Vientos del Apocalipsis, de la mozambiqueña Paulina Chiziane, fue traducida al castellano por Pía Paganelli y publicada por La Gran Nilson en la colección Saia Rodada tras obtener un subsidio portugués para la edición de autores en lengua portuguesa. La novela se presenta el sábado 1 de agosto, a las 17, en el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti de Buenos Aires.
Traducir Vientos del Apocalipsis al castellano implicó mucho más que trasladar una novela del portugués a otra lengua. La obra de Paulina Chiziane, primera mujer mozambiqueña en publicar una novela y ganadora del Premio Camões en 2021, llega a la Argentina atravesada por una serie de decisiones colectivas que involucran traducción, edición, investigación y una posición concreta frente a un mercado literario donde las voces africanas en lengua portuguesa continúan circulando mucho menos que aquellas escritas en inglés o francés. La publicación forma parte de la colección Saia Rodada, de la editorial independiente La Gran Nilson, y fue posible después de que el proyecto obtuviera un subsidio portugués destinado a la edición de autores en lengua portuguesa, apoyo que permitió elegir a Chiziane para incorporarla al catálogo argentino.
Ese proceso no pertenece solamente a Pía Paganelli, aunque ella haya realizado la traducción y dirija la colección. La publicación es el resultado del trabajo de una estructura editorial en la que participan distintas personas y saberes. Alejandra Correa, poeta, editora y artista visual, dirige La Gran Nilson; Paganelli conduce Saia Rodada y estuvo a cargo de trasladar la novela al castellano; y la presentación porteña reunirá además a Federico Vivanco, especialista en literaturas africanas anglófonas, y Marisa Pineau, directora de la Maestría y de la Sección de Estudios de Asia y África de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. El sábado 1 de agosto, a las 17, el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti será así el escenario de una conversación que excederá la presentación tradicional de un libro: permitirá discutir qué significa leer África desde Buenos Aires y qué operaciones culturales se ponen en juego cuando una pequeña editorial decide intervenir sobre un canon todavía profundamente europeo.
Paganelli llega a esta traducción con una trayectoria académica directamente vinculada con esas preguntas. Es licenciada y profesora en Letras y doctora en Literatura por la Universidad de Buenos Aires, especialista en Estudios Afrolatinoamericanos y Caribeños y en Gestión Cultural y Comunicación. Actualmente investiga los contra-archivos y modos de aquilombamiento en la literatura afrobrasileña del siglo XIX, participa del proyecto UBACyT Voces de la resistencia en el archivo latinoamericano (de la colonia a la revolución), co-coordina el Grupo de Estudios en Músicas y Artes Afrobrasileñas en Buenos Aires, conduce la Cátedra Libre de Estudios Brasileños de Filosofía y Letras y se desempeña como docente de Literatura Latinoamericana I. Esa formación resulta central para comprender por qué su aproximación a Chiziane no comienza ni termina en la equivalencia lingüística entre portugués y castellano.

Vientos del Apocalipsis obliga precisamente a discutir qué significa traducir una literatura que utiliza la lengua colonial sin someterse completamente a ella. Chiziane escribe en portugués, pero su prosa está atravesada por africanismos, oralidades bantúes, memorias comunitarias y formas narrativas nacidas en el sur de Mozambique. La escritora ha preferido en distintas ocasiones reconocerse como contadora de historias antes que aceptar sin más la categoría occidental de novelista, y esa definición no constituye una coquetería autoral: remite a una tradición donde las historias se transmiten oralmente, muchas veces a través de mujeres reunidas alrededor del fuego, y donde la palabra escrita conserva las marcas de esa circulación colectiva.
Cuando InfoNegro le pregunta qué significa traducir hoy a Chiziane desde Argentina sin reproducir nuevamente la mirada europea que durante siglos explicó África al resto del mundo, Paganelli evita una respuesta tranquilizadora. Traducir desde América Latina, sostiene, no vuelve automáticamente descolonial una traducción. La localización geográfica no elimina por sí sola los instrumentos intelectuales con los que hemos aprendido a leer. Sin embargo, elegir qué autores se traducen, qué editoriales los hacen circular y qué tradiciones se incorporan a los sistemas de lectura puede convertirse en una intervención política sobre ese orden.
Ahí aparece la frase que sintetiza buena parte de la conversación: traducir y publicar literatura africana constituye “un gesto político potente” porque permite desafiar el sistema de lecturas en el que nos formamos. Paganelli lo plantea incluso desde su propia experiencia dentro de la Universidad de Buenos Aires, institución a la que caracteriza como profundamente atravesada por un canon europeo y norteamericano. Su propuesta no consiste simplemente en reemplazar autores de un continente por autores de otro, sino en modificar las relaciones de poder que determinaron durante décadas qué conocimientos eran considerados universales y cuáles quedaban confinados a espacios especializados, periféricos o exóticos.
La decisión editorial de publicar a Chiziane se inscribe precisamente en esa discusión. La Gran Nilson obtuvo un subsidio portugués para editar autores en lengua portuguesa y, frente a la posibilidad de decidir qué obra incorporar al catálogo, el equipo eligió a la escritora mozambiqueña. Paganelli recuerda esa elección como una decisión consciente: no se trataba solamente de aprovechar un financiamiento disponible, sino de utilizarlo para hacer circular en Argentina a una autora central de las letras africanas contemporáneas que todavía posee una presencia reducida en castellano y, particularmente, en los circuitos editoriales latinoamericanos.

Una lengua que no se deja domesticar
La dimensión política de la traducción aparece con especial claridad cuando se observa la lengua de Vientos del Apocalipsis. Chiziane escribe en portugués, pero ese portugués está atravesado por africanismos, por referencias culturales específicas y por una oralidad vinculada con las tradiciones bantúes del sur de Mozambique. La pregunta para Paganelli no consistía solamente en encontrar palabras equivalentes en castellano, sino en decidir hasta dónde debía intervenir la traducción frente a aquello que deliberadamente se apartaba de la norma. Si la escritora había introducido una diferencia dentro de la lengua portuguesa, normalizarla al pasarla al castellano podía terminar borrando precisamente una de las operaciones más potentes de su escritura.
—Chiziane escribe en portugués, pero su literatura está atravesada por lenguas, oralidades y cosmovisiones mozambiqueñas. ¿Qué fue lo más difícil de trasladar al castellano sin borrar esa identidad? ¿Hubo alguna palabra, expresión o pasaje de Vientos del Apocalipsis que sintieras prácticamente intraducible?
Paganelli explica que la edición original rompe en distintos momentos con el registro estandarizado del portugués mediante la incorporación de africanismos, y que conservar esa presencia fue una de las preocupaciones fundamentales de la traducción. La decisión fue no convertir cada término en una explicación para el lector hispanohablante ni construir alrededor de la novela un aparato permanente de notas al pie que terminara interrumpiendo el movimiento de la narración. Los africanismos permanecen allí porque su presencia no constituye un accidente lingüístico que la traducción deba corregir, sino una marca de la cultura desde la cual Chiziane escribe.
La elección tiene una consecuencia interesante: obliga al lector a aceptar que no todo aquello que encuentra en una literatura procedente de otro universo cultural tiene que ser inmediatamente traducido, explicado o reducido a una equivalencia conocida. Durante siglos, buena parte de la literatura colonial convirtió las culturas africanas en objetos que debían ser clasificados y explicados para un lector occidental. La estrategia adoptada en esta edición invierte parcialmente esa relación: es el lector quien debe acercarse al mundo de la novela y admitir que existen sentidos cuya comprensión requiere contexto, paciencia y una disposición a convivir con aquello que inicialmente desconoce.
Esa tensión se relaciona con una característica decisiva de la obra de Chiziane. Su literatura mantiene una relación profunda con la tradición oral y con las formas comunitarias de transmisión de historias. Paganelli destaca que la autora recupera un universo narrativo bantú en el que las mujeres han ocupado históricamente un lugar central como transmisoras de relatos, memorias y conocimientos. Por eso la oralidad no funciona como una ornamentación africana agregada a una novela de estructura europea, sino como una fuerza que modifica el ritmo, la construcción de las voces y la manera misma en que la historia llega hasta quien la escucha o la lee.
La guerra deja de pertenecer a los generales
Ese modo de narrar adquiere una dimensión todavía mayor cuando se observa el acontecimiento histórico que estructura Vientos del Apocalipsis. La novela se sitúa sobre el trasfondo de la guerra civil de Mozambique, conflicto que estalló después de la independencia portuguesa y que devastó al país durante años. Sin embargo, Chiziane evita organizar el relato alrededor de dirigentes políticos, comandantes militares o grandes decisiones estratégicas. Su territorio narrativo son las aldeas y las comunidades; sus personajes pertenecen fundamentalmente al universo de quienes reciben las consecuencias de decisiones que otros tomaron.
—La novela cuenta la guerra desde quienes la padecen —mujeres, niños, ancianos y comunidades rurales— y no desde generales o dirigentes. ¿Chiziane está construyendo una contrahistoria de la guerra civil de Mozambique? ¿Qué cambia en nuestra comprensión de una guerra cuando la historia deja de ser contada por quienes toman las decisiones y comienza a ser narrada por quienes deben sobrevivirlas?
Para Paganelli, la novela posee un importante valor histórico y etnográfico porque permite aproximarse a la guerra desde una experiencia que los relatos políticos tradicionales suelen colocar en segundo plano. La historia deja de estar compuesta exclusivamente por acontecimientos, organizaciones y dirigentes para convertirse en aquello que sucede con la comida, las familias, las cosechas, las relaciones entre vecinos, los desplazamientos y la posibilidad misma de permanecer con vida. La guerra entra en las casas antes de entrar en los libros de historia, y Chiziane decide narrarla desde allí.
La perspectiva comunitaria permite además comprender que los conflictos bélicos no comienzan ni terminan exactamente en las fechas que posteriormente establecen las cronologías. Las sociedades arrastran violencias anteriores y conservan heridas mucho después de los acuerdos políticos. En Vientos del Apocalipsis, el proceso de independencia y la guerra civil forman parte de una historia en la que las promesas de liberación conviven con nuevas formas de destrucción, produciendo una sensación de repetición histórica que atraviesa la novela. El fin del colonialismo portugués no inaugura automáticamente un territorio pacificado ni elimina las estructuras sociales construidas durante siglos.
Las mujeres después de la independencia
En esa mirada desde abajo, las mujeres ocupan una posición decisiva. No aparecen únicamente como víctimas de la violencia ni como figuras secundarias destinadas a esperar el regreso de los hombres que protagonizan la historia. Chiziane las coloca dentro de las contradicciones que atraviesan la vida comunitaria y, al hacerlo, formula una pregunta particularmente incómoda para las narrativas heroicas de las independencias: qué significa liberar políticamente un territorio cuando una parte de quienes lo habitan continúa sometida a relaciones profundamente desiguales.
—Chiziane cuestiona el colonialismo, pero también las estructuras patriarcales que sobrevivieron a la independencia. ¿Qué dice Vientos del Apocalipsis sobre una liberación política que no necesariamente libera a las mujeres?
La lectura que propone Paganelli permite evitar una simplificación frecuente de las literaturas poscoloniales: imaginar que todos los conflictos pueden organizarse alrededor de una oposición entre colonizador y colonizado. Chiziane muestra una sociedad mucho más compleja, atravesada también por disputas internas, relaciones de género, jerarquías comunitarias y distintas formas de ejercicio del poder. La independencia puede transformar radicalmente la organización política de un país sin modificar al mismo ritmo aquello que sucede dentro de las familias, las aldeas y las relaciones entre hombres y mujeres.
Esa perspectiva es particularmente significativa en una autora que ha colocado reiteradamente la experiencia femenina en el centro de su literatura. Las mujeres de Chiziane sostienen comunidades, transmiten historias, atraviesan desplazamientos y violencias, pero también discuten las estructuras que las subordinan. La novela se resiste así a una lectura cómoda tanto del pasado colonial como del presente poscolonial: denunciar la dominación europea no obliga a guardar silencio frente a las desigualdades que sobreviven dentro de la sociedad liberada.
El apocalipsis como repetición de la historia
El título de la novela adquiere entonces una densidad que excede la referencia inmediata a la guerra. El apocalipsis de Chiziane está compuesto por la violencia armada, el hambre, los desplazamientos y la destrucción de las comunidades, pero también por el derrumbe de la promesa de que la independencia conduciría necesariamente hacia un futuro mejor. La tierra arrasada no es solamente un paisaje físico: es también una sociedad obligada a preguntarse qué queda de sus vínculos cuando las estructuras que permitían sostener la vida han sido destruidas.
—¿Qué significa realmente el “apocalipsis” del título? ¿Es la guerra, el hambre, la destrucción de las comunidades o también el derrumbe de una determinada idea de progreso y civilización?
Paganelli encuentra en la novela una dimensión cíclica. La guerra civil aparece como consecuencia de un proceso histórico que debía haber inaugurado la emancipación, pero que termina exponiendo nuevas fracturas. La independencia rompe el dominio colonial portugués, aunque no consigue evitar que el país ingrese en otra experiencia devastadora. Esa circularidad permite leer el apocalipsis no solamente como una catástrofe puntual, sino como la repetición de mecanismos históricos que prometen una ruptura definitiva mientras continúan reproduciendo violencia.
Chiziane, sin embargo, tampoco construye una literatura de devastación absoluta. En medio del paisaje destruido persisten formas de solidaridad, vínculos comunitarios y lo que la propia presentación de la obra define como pequeñas semillas de belleza. Esa tensión impide que la novela reduzca Mozambique a una imagen de guerra, hambre y sufrimiento, una representación que sería particularmente problemática teniendo en cuenta la larga tradición occidental de narrar África exclusivamente mediante la catástrofe. El mundo que muestra Chiziane está herido, pero sigue produciendo relaciones, memorias y formas de vida.
¿Por qué seguimos pasando por Europa para encontrarnos?
La traducción argentina de Vientos del Apocalipsis abre entonces una pregunta que atraviesa el proyecto editorial de Saia Rodada: por qué las literaturas africanas y latinoamericanas, pese a compartir siglos de relaciones históricas, continúan encontrándose con tanta frecuencia después de haber pasado por los centros editoriales europeos. América Latina y África fueron territorios fundamentales para la construcción del capitalismo colonial, estuvieron vinculados por la trata transatlántica de personas esclavizadas y atravesaron procesos de independencia, dependencia económica y disputa cultural, pero sus sistemas literarios todavía mantienen circuitos de circulación sorprendentemente distantes.
—América Latina y África comparten historias de colonialismo, esclavización, dependencia y luchas de liberación y, sin embargo, sus literaturas todavía circulan muy poco entre ambos territorios. ¿Por qué seguimos necesitando tantas veces pasar por Europa para leernos entre el Sur Global?
Para Paganelli, traducir y publicar estas literaturas permite intervenir precisamente sobre esa distancia. Las literaturas africanas lusófonas han ocupado históricamente un lugar mucho más reducido dentro del mercado de traducciones que las producciones africanas en inglés o francés, mientras las estructuras editoriales europeas continúan ejerciendo una enorme capacidad para decidir qué autores alcanzan circulación internacional. El problema no consiste solamente en cuántos libros llegan, sino en quiénes funcionan como intermediarios y legitimadores antes de que una obra africana pueda encontrarse con lectores latinoamericanos.
En ese sentido, la publicación de Chiziane desde Buenos Aires adquiere una relevancia que no necesita exagerarse para ser política. La traducción no elimina las asimetrías del mercado editorial mundial ni convierte automáticamente a una editorial latinoamericana en un espacio descolonizado, pero sí construye una relación menos dependiente de la mediación de los grandes centros culturales. Para Paganelli, esa circulación permite además desmontar representaciones coloniales sobre África y reconocer que el continente no constituye un objeto distante de la historia latinoamericana, sino una de las matrices fundamentales para comprenderla.
Leer África para volver a mirar la Argentina
Ese movimiento se vuelve especialmente significativo en un país como Argentina, donde la construcción histórica de una identidad predominantemente blanca y europea produjo durante décadas la invisibilización de la presencia afrodescendiente. Leer literatura africana no resuelve esa operación histórica, pero puede contribuir a desarmar una idea de África como exterior absoluto y a reconocer las continuidades culturales, políticas e históricas que atraviesan ambos lados del Atlántico.
—En Argentina persiste el relato de un país fundamentalmente blanco y europeo. ¿Puede la circulación de escritoras africanas como Chiziane ayudarnos también a revisar nuestra propia relación con África, la afrodescendencia y la historia nacional?
Paganelli sostiene que leer autores africanos permite problematizar nuestras propias historias nacionales y reconocer dimensiones de las identidades latinoamericanas que fueron sistemáticamente desplazadas. En ese ejercicio adquiere particular importancia el universo bantú presente en la literatura de Chiziane, porque las culturas bantúes poseen resonancias profundas en América Latina como consecuencia de la trata esclavista y de la presencia de poblaciones africanas que trasladaron consigo lenguas, conocimientos, espiritualidades, músicas y formas de organización comunitaria.
La operación resulta entonces doble: acercarse a Mozambique permite conocer una literatura escasamente difundida en Argentina, pero también obliga a revisar aquello que Argentina aprendió a no reconocer dentro de sí misma. Paganelli lo vincula directamente con la necesidad de publicar y traducir literatura y producción intelectual africana y afrodescendiente, una tarea que define como “fundamental” y como “un gesto político potente de desafiar el sistema de lecturas en el que nos formamos”.
Su propia experiencia académica aparece inmediatamente como ejemplo de ese problema. “Imaginate, yo me formé en la Universidad de Buenos Aires, que es una universidad hiperblanca, europea. El canon teórico que se sigue leyendo es europeo y norteamericano”, señala. Para Paganelli, introducir otros autores y otras autoras dentro de esas instituciones implica horadar un sistema de conocimiento que durante generaciones presentó determinados pensamientos europeos como universales y relegó otras tradiciones a espacios especializados. Esa transformación, sostiene, requiere intervenir las universidades, las editoriales y también el espacio público, porque modificar un canon supone al mismo tiempo producir otra pedagogía sobre aquello que una sociedad considera digno de ser leído.
El racismo argentino y el problema del “racistómetro”
La última pregunta de la entrevista se aparta deliberadamente de Vientos del Apocalipsis, aunque surge de una discusión que la lectura de literaturas de la afrodiáspora vuelve inevitable. Durante el Mundial 2026 circuló internacionalmente la afirmación de que Argentina sería “el país más racista del mundo”, una caracterización que Paganelli considera insuficiente para comprender cómo funcionan realmente los procesos de racialización.
—En las últimas semanas volvió a circular internacionalmente la afirmación de que Argentina sería “uno de los países más racistas del mundo”. Usted trabaja con literaturas africanas y latinoamericanas y acaba de traducir a una autora mozambiqueña. ¿Qué piensa cuando escucha esa afirmación? ¿Argentina es particularmente racista o construyó una forma específica de racismo basada en negar, invisibilizar y borrar de su propia identidad nacional la presencia negra y afrodescendiente?
—Con relación a la afirmación que circuló por el Mundial de que Argentina es el país más racista del mundo, me parece que es una provocación propia del mundo de las redes y del algoritmo que prende muy rápido, pero que no deja de ser un eslogan vacío de contenido. Ciertamente Argentina no es el país más racista del mundo. El racismo es constitutivo del capitalismo moderno. El capitalismo se funda en la segregación racial, por lo tanto, el sistema mundo es racista. Y en ese sistema mundo, las características de cómo se construyó el proceso de racialidad, de racialización en Argentina tienen especificidades históricas globales, pero también nacionales.
La cuestión racial no se ve ni se lee de la misma manera en Argentina que en Brasil o que en Estados Unidos, por poner los casos más notorios, donde el racismo es claramente insoslayable. Entonces, la cuestión de armar un “racistómetro” me parece que es un delirio, porque el racismo se ejerce de múltiples maneras, de maneras explícitas y de maneras casi imperceptibles que no dejan de ser racistas, desde que la población negra o racializada no accede a cargos de poder o cargos, por ejemplo, en las universidades en Brasil, hasta gestos explícitos de racismo, como hacer una burla, imitaciones siniestras para burlarse de una persona racializada.
Hay múltiples manifestaciones del racismo en Argentina. La principal es que el Estado nacional argentino se construyó como un Estado europeo y blanco, negando a través de una serie de políticas públicas el componente afro que constituye la identidad nacional. Y a partir de ahí hay un montón de mitos en torno a la inexistencia de negros en Argentina, que claramente tienen que ver con una política racista del Estado nacional argentino, que fue muy similar a la que tuvieron muchos otros Estados latinoamericanos, porque los procesos de independencia fueron acompañados de una serie de políticas públicas de emblanquecimiento en general en toda América Latina.
Entonces, prenderse a estos slogans que surgieron a partir del Mundial, por un lado, es positivo porque instala un tema que en Argentina claramente se debate poco, y más ahora con la ausencia, con el desguace del INADI, la desaparición del INADI y de programas de recuperación de la identidad afro. Claramente, si se había conquistado algo hace unos pocos años, ahora todo eso está desarmado. Entonces, bienvenido el hecho de poder volver a instalar estos temas.
El problema es cómo se instalan, a quiénes convocan para hablar y con qué profundidad se puede hablar este tema. Todavía tenemos mucho trabajo por hacer para revertir el sentido común argentino y construir otros sentidos en torno a la historia de racialización de nuestro país.
Paganelli vuelve entonces al libro y a la tarea editorial que originó la conversación. Para ella, leer teoría afrocentrada y literatura africana y afrodescendiente, traducirla, publicarla y conseguir que circule forma parte de las herramientas disponibles para disputar ese sentido común. No porque una novela pueda corregir por sí sola siglos de construcción racial, sino porque las sociedades también aprenden a imaginarse mediante los libros que leen y, sobre todo, mediante aquellos que sus instituciones decidieron durante mucho tiempo dejar afuera.
La publicación argentina de Vientos del Apocalipsis adquiere desde allí su dimensión más interesante. Chiziane escribe sobre Mozambique, sobre una independencia que no consiguió impedir otra guerra, sobre mujeres atravesadas por estructuras patriarcales, sobre comunidades que intentan sobrevivir cuando la política convierte su territorio en un paisaje arrasado y sobre una cultura que continúa hablando incluso después de la devastación. La traducción permite que esa historia llegue ahora a lectores argentinos sin pretender volverla familiar a cualquier precio, conservando africanismos, oralidades y zonas de extrañeza que recuerdan que acercarse a otra literatura no significa apropiarse completamente de ella.
Eso es, finalmente, lo que vuelve política la decisión de traducir a Chiziane: no hablar por África, sino contribuir a que una de sus grandes escritoras pueda ser leída directamente desde este lado del Atlántico.


























