La AFA presentó el Estadio Único Diego Armando Maradona de La Plata como «la nueva casa de la Selección» en medio de las especulaciones por el regreso de la Scaloneta. Mientras los jugadores todavía hacen las valijas, la dirigencia ya empezó el campeonato nacional de sacarse la foto primero.
Hay una ley física de la política argentina que jamás fue desmentida por la ciencia: donde aparece una copa, automáticamente florecen veinte inauguraciones, cuarenta conferencias de prensa y un centenar de funcionarios convencidos de que también dieron una asistencia en la final. La Scaloneta todavía no había guardado los botines y ya había comenzado el deporte favorito de la dirigencia: disputar la localía de la gloria ajena.
La AFA decidió anunciar que el Estadio Único Diego Armando Maradona de La Plata será «la nueva casa de la Selección Argentina». Una frase que, traducida al idioma político, significa algo muy distinto: acá también queremos salir en la foto. Porque en Argentina una victoria deportiva nunca termina cuando el árbitro pita el final; recién ahí empieza el verdadero torneo, el de ver quién logra colgarse primero de la medalla.
El detalle más simpático es que los jugadores todavía están pensando en volver al país, pero la política ya está repartiendo habitaciones en la casa nueva. Es como organizar el velorio de alguien que todavía está almorzando. La ansiedad institucional ya merece ser declarada patrimonio cultural.
Las obras son reales y necesarias: nuevo drenaje, iluminación LED, mejoras estructurales, vestuarios renovados, sistemas contra incendios y puesta en valor del estadio. Todo eso está perfecto. Lo fascinante es la velocidad con la que el cemento argentino desarrolla conciencia política. Acá una capa de pintura tarda menos en afiliarse que en secarse.
La relación entre Claudio «Chiqui» Tapia y Axel Kicillof tampoco necesita demasiadas traducciones. En política nadie invierte millones en un estadio para que después lo inaugure el vecino. El fútbol y el poder mantienen una historia de amor tan larga que ya deberían compartir obra social. Cambian los gobiernos, cambian los técnicos, cambian las camisetas… lo único permanente es la pasión por cortar cintas.
Mientras tanto, desde el Gobierno nacional siguen calculando cómo será la recepción de la Scaloneta. El problema es que el tricampeonato terminó generando más estrategas del protocolo que entrenadores de fútbol. Si la Selección gana una cuarta Copa, probablemente haga falta crear un Ministerio exclusivo para administrar caravanas, balcones y abrazos institucionales.
La política argentina tiene un talento extraordinario: convertir cualquier alegría colectiva en una competencia inmobiliaria. Ya no alcanza con celebrar el título; ahora también hay que discutir quién es el dueño del living. Dentro de poco aparecerá alguien proponiendo que la Copa del Mundo tenga domicilio fiscal para ver a qué jurisdicción le corresponde la foto oficial.
Resulta imposible no admirar la precisión con la que funciona este mecanismo. Los goles los hacen Messi, Julián o Enzo. Las ovaciones las canta la gente. Pero cuando llega el momento de la infraestructura, las placas conmemorativas brotan más rápido que el césped. Si existiera una Copa Mundial de oportunismo edilicio, Argentina jugaría la final todos los años… y encima la inauguraría antes del sorteo.
El rebautismo del estadio como «Tricampeones del Mundo» también tiene su encanto. En este país descubrimos que cambiar un nombre produce una satisfacción comparable a resolver un problema. Es una tradición nacional: cuando la realidad se pone complicada, siempre queda la posibilidad de estrenar una placa de bronce. Las placas nunca protestan, nunca votan y salen mucho más baratas que las soluciones.
La escena resume bastante bien el ADN argentino. Un grupo de futbolistas gana un campeonato del mundo después de meses de concentración, entrenamiento y sacrificio. Del otro lado del océano, la dirigencia local ya está discutiendo cuál será la dirección postal de la épica. Porque acá los títulos duran para siempre… pero la pelea por apropiarse simbólicamente de ellos empieza antes de que el avión toque la pista. En Argentina el fútbol une al país durante noventa minutos. Después vuelve el campeonato de siempre: el que se juega por la foto del festejo.



























