Un vuelo de Air France que cubría la ruta París-Detroit fue desviado el miércoles al aeropuerto de Montreal, Canadá, después de que las autoridades estadounidenses detectaran que un pasajero a bordo provenía de la República Democrática del Congo. La razón: las restricciones migratorias impuestas por Estados Unidos a raíz del brote de ébola, que limitan el ingreso de personas procedentes de ciertos países africanos.
Air France admitió que había embarcado al pasajero «por error». Según la normativa estadounidense vigente, los ciudadanos de la República Democrática del Congo solo pueden ingresar a territorio estadounidense a través del aeropuerto internacional de Washington (IAD). El vuelo con destino a Detroit no estaba autorizado a transportarlo.
La decisión de desviar el vuelo no respondió a una emergencia médica a bordo. No hubo síntomas, no hubo contagio, no hubo riesgo. El pasajero fue discriminado por su nacionalidad, no por su condición de salud. Las autoridades estadounidenses no especificaron cuándo había estado la persona por última vez en el Congo ni si presentaba síntomas del virus. No hicieron falta. Su pasaporte fue suficiente.
El episodio expone un patrón preocupante. La pandemia de ébola, que afecta principalmente a países africanos, se ha convertido en una excusa para endurecer políticas migratorias que ya eran restrictivas. Las restricciones de ingreso no distinguen entre regiones de un mismo país, ni entre pasajeros que estuvieron en zonas de riesgo y aquellos que no. La nacionalidad se convierte, una vez más, en el único criterio.
Este caso recuerda la política de prohibición migratoria que Estados Unidos impuso durante la administración Trump contra ciudadanos de varios países de mayoría musulmana. El fundamento era la «seguridad nacional». La consecuencia, la discriminación sistemática por origen nacional.
La Organización Mundial de la Salud ha advertido en reiteradas ocasiones que las restricciones de viaje basadas exclusivamente en la nacionalidad son ineficaces para contener brotes epidémicos y contribuyen a estigmatizar a poblaciones enteras. El ébola no se propaga por aire, se transmite por contacto directo con fluidos corporales de personas infectadas o con animales contaminados. Un pasajero asintomático no representa una amenaza mayor para la salud pública que un ciudadano estadounidense que regresa de un viaje a África.
El portavoz del Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP) justificó la medida en las «restricciones de entrada impuestas para reducir el riesgo del virus del Ébola». La aerolínea, por su parte, se lavó las manos: «Air France está obligada a cumplir con los requisitos de entrada de los países a los que presta servicio». El pasajero, convertido en problema logístico, fue dejado en tierra en Canadá. Las autoridades canadienses, que no tienen las mismas restricciones, no informaron qué hicieron con él.
La política migratoria no puede ser una herramienta de discriminación racial. El derecho internacional, en particular la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, obliga a los Estados a garantizar el derecho de toda persona a salir de cualquier país, incluido el propio, y a regresar a su país, sin distinciones basadas en el origen nacional. Estados Unidos es signatario de esa convención desde 1994.
El pasajero congoleño fue bajado del avión en Canadá. No se sabe si pudo continuar su viaje, si fue deportado, si alguien le explicó que el error no era suyo, sino de un sistema que decidió que su pasaporte era un problema. El avión despegó de nuevo hacia Detroit. Sin él. Como si nunca hubiera estado ahí. La xenofobia no es una política migratoria. La discriminación no es un protocolo sanitario. Pero mientras nadie responda por lo que pasó, el sistema seguirá funcionando igual.



























