Para defender la apertura irrestricta de las importaciones, Javier Milei aseguró que Argentina prácticamente sólo produce dulce de leche y biromes. El Presidente pareció olvidarse del campo, la industria, la ciencia, la tecnología y de millones de trabajadores que todos los días fabrican bastante más que los ejemplos de un kiosco escolar.
Gobernar un país es complicado. Recordar qué produce ese país, aparentemente, también.
En un nuevo capítulo de esa fascinante saga llamada «Argentina según Javier Milei», el Presidente explicó que si el país consumiera solamente lo que produce terminaría comiendo dulce de leche y viajando en colectivo con una birome en la mano. Una definición que logró algo extraordinario: hacer desaparecer de un plumazo a la agroindustria, la industria automotriz, la maquinaria agrícola, el petróleo, el litio, el vino, la economía del conocimiento, la pesca, la minería, los laboratorios, la metalurgia, los satélites y millones de trabajadores que todavía insisten en fabricar cosas.
La frase nació como una defensa de la apertura irrestricta de las importaciones. Milei quiso comparar a la Argentina con Suiza y terminó describiendo al país como si fuera un kiosco de ruta con góndola reducida.
Según esa lógica, las cosechadoras son una ilusión óptica, Vaca Muerta debe ser una leyenda urbana, INVAP probablemente sea una marca de alfajores y el reactor nuclear argentino será, en realidad, una birome muy sofisticada.
La ironía es que el mismo gobierno que vive repitiendo que Argentina será una potencia mundial parece no recordar exactamente potencia de qué. Porque cuesta imaginar una economía desarrollada cuya principal estrategia consista en convencer al mundo de que acá no se fabrica casi nada.
Mientras miles de pequeñas y medianas industrias cierran, suspenden personal o sobreviven como pueden frente al avance de productos importados, el mensaje presidencial parece ser tranquilizador: no se preocupen por la producción nacional porque, total, nunca existió.
Es una forma novedosa de resolver los problemas económicos. Si desaparecen las fábricas, simplemente se deja de reconocer que alguna vez estuvieron.
Los dichos llegan en un momento especialmente delicado para la industria. Empresas textiles, del calzado, metalúrgicas y comercios denuncian el impacto de una apertura comercial acelerada que compite con productos elaborados bajo condiciones laborales, tributarias y financieras muy diferentes. Pero para el relato oficial el problema no es que cierren empresas; el problema es que todavía haya alguien que recuerde que existían.
La frase también tiene un curioso efecto colateral: convierte en héroes involuntarios a quienes durante décadas criticó el propio Milei. Porque si Argentina sólo fabrica dulce de leche y biromes, entonces alguien debería explicar de dónde salieron las exportaciones agropecuarias, los satélites, los reactores nucleares, los medicamentos, los alimentos industrializados, el software, los vinos premiados y hasta los dólares con los que el Gobierno dice sostener su programa económico.
Quizás la respuesta llegue en la próxima entrevista.
Capaz descubra que las vacas también producen chocolates suizos.
O que el litio nace en las góndolas de Amazon.
Porque en el país donde el Presidente cree que sólo se fabrica dulce de leche y biromes, el mayor producto de exportación empieza a ser otro.
La capacidad de negar la realidad con entusiasmo.



























