Cristina Kirchner ya contempla un escenario de cuatro candidatos competitivos para 2027 si fracasa la unidad del peronismo. La lógica es simple: si el PJ salta por el aire, también podrían volar los acuerdos entre Javier Milei y Mauricio Macri. En la política argentina ya nadie busca construir unidad; ahora el negocio parece ser administrar la explosión.
Durante años la política argentina se dedicó a construir frentes electorales. Ahora la moda parece ser exactamente la contraria: ver quién rompe primero para obligar al resto a romper después.
Cristina Kirchner ya empezó a jugar esa partida. Según trascendió, repite una frase que en el peronismo ya circula casi como un mantra: «Si se parte en tres, se parte en cuatro». Traducido al castellano electoral: si Axel Kicillof decide caminar por su cuenta, Mauricio Macri podría dejar de abrazarse con Javier Milei y salir otra vez con sello propio. Nadie une nada. Todos especulan con la ruptura del vecino.
La escena tiene algo de reunión de divorciados organizando un asado. Nadie quiere seguir casado, pero todos calculan quién pierde más patrimonio cuando llegue el reparto de bienes.
En el kirchnerismo hacen números. Si el peronismo compite dividido y la derecha también, Cristina conservaría el control absoluto de su sector, elegiría candidatos, definiría listas y llegaría al ballotage con un piso electoral consolidado. En política, a veces no hace falta crecer: alcanza con que los demás se achiquen.
Del otro lado tampoco sobra el romanticismo. En el axelismo miran la posibilidad de una ruptura con menos dramatismo del que muestran en público. También imaginan un beneficio: sacarse de encima la tutela permanente del Instituto Patria y dejar de pedir permiso para cada candidatura, cada intendente y cada legislador.
Es decir, todos dicen querer la unidad mientras hacen cálculos para sobrevivir a la separación.
El dato más llamativo es que esta discusión también explica buena parte de la ansiedad libertaria por eliminar las PASO. Si desaparecen las primarias, cada sector tendrá más incentivos para presentar su propia boleta y negociar después de la primera vuelta. El oficialismo apuesta a que un peronismo fragmentado facilite la reelección de Milei. El kirchnerismo, paradójicamente, empieza a pensar que una derecha fragmentada también podría abrirle una ventana.
La política argentina descubrió un extraño equilibrio donde todos creen beneficiarse con el caos.
Mientras tanto, la sociedad observa una discusión cada vez más alejada de sus problemas cotidianos. Inflación, salarios, empleo, tarifas y consumo quedaron afuera de la mesa. Lo urgente ahora es quién controla una lapicera, quién arma una lista y quién llega con vida al ballotage.
El 2027 todavía está lejos, pero los dirigentes ya empezaron la campaña más argentina de todas: no convencer a nuevos votantes, sino hacer lo posible para que el adversario llegue más roto que uno mismo.
Al final, la grieta ya no separa oficialismo y oposición.
Ahora también divide a los socios de ayer.
Y en la política nacional parece cumplirse una nueva ley no escrita: cuando todos juegan a romper, alguien termina gobernando los pedazos.



























