La caída de la Ley de Tierras dejó algo bastante más interesante que una derrota parlamentaria: Patricia Bullrich quedó expuesta en una interna que venía cocinándose desde que empezó a fantasear públicamente con 2027. Ella dice que marcha segunda detrás de Milei, esperando el momento del sobrepaso. El problema es que Karina parece haber entendido la metáfora y mandó al mecánico.
Patricia Bullrich tiene un plan.
Javier Milei va primero y ella, según la metáfora automovilística que circula alrededor suyo, marcha pegadita detrás, aprovechando la succión. Si el Presidente llega competitivo a 2027, acompaña. Si se queda sin nafta, rompe el motor o descubre que el 56% de 2023 no venía con garantía extendida, Patricia acelera, lo pasa y se queda con la carrera.
Una estrategia impecable salvo por un pequeño detalle:
el dueño de la escudería es Karina.
Y aparentemente la hermana presidencial no disfruta demasiado cuando un piloto suplente empieza a preguntar dónde guardan las llaves del auto principal.
Según el análisis de Ignacio Fidanza, la caída de la Ley de Tierras en el Senado escondió algo más profundo que una simple cuenta mal hecha: un ajuste de cuentas dentro del Gobierno.
La relación se habría empezado a romper cuando Bullrich tomó distancia de Manuel Adorni y dejó correr la posibilidad de una candidatura presidencial.
Hasta entonces Patricia era una aliada valiosa.
Desde ese momento pasó a ser una aliada valiosa que había que vigilar.
Una diferencia pequeña en castellano.
En política equivale a encontrar una cabeza de caballo en la cama.
Karina, según esta lectura, le hizo la cruz.
No hubo expulsión, comunicado ni escándalo.
El karinismo maneja métodos más ecológicos.
Te deja crecer sola hasta que llega el invierno.
Y el invierno llegó en forma de Ley de Tierras.
Bullrich asumió personalmente la negociación en el Senado y empezó a mostrar números que prometían una victoria oficialista. Tenía senadores. Tenía aliados. Tenía gobernadores dialoguistas.
Tenía 37 votos.
Después 36.
Después 35.
Después aparentemente tenía más confianza que votos.
Cuando el capítulo que habilitaba una mayor extranjerización de tierras empezó a convertirse en una piedra alrededor del cuello del proyecto, Santiago Caputo habría recomendado retirarlo.
Patricia se negó.
Quería demostrar que podía conseguir los votos.
Era su oportunidad de probar que no era simplemente otra funcionaria del Gobierno, sino la dirigente capaz de hacer política donde los demás apenas hacen posteos.
—Yo lo saco —habría sido, en esencia, su apuesta.
Y ahí ocurrió algo extraordinario.
La Casa Rosada aceptó.
Pero no de la manera que Patricia esperaba.
La dejaron sacarlo sola.
Porque negociar con senadores implica negociar con gobernadores. Y cuando llegó la parte verdaderamente complicada, según Fidanza, el Gobierno se borró.
Bullrich quedó al volante.
Sin asistencia.
Sin equipo.
Sin rueda de auxilio.
Con Karina probablemente mirando los tiempos desde boxes.
Entonces empezaron a caer los votos.
Una senadora que figuraba como propia aclaraba que no.
Un gobernador anunciaba rechazo.
Otro legislador directamente evaluaba no presentarse.
La mayoría oficialista se desarmaba con la velocidad de una reposera de supermercado.
Y Patricia seguía punteando.
Debe haber sido el primer escrutinio en el que los votos desaparecían antes de abrir las urnas.
Finalmente el Gobierno tuvo que retirar el capítulo de extranjerización.
La gran demostración de capacidad negociadora terminó demostrando que para aprobar una ley conviene, entre otras extravagancias republicanas, tener legisladores dispuestos a votarla.
Pero el golpe importante no fue solamente parlamentario.
Fue político.
Porque si Bullrich quería utilizar el Senado para probar que podía ser la número dos del proyecto libertario, terminó sirviendo como evidencia de que podían dejarla sola y sobrevivir al experimento.
Patricia había explicado su posición con la Fórmula 1.
Milei primero.
Ella segunda.
Pegada atrás.
Esperando.
Lo que vimos en el Senado, según Fidanza, habría sido el comienzo de una operación bastante menos sofisticada:
pincharle las gomas.
Y hay que reconocer que el método tiene elegancia.
No necesitás prohibirle ser candidata.
No necesitás enfrentarla públicamente.
Ni siquiera necesitás echarla.
Simplemente esperás que diga:
—Yo me encargo.
Y respondés:
—Dale.
Después te corrés.
Es la versión libertaria del juicio político: responsabilidad individual hasta las últimas consecuencias.
Federico Sturzenegger parece haber recibido un tratamiento parecido.
El ministro venía convencido de que todavía quedaban demasiadas cosas funcionando con normalidad y decidió avanzar sobre el sistema de prácticos.
El resultado fue un conflicto que paralizó parte del comercio exterior, dejó buques demorados y obligó a Karina Milei a intervenir para desactivar la crisis.
Sturzenegger quería desregular los puertos.
Terminó consiguiendo que regularan a Sturzenegger.
Una obra conceptual.
Ahora varios de sus proyectos estarían congelados porque en el Gobierno concluyeron que no pueden seguir pagando costos políticos por cada reforma.
Descubrieron algo revolucionario:
la gente afectada por las medidas también vota.
Bullrich y Sturzenegger aparecen así como síntomas diferentes de un mismo momento político.
Federico incomoda porque abre demasiados frentes.
Patricia incomoda porque abrió uno particularmente peligroso:
la sucesión.
Porque discutir quién viene después de Milei sería completamente normal si Milei no estuviera intentando ser Milei otra vez.
Y Bullrich no es una dirigente decorativa.
Ya pasó por el peronismo, la Alianza, el PRO y ahora el mileísmo.
Patricia no cambia de partido.
Hace escalas.
Tiene experiencia, conocimiento público, estructura política y una extraordinaria capacidad para sobrevivir a gobiernos que después estudian los historiadores.
Si hay algo que Bullrich sabe hacer es llegar viva al próximo ciclo político.
Precisamente por eso Karina tendría motivos para observarla con la ternura con la que una familia imperial observa al general que acaba de ganar demasiadas batallas.
Mientras tanto, la interna libertaria ofrece una paradoja maravillosa.
El espacio que llegó prometiendo terminar con la casta ya tiene disputa sucesoria, operaciones cruzadas, candidatos presidenciales prematuros, funcionarios congelados y negociaciones parlamentarias utilizadas para ajustar cuentas internas.
No terminaron con la vieja política.
Le pusieron peluca.
Y falta más de un año para 2027.
Milei quiere reelegir.
Bullrich espera su oportunidad.
Karina administra candidaturas.
Santiago Caputo mueve fichas.
Sturzenegger intenta conservar sus reformas.
Y todos aseguran estar trabajando exclusivamente para el Presidente.
El Senado solamente permitió mirar debajo del capó.
Patricia creía que venía segunda, tomando la succión y esperando el momento exacto para superar a Milei.
Puede que todavía sea cierto.
Pero después de la Ley de Tierras convendría que revise los espejos.
Porque mientras ella estaba mirando cuándo adelantar al auto de adelante, su propio equipo ya estaba publicando el aviso para vender el de atrás.


























