Mientras Karina Milei organizaba el acto como si fuera la dueña del salón, Javier esperaba permiso para entrar y, cuando finalmente le abrieron la puerta, descargó toda la furia defendiendo a Adorni. En la nueva Casa Rosada hasta el Presidente saca número.
La reunión de los bloques libertarios dejó una enseñanza institucional que probablemente no figure en ningún manual de Derecho Constitucional: en la Argentina de Javier Milei el Presidente gobierna, pero primero pregunta si puede pasar. La escena fue casi perfecta. Karina Milei hablaba, presentaba funcionarios y repartía instrucciones mientras Javier esperaba afuera como un proveedor que llegó antes del horario pactado. Cuando intentó entrar, la respuesta fue sencilla, seca y demoledora: «Que espere».
Ni la banda presidencial sirve cuando la dueña del control remoto es otra persona.
Una vez habilitado el ingreso, Milei hizo lo que mejor sabe hacer cuando la realidad le arruina el relato: encontró culpables. Ya no importaban las compras con tarjetas ajenas, las contradicciones patrimoniales ni la investigación judicial que terminó llevándose puesto a Manuel Adorni. No. Todo era culpa de una conspiración integrada por Marcela Pagano, Franco Bindi, periodistas, enemigos internos, enemigos externos y, si le daban cinco minutos más de discurso, seguramente también Napoleón, los masones y la humedad.
La lógica presidencial ya no distingue entre una causa judicial y una persecución cósmica. Si un funcionario queda bajo sospecha, no es porque haya preguntas incómodas sino porque existe una gigantesca confabulación universal cuyo único objetivo es impedir que el Gobierno siga iluminando a la humanidad. Es una doctrina política novedosa: la corrupción nunca existe, solamente existe gente que tiene la pésima costumbre de investigarla.
«Manuel es una víctima», repitió el Presidente con una convicción conmovedora. Y quizás tenga razón. Lo que omitió aclarar es víctima de qué. Porque si algo terminó demoliendo la carrera política de Adorni no fueron precisamente los periodistas sino esa costumbre suicida de explicar cada nuevo escándalo con una versión todavía menos creíble que la anterior. Hay funcionarios que caen por una investigación. Adorni logró la hazaña de caerse explicándose.
Mientras Javier repartía insultos como si estuviera liquidando mercadería antes del cierre, Karina seguía administrando el verdadero poder. Ella presentó el nuevo organigrama, marcó la agenda legislativa, ordenó prioridades y hasta reguló los tiempos presidenciales. El protocolo libertario acaba de incorporar una figura inédita: Presidente con autorización previa.
El dato pasó casi desapercibido porque todos quedaron entretenidos con el enojo presidencial. Sin embargo, la foto habla mucho más que el discurso. La hermana conduce. Los Menem administran. Santilli negocia. El Presidente explica. Y cuando las explicaciones no alcanzan, insulta. Es una división del trabajo bastante eficiente, salvo por el pequeño detalle de que el único elegido por el voto popular parece haberse convertido en el último en enterarse de algunas decisiones.
La defensa cerrada de Adorni también tuvo algo de homenaje póstumo. Se habló de él con el entusiasmo con el que los gobiernos suelen recordar a los funcionarios que ya no volverán. Cuanto más enfática es la defensa pública, más cerca suele estar el archivo definitivo. La política argentina tiene esa superstición: el abrazo presidencial muchas veces funciona como certificado de defunción.
Para completar el cuadro, el Presidente anunció proyectos que ni sus propios diputados conocían. Otra innovación institucional. En cualquier gobierno primero se escribe la ley y después se presenta. En el libertario primero se anuncia, después se improvisa y finalmente alguien pregunta si existe un borrador. La motosierra podrá haber reducido el Estado, pero jamás logró recortar la creatividad.
La verdadera conclusión de la jornada no fue la defensa de Adorni.
Fue otra mucho más incómoda.
En la Casa Rosada ya quedó claro quién maneja la agenda, quién organiza la reunión, quién decide cuándo entra el Presidente… y quién todavía cree que sigue siendo el protagonista principal de la obra.



























