Claudio Vidal anuló una licitación de $6.500 millones después de que denunciaran que beneficiaba a la empresa de su ex ministro de Salud. Mientras los hospitales sobreviven con alambre, los negocios parecen gozar de excelente estado clínico.
Hay provincias donde la puerta giratoria une el sector público con el privado. En Santa Cruz directamente le sacaron la puerta y dejaron una autopista con peaje estatal.
La gestión de Claudio Vidal volvió a quedar bajo la lupa después de que saliera a la luz una licitación por 6.500 millones de pesos destinada a instalar tótems de telemedicina que terminó adjudicada a una UTE integrada por Vitalmed, la empresa de Ariel Varela, casualmente ex ministro de Salud del propio Vidal. La casualidad, en la política argentina, ya debería tributar Ganancias.
Cuando la oposición empezó a hacer demasiado ruido, el Gobierno decidió anular la licitación. No porque hubiera algo raro, claro. Apenas porque el escándalo había alcanzado un tamaño imposible de esconder debajo de la alfombra.
La escena parece escrita por un guionista fanático del nepotismo empresarial. Varela fue ministro. Después secretario. Después volvió tranquilamente a manejar su empresa privada, que siguió haciendo negocios con el mismo Estado que hasta hacía un rato administraba. Un milagro del libre mercado: algunos pierden el cargo, pero jamás pierden los clientes.
La historia mejora cuando aparece el reemplazo. Analía Constantini asumió como ministra de Salud mientras también trabajaba como pediatra en Vitalmed. En Santa Cruz el conflicto de intereses ya no se resuelve: directamente se terceriza.
El resultado está a la vista. Mientras las licitaciones viajan en primera clase, los hospitales siguen esperando insumos, personal y presupuesto. Porque la motosierra, curiosamente, nunca encuentra el camino hacia los contratos de los amigos.
Y el caso del glaciar Perito Moreno merece un capítulo aparte. Vitalmed obtuvo el servicio médico del principal atractivo turístico de la provincia. Según denuncian trabajadores del sistema sanitario, el operativo consistía en una ambulancia prácticamente vacía, una enfermera precarizada y escasez hasta de jeringas. Si un turista sufría un infarto, probablemente la primera atención consistía en rezarle al desprendimiento del glaciar.
Hoy ni siquiera eso.
Según denuncian profesionales de la salud, el servicio quedó prácticamente abandonado y las emergencias terminan siendo resueltas por brigadistas. El glaciar más famoso del país recibe millones de visitantes, pero un médico parece ser un lujo incompatible con el ajuste… salvo que el presupuesto sea para una licitación entre conocidos.
La explicación oficial seguramente hablará de eficiencia, innovación y modernización. Es el nuevo idioma de la política: antes se decía «acomodo»; ahora se llama «articulación público-privada». Antes era un conflicto de intereses; hoy es una «sinergia estratégica». El diccionario del poder también ajustó por inflación.
Al final, la verdadera telemedicina no eran los tótems.
Era hacer desaparecer la salud pública a distancia mientras los negocios privados seguían recibiendo atención preferencial, cobertura premium y una receta que nunca falla: fondos públicos, amigos correctos y licitaciones con diagnóstico reservado.



























