La pelea del ministro de Desregulación con los prácticos terminó con unos 180 buques demorados y pérdidas estimadas en USD 300 millones en poco más de un día. Cuando Milei se enteró del costo del experimento habría estallado en Olivos: “Lo voy a echar a patadas”. El Gobierno quiso reemplazar a los prácticos y descubrió un pequeño detalle que el mercado todavía no había resuelto: para manejar barcos hay que saber manejar barcos.
Federico Sturzenegger finalmente encontró algo que el mercado no pudo solucionar solo.
Sacar un barco del puerto.
No fue por falta de libertad.
Libertad había de sobra.
Lo que faltaban eran prácticos.
La última aventura desreguladora terminó con alrededor de 180 buques demorados, exportaciones paralizadas y una factura estimada en 300 millones de dólares en poco más de 24 horas.
Una performance notable.
Hay funcionarios que necesitan años para hacer perder esa cantidad de plata.
Federico lo resolvió en un día y medio, demostrando una vez más las ventajas de reducir la burocracia.
El conflicto comenzó por la reforma del sistema de practicaje impulsada por Sturzenegger. Los prácticos son esos profesionales especializados que suben a los grandes buques para conducirlos en maniobras complejas de entrada y salida de puertos y canales.
Una de esas profesiones aburridas que parecen completamente prescindibles hasta que dejan de trabajar.
Como los anestesistas.
El Gobierno avanzó con la reforma, estalló el conflicto, llegó un paro de 48 horas y el comercio exterior empezó a contemplar el paisaje.
Vaca Muerta esperaba.
El campo esperaba.
Los exportadores esperaban.
Los barcos esperaban.
Y en algún despacho alguien empezaba a sospechar que quizás “práctico” no era solamente un adjetivo.
Cuando la noticia llegó a Milei junto con la estimación de pérdidas, según la información publicada, el Presidente habría reaccionado con su habitual diplomacia escandinava:
—¡Lo voy a echar a patadas!
La frase tiene una belleza ideológica extraordinaria.
Después de años explicándonos que toda intervención estatal distorsiona los incentivos, el Presidente habría encontrado finalmente el mecanismo más eficiente para corregir una externalidad: una patada en el culo.
Todavía no está claro si Milei realmente piensa echarlo o si fue uno de esos momentos presidenciales en los que el organigrama nacional depende durante unos minutos de quién tenga la desgracia de comunicarle una mala noticia.
Pero en el gabinete la bronca es concreta.
Porque Sturzenegger venía acumulando conflictos como quien completa el álbum de figuritas de los sectores productivos.
Tierras.
Medicamentos.
Carne.
Vino.
Martilleros.
Prácticos.
Le faltaba pelearse con los fabricantes de churros y completaba el país.
La preocupación llegó al punto de que el Gobierno analiza congelar varias de sus próximas reformas.
Un giro conceptual fascinante.
Desregular al desregulador.
La Casa Rosada habría llegado a una conclusión que ningún paper liberal había previsto: si cada reforma termina abriendo una guerra con un sector diferente, quizás convenga dejar algunas cosas sin revolucionar hasta después de las elecciones.
No porque hayan descubierto las bondades de la regulación.
Descubrieron las encuestas.
Pero ninguna parte del episodio supera el plan oficial para enfrentar el paro.
Ante la negativa de los prácticos a trabajar, el Gobierno primero los intimó.
No funcionó.
Entonces apareció una idea formidable:
reemplazarlos con miembros de la Armada y la Prefectura.
Perfecto.
Había solamente que buscar gente capacitada.
Y buscaron.
La Armada tenía seis oficiales disponibles.
Prefectura, ninguno.
Argentina posee miles de kilómetros de costa, una de las principales vías navegables del continente y un comercio exterior dependiente de sus puertos.
Pero para el plan de emergencia había seis tipos.
Dos más y podían organizar un fulbito.
Después apareció otro inconveniente minúsculo.
No cualquier marino puede reemplazar a un práctico.
Hace falta formación específica, titulación y habilitación.
Además, utilizar personal no habilitado podía generar problemas con los seguros de los buques.
Fue un momento pedagógico para el Gobierno.
Descubrieron que un barco cargado con millones de dólares no funciona exactamente como un Uber.
No alcanza con encontrar a alguien cerca y preguntarle:
—Maestro, ¿me lo sacás hasta altamar?
La desregulación había chocado contra uno de los enemigos históricos del pensamiento mágico:
la especialización.
Porque el práctico no existe únicamente debido a una conspiración sindical destinada a impedir la libertad de navegación.
Existe porque encallar un petrolero suele generar más trámites que contratar a alguien que sabe evitarlo.
Mientras tanto, las grandes empresas que operan en los puertos comenzaron a enfurecerse.
Ahí el Gobierno comprendió que el problema había cambiado de categoría.
Mientras protesta un gremio, puede denunciarse a la casta.
Cuando protestan las compañías exportadoras porque tienen 180 barcos clavados, aparece inmediatamente la palabra «revisión».
Karina Milei terminó interviniendo y Sturzenegger fue desplazado del manejo del conflicto.
Para un ministro dedicado a eliminar intermediarios, terminar convertido él mismo en el intermediario que había que eliminar tiene cierta perfección poética.
Ahora también peligran otros proyectos.
La ley de Lobby.
La desregulación de los martilleros.
Cambios para medicamentos.
Los institutos de la Carne y el Vino.
Una iniciativa de desregulación de 144 páginas.
Ciento cuarenta y cuatro páginas destinadas a reducir regulaciones.
Ni Borges se animó a tanto realismo mágico administrativo.
En el oficialismo admiten que cada renglón abre una pelea con alguien.
Y quizás ése sea el mayor problema político de Sturzenegger.
No que desregule.
Que encontró la manera de hacer sentir regulados incluso a quienes estaban tranquilos.
El ministro que llegó para pasar la motosierra por el Estado empieza así a conocer una experiencia muy argentina: escuchar el ruido de la motosierra acercándose desde atrás.
Todavía conserva el cargo.
Pero sus proyectos podrían terminar archivados, sus competencias reducidas y su capacidad política congelada.
Sería una salida particularmente cruel.
No echar al ministro de Desregulación.
Dejarlo sentado en su despacho sin nada para desregular.
Aunque, después de 180 barcos demorados y USD 300 millones en pérdidas, quizá Milei haya encontrado una solución todavía más coherente con su doctrina.
Que el mercado decida si Sturzenegger llega caminando o sale a patadas.



























