Ya no quiero sostener este cielo que nos aplasta, este firmamento de ceniza, de plomo y de desidia, donde los niños son cifras en los noticieros mientras las madres cuentan los escombros de su propia vida.
¿Resiliencia?. Una palabra vacía en labios de verdugos. Nos llaman fuertes para no tener que mirarnos, nos llaman héroes para que sigamos siendo esclavas, limpiando la sangre de un sistema que no sabe de pausa.
En el 2026, el mapa es una herida gangrenada: Oriente, Occidente, fronteras que se tragan los nombres, el ajuste que nos roba el pan, el aire, el sueño, y la promesa rota de un futuro que se muere en el olvido.
¿Quién le explica a la madre en la ruina de la guerra que su deber es ser «Superwoman» y sonreír al vacío?. ¿Quién nos pide que cuidemos el mundo que ellos mismos incendian?.
No más altares de mármol para la mujer que aguanta. No más retratos de mártires en la vitrina del mercado. Mi dolor no es un símbolo, es una fractura real, mi cansancio no es virtud, es la voz de una humanidad que se agota.
Hoy, que la tierra se agrieta bajo el peso de tanto horror, ya no quiero ser el pilar, ni la base, ni la sombra. Hoy me declaro, por fin, desobediente: que se caiga el cielo, si el cielo solo se sostiene sobre nuestras espaldas rotas.



























