En la Casa Rosada aseguran que el clima con Comodoro Py cambió y celebran la gestión de Juan Bautista Mahiques. Mientras buscan blindar las causas Libra y Adorni, los pliegos judiciales empiezan a moverse con una sincronización que haría sonrojar hasta al reloj suizo.
Hay quienes todavía creen en la división de poderes. Después está la política argentina, donde a veces los poderes no se dividen: coordinan agenda, viajan juntos y, si hace falta, hasta comparten el mismo vuelo para que la institucionalidad llegue más cómoda.
En la Casa Rosada ya no esconden el optimismo. Dicen que la relación con Comodoro Py mejoró notablemente y que Juan Bautista Mahiques empezó a entregar resultados. Traducido del dialecto oficial al castellano de almacén: los expedientes que más preocupaban al Gobierno empezaron, milagrosamente, a respirar un poco mejor.
La prioridad tiene nombre propio: Libra. La causa que investiga la presunta estafa con la criptomoneda que salpicó a Javier y Karina Milei dejó de tener el vértigo de los primeros meses para entrar en ese limbo judicial donde los expedientes no mueren, pero tampoco molestan demasiado. El apartamiento de los querellantes fue el primer alivio. Ahora el objetivo sería consolidar ese escenario con la continuidad de Pablo Bertuzzi en la Cámara Federal.
En los tribunales nadie habla de casualidades. Se habla de pliegos, llamadas, equilibrios y favores. Porque cuando un juez aparece justo donde el Gobierno lo necesita, otro pliego avanza en el Senado y un expediente incómodo pierde impulso, hasta el más ingenuo empieza a sospechar que el azar está trabajando horas extras.
El otro frente es Manuel Adorni. Mientras el fiscal Gerardo Pollicita sigue acumulando documentación sobre la investigación patrimonial del ex jefe de Gabinete, en el oficialismo cruzan los dedos para que el expediente nunca llegue al momento más temido: una indagatoria que obligue a explicar frente a un juez lo que hasta ahora se explicó con conferencias de prensa.
El protagonista silencioso de esta historia es Mahiques. Hace apenas unos meses era mirado con desconfianza por buena parte de Comodoro Py. Hoy, según distintas versiones que circulan en los tribunales, pasó de ser un ministro cuestionado a convertirse en el funcionario que mejor interpreta el idioma que realmente se habla entre despachos judiciales.
La política también encontró una forma bastante creativa de medir la independencia de la Justicia. Ya no pregunta si un juez falla conforme a derecho. Pregunta si su pliego avanza, si su continuidad se garantiza o si algún familiar consigue el nombramiento esperado. En esa nueva matemática republicana, las coincidencias empiezan a multiplicarse con una precisión admirable.
Por supuesto, nada de esto prueba por sí mismo la existencia de un acuerdo ilícito. Las decisiones judiciales siguen sujetas a revisión y los magistrados conservan su independencia formal. Lo que sí resulta inocultable es que la sucesión de movimientos políticos y judiciales alimenta interrogantes sobre la relación entre ambos ámbitos, interrogantes que sólo podrán despejarse con el avance transparente de las causas.
Mientras tanto, el relato libertario sigue hablando de terminar con la casta.
Pero en Comodoro Py nadie parece estar dispuesto a jubilar ese viejo deporte nacional donde los expedientes caminan al ritmo que marca la política.
Porque en la Argentina los pactos nunca aparecen firmados.
Simplemente empiezan a dar resultados.



























