Kicillof les pidió a los suyos dejar de pelear con Máximo Kirchner y concentrar todos los cañones en Milei. En el peronismo descubrieron que mientras discutían quién manejaba el volante, el auto venía directo hacia el precipicio.
El peronismo es una organización tan extraordinaria que puede pasar meses discutiendo quién tiene derecho a sentarse en la cabecera de la mesa mientras la casa se incendia. Después de varias temporadas protagonizando la telenovela «Compañero, pero hasta ahí», Axel Kicillof decidió bajar una orden tan simple como revolucionaria: dejen de pelearse entre ustedes y empiecen a mirar al tipo que está del otro lado.
No fue un acto de amor fraternal hacia Máximo Kirchner. Tampoco una reconciliación digna de novela mexicana. Fue algo mucho más terrenal: matemática electoral. Mientras Milei empieza a perder brillo y las encuestas muestran que el entusiasmo libertario ya no alcanza para tapar la heladera vacía, seguir regalándole titulares a la interna peronista sería un acto de generosidad política que ni la Madre Teresa hubiera recomendado.
En La Plata entendieron algo que parece obvio pero que en el peronismo suele costar varias reuniones, tres documentos y una cena en San Vicente: el adversario vive en la Casa Rosada, no en el grupo de WhatsApp del PJ. Descubrimiento científico del año.
Eso no significa que las heridas hayan cerrado. Significa apenas que decidieron dejar de tirarse con vajilla mientras el vecino intenta quedarse con la casa. Porque si algo caracteriza al peronismo es su capacidad para postergar la guerra civil hasta después de las elecciones. Después, si hace falta, vuelven a romperse las sillas en la cabeza.
Máximo, por su parte, sigue convencido de que la lapicera tiene ADN. Habla como heredero natural de una empresa familiar que cotiza en votos desde hace dos décadas. Axel, en cambio, juega a ser el gerente que cree que llegó la hora de profesionalizar la administración. El problema es que ambos quieren la misma oficina y ninguno piensa mudarse al archivo.
La escena tiene algo de reunión familiar donde dos primos se pelean por la herencia mientras la tía les recuerda que primero hay que pagar la hipoteca. En este caso, la hipoteca se llama Javier Milei y viene con intereses bastante altos.
Por eso el gobernador eligió tragarse algunas respuestas que hace unos meses hubieran terminado en conferencia de prensa, comunicado de veinte páginas y cuatro off the record. La estrategia ahora es otra: dejar que la motosierra siga haciendo campaña sola. Después de todo, cuando el Gobierno necesita explicar que la gente está peor porque todavía no entendió lo bien que está, la oposición puede darse el lujo de hablar bastante menos.
En el camporismo, sin embargo, siguen buscando candidato alternativo. Sueñan con Wado, miran provincias, hacen cuentas y alimentan la fantasía de conservar el núcleo duro aunque eso implique partir al peronismo como una factura de panadería. La lógica parece impecable: si no pueden quedarse con todo, al menos que nadie más pueda hacerlo.
Mientras tanto, Axel decidió practicar un deporte poco habitual en la política argentina: morderse la lengua. No porque haya descubierto el budismo zen ni porque de golpe le fascine La Cámpora. Simplemente entendió que responder cada provocación sería como discutir con el cajero automático mientras el banco se incendia.
El peronismo, finalmente, parece haber encontrado una verdad elemental.
Las PASO pueden esperar.
Los egos también.
Las cuentas del almacén, en cambio, no.



























