Máximo Kirchner dejó correr su candidatura bonaerense pese a que incluso intendentes cercanos consideran que su imagen negativa la vuelve difícil de vender. En el PJ sospechan que la postulación es una herramienta para negociar lugares con Kicillof. La campaña todavía no empezó, pero ya apareció la primera candidatura cuyo principal votante podría ser el que pague políticamente para bajarla.
Máximo Kirchner quiere ser gobernador.
Bueno, «quiere».
En el peronismo bonaerense esa palabra tiene tantas interpretaciones como municipios. Puede significar que quiere ser gobernador, que quiere poner al gobernador, que quiere poner diputados, que quiere negociar intendentes o, sencillamente, que quiere que Axel Kicillof atienda el teléfono.
Por ahora eligieron la variante más económica: amenazar con la candidatura.
La Cámpora dejó correr el nombre de Máximo y la noticia provocó un fenómeno político extraordinario: varios compañeros empezaron a buscar urgentemente una mesa de diálogo.
No porque estén entusiasmados.
Por prevención.
Es como cuando el consorcio avisa que el vecino del quinto quiere aprender batería: nadie sabe todavía si va a comprarla, pero todos prefieren negociar antes.
Dos intendentes peronistas, incluso uno cercano a Máximo, ya consideran que su imagen negativa hace prácticamente inviable la candidatura y anticipan que no están dispuestos a acompañarlo.
Hermoso comienzo.
Todavía no imprimieron los afiches y ya apareció el comando de campaña «Máximo 2027: conmigo no cuenten».
En su entorno, sin embargo, aseguran que la imagen puede trabajarse.
También destacan que vive sencillamente, en un departamento de Congreso, que no tiene causas y que «es una persona normal, que dice cosas normales».
Argentina finalmente encontró el piso de exigencia para gobernar su provincia más grande.
No robar.
Vivir en departamento.
Formar oraciones.
Si además sabe estacionar marcha atrás, arranca con 15 puntos.
La aclaración de que Máximo es «una persona normal» tampoco parece casual: está formulada en evidente contraste con Javier Milei.
El kirchnerismo parece haber encontrado así su nuevo eslogan electoral:
«Máximo: no te va a sorprender gritando durante una cadena nacional».
Pero detrás de la rehabilitación de la normalidad hay una interna bastante menos terapéutica.
Kicillof construye autonomía, Cristina intenta conservar centralidad y La Cámpora necesita evitar que el gobernador arme 2027 como si el cristinismo fuera ese tío que aparece en Navidad pero ya no decide dónde se hace la cena.
Máximo, entonces, sacó la candidatura.
No necesariamente para usarla.
Para apoyarla arriba de la mesa.
Como quien deja un revólver descargado durante una negociación y pregunta:
—Bueno, Axel, ¿cómo hacemos con las listas?
El viaje a La Rioja y las fotografías con Ricardo Quintela sirvieron para aumentar la temperatura. En el entorno de Kicillof miraron las imágenes con esa madurez política que caracteriza a las internas peronistas: dijeron que no les importaban y acto seguido analizaron cada píxel.
Máximo, mientras tanto, asegura que con Axel «no estamos en veredas opuestas».
Tiene razón.
Están en la misma.
Discutiendo quién cobra el estacionamiento.
También deslizó que siempre estuvo dispuesto al diálogo pero que «no puedo entrar a lugares sin que me inviten».
Una frase conmovedora viniendo de alguien cuya organización política pasó quince años entrando en prácticamente todos los lugares disponibles.
Ministerios.
Secretarías.
Empresas públicas.
Congreso.
Municipios.
Pero aparentemente al despacho de Axel hay que tocar timbre.
Kicillof tampoco está esperando con masas finas.
El gobernador ya puso a Andrés Larroque como armador nacional y a Carlos Bianco en territorio bonaerense, mientras circulan los nombres de Jorge Ferraresi, Gabriel Katopodis y Julio Alak.
Además surgió una liga de intendentes que pretende discutir la sucesión por fuera de la pelea Cristina-Kicillof.
Leonardo Nardini también camina.
Todos caminan.
Buenos Aires debe ser actualmente la provincia con mayor cantidad de dirigentes caminando por metro cuadrado.
Si alguno gobernara mientras tanto sería espectacular.
La candidatura de Máximo, sin embargo, tiene una ventaja competitiva sobre todas las demás.
No necesita votos para ser útil.
Necesita miedo.
Si Kicillof considera que puede complicarle el armado, si los intendentes temen una fractura y si Cristina conserva suficiente estructura para llenar listas, Máximo ya posee algo para negociar.
Después veremos si llega a las urnas.
La candidatura funciona como esos productos publicados en Internet a un precio delirante: probablemente nadie quiera comprarla, pero el dueño insiste en que «escucha ofertas».
Y eso explica por qué algunos intendentes sospechan que todo terminará en una negociación.
Porque conocen el paño.
El peronismo puede discutir durante seis meses sobre soberanía política, justicia social, conducción estratégica, proyecto nacional y contradicción principal.
Pero pronunciás «lugares entrables» y en siete minutos aparece una mesa, café y voluntad de consenso.
Por eso la pregunta verdaderamente importante no es si Máximo Kirchner tiene posibilidades de convertirse en gobernador.
Las encuestas podrán responder eso.
La política tiene una pregunta mucho más urgente: ¿cuántos lugares en las listas vale conseguir que Máximo descubra que, pensándolo mejor, nunca tuvo tantas ganas de ser candidato?.


























