La llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete revolucionó el tablero cordobés. Entre pactos discretos, candidatos «puros» y opositores con ataque de celos, la política provincial volvió a demostrar que la fidelidad dura exactamente hasta la próxima encuesta.
La política cordobesa tiene una virtud admirable: consigue convertir cualquier declaración en una escena de comedia romántica. Todos prometen amor eterno, todos hablan de principios inquebrantables y, mientras tanto, ninguno deja de mirar de reojo el celular por si aparece un mensaje de la Casa Rosada diciendo: «¿Estás despierto? Tenemos que hablar».
Gabriel Bornoroni salió a anunciar con épica libertaria que La Libertad Avanza tendrá candidato propio para enfrentar a Martín Llaryora. Lo presentó como un acto de rebeldía contra el peronismo cordobés, aunque en los pasillos nadie descarta que el libreto haya sido escrito mientras, del otro lado, seguían afinando un entendimiento bastante más amigable entre el Gobierno provincial y el flamante jefe de Gabinete, Diego Santilli. En política siempre conviene desconfiar de quienes levantan demasiado la voz: generalmente están negociando en silencio.
La llegada del Colorado a la Jefatura de Gabinete cayó en Córdoba como una reunión familiar donde aparece ese tío que siempre termina convenciendo a todos de firmar algo que nadie leyó. Santilli no desembarcó solamente para administrar ministerios; llegó con la vieja escuela del PRO bajo el brazo, esa donde las diferencias ideológicas se resuelven con café, rosca y una calculadora electoral.
En el juecismo y el radicalismo empezaron a sonar todas las alarmas. No porque hayan descubierto de golpe cómo funciona la política argentina, sino porque conocen demasiado bien al nuevo jefe de Gabinete. El problema de Santilli nunca fue gritar. El problema siempre fue sonreír. En Córdoba aprendieron que cuando un porteño dice «quedate tranquilo», lo primero que hay que hacer es revisar si la lapicera todavía está en el bolsillo.
Luis Juez ya empezó a marcar territorio avisando que ningún porteño le va a explicar cómo se hace política en Córdoba. Una frase con aroma federal que dura exactamente hasta que llegue el momento de discutir candidaturas, cargos y lugares en las listas. Porque el federalismo argentino suele terminar donde empieza la distribución de bancas.
Mientras tanto, Llaryora observa el espectáculo con la tranquilidad del ajedrecista que mira cómo dos rivales discuten por quién mueve primero mientras él ya acomodó las piezas hace varias jugadas. El gobernador entendió hace tiempo que la mejor oposición es una oposición entretenida peleándose consigo misma. Si encima desde Buenos Aires colaboran sembrando dudas, mejor todavía.
La escena es extraordinaria. Los libertarios hablan de enfrentar al peronismo mientras negocian leyes con el peronismo. El peronismo dice que sólo dialoga por el bien de Córdoba mientras conversa con el Gobierno nacional. El PRO promete autonomía mientras espera instrucciones. Y los radicales siguen convencidos de que esta vez sí serán protagonistas, una fe que ya merece reconocimiento como patrimonio inmaterial de la humanidad.
La política provincial entró oficialmente en campaña, ese momento mágico donde las convicciones empiezan a cotizar según la última encuesta y las alianzas tienen la misma fecha de vencimiento que un yogur olvidado en la heladera. Todos hablan de principios, pero nadie deja el teléfono lejos de la mesa. Nunca se sabe cuándo puede llamar alguien desde Balcarce 50 para ofrecer un acuerdo que, casualmente, era incompatible con los principios de hace apenas cuarenta y ocho horas.
Al final, Córdoba no parece discutir quién gobernará la provincia.
Está discutiendo quién consigue primero el doble tilde azul de la Casa Rosada.



























