsqueda de un avión privado, la casta también jugó tiempo suplementario.
Hay personas que, cuando se cancela un vuelo, buscan un hotel. Bartolomé Abdala decidió buscar un avión. No cualquier avión, claro. Uno privado. Porque perder una final del mundo puede ser una tragedia deportiva, pero hacer fila con el resto de los mortales ya entra directamente en la categoría de violación a los derechos humanos.
Dicen que el liberalismo cree en el mercado. Hasta que el mercado cancela el vuelo. En ese instante nace un fenómeno extraordinario: el libertario deja de invocar a Adam Smith y empieza a invocar a cualquier cónsul que tenga el teléfono de un piloto. La mano invisible funciona bárbaro… siempre que tenga pista de despegue.
Lo mejor del episodio es la velocidad con la que desaparecen las convicciones cuando rueda una pelota. Durante meses escuchamos que la política debía dejar de vivir de privilegios. Bastó una tormenta en Florida para descubrir que algunos principios no resisten una demora de embarque. El ajuste será eterno, pero el entretiempo dura apenas quince minutos.
Imaginar la escena ya vale la entrada. Miles de pasajeros resignados aceptando que el clima manda. Y, en algún rincón del aeropuerto, un senador convencido de que quizá exista un avión escondido para autoridades importantes. Es la versión aeroportuaria del «¿usted sabe quién soy yo?», solo que en inglés suena bastante más caro.
El temporal hizo algo que la política argentina nunca consigue: igualó a todo el mundo. El empresario esperaba. El turista esperaba. La familia con tres chicos esperaba. Abdala también… aunque con la secreta esperanza de que la meteorología respetara la división de poderes.
Cuando el jet privado no apareció, llegó el momento más traumático de toda la historia: viajar como cualquier hijo de vecino. Vuelo de línea, escalas, ruta y kilómetros de auto. Una experiencia tan extrema que, de aprobarse en el Senado, seguramente sería considerada trato cruel, inhumano y degradante para altos funcionarios.
Lo extraordinario es que el Mundial consigue milagros que ninguna religión pudo ofrecer. Convierte republicanos en desesperados, austeros en turistas premium y enemigos de los privilegios en exploradores del mercado de aviación ejecutiva. Todo por noventa minutos de fútbol. Ni la Virgen de Luján mueve tanta fe.
La moraleja deja una enseñanza para futuras generaciones de funcionarios. Si el vuelo se cancela, nunca subestimen la capacidad de un político argentino para encontrar una solución creativa. Algunos inventaron ministerios. Otros inventaron impuestos. Y siempre aparece alguno convencido de que el Estado existe, sobre todo, para conseguirle un jet antes de que empiece el partido.
Porque una final del mundo puede durar dos horas. Un avión privado apenas unos minutos de vuelo. Pero la elasticidad de ciertos principios… esa sí que tiene autonomía para cruzar el continente sin necesidad de hacer escala.



























