La senadora libertaria salió a cruzar la idea de las colectoras impulsada por la Casa Rosada y dejó al desnudo la contradicción del oficialismo: después de prometer dinamitar la vieja política, ahora necesita abrazarse a los gobernadores para llegar con aire a 2027. La revolución anticasta terminó negociando con la agenda de siempre.
Hubo una época —parece que fue hace un siglo, aunque apenas pasaron unos meses— en la que los libertarios juraban que iban a prenderle fuego a la casta, borrar las colectoras, jubilar los pactos de gobernabilidad y mandar a los gobernadores al museo de los fósiles políticos. Hoy el libreto cambió tanto que la principal discusión ya no es cómo destruir el sistema, sino de qué manera colgarse de él sin que se note demasiado.
La protagonista inesperada del capítulo fue Patricia Bullrich. La misma dirigente que atravesó más partidos que un remisero en hora pico apareció esta vez para advertir que las colectoras «deforman el sistema electoral». Traducido del dialecto parlamentario: alguien en la Casa Rosada está reciclando los trucos de la vieja política con envase libertario y a Patricia no le gustó quedar como extra en esa película.
El problema es que las colectoras no aparecen por convicción democrática sino por necesidad matemática. En Balcarce 50 descubrieron que ganar elecciones provinciales con candidatos propios es bastante más difícil que insultar economistas por televisión. Entonces apareció la solución más tradicional del manual político argentino: pedirle a los gobernadores que presten la estructura, la boleta y, si es posible, también los votos.
La escena tiene algo de comedia negra. Los mismos mandatarios provinciales que hasta ayer eran «feudales», «chorros», «casta», «parásitos del Estado» y otros calificativos dignos de un karaoke libertario, hoy reciben llamados amistosos, son invitados a cenas institucionales y pasan a convertirse en «aliados estratégicos». Parece que la casta envejece mal, pero rejuvenece cuando mide bien en las encuestas.
Bullrich decidió no participar de la cumbre con los gobernadores y dejó un mensaje que cayó como baldazo de agua fría entre los estrategas oficiales. Mientras Karina Milei intenta coser acuerdos con mandatarios de todos los colores para garantizar la reelección presidencial, la presidenta del bloque libertario recordó que las colectoras fueron durante años uno de los símbolos del sistema que prometían demoler. La motosierra, al parecer, corta ministerios pero tiene problemas cuando encuentra intendentes con votos.
El dilema es bastante menos filosófico de lo que parece. Sin gobernadores no hay estructura territorial. Sin estructura territorial no hay fiscales. Sin fiscales no hay elección que aguante un domingo completo. Y sin todo eso, la épica antisistema termina dependiendo exactamente de aquello que decía combatir.
La política argentina tiene esa costumbre de convertir las revoluciones en trámites administrativos. Los discursos cambian primero; las convicciones, bastante después. Mientras tanto, los gobernadores observan el espectáculo con una sonrisa de almacenero: saben que cuando faltan votos, hasta el cliente que juró no volver termina golpeando la puerta.
Al final, Patricia descubrió algo que muchos sospechaban hace tiempo: la nueva casta no desapareció. Apenas se cambió el peinado. Y, por las dudas, ahora también usa peluca.



























