La FIFA prohibió el ingreso de banderas y remeras con las Islas Malvinas durante la semifinal entre Argentina e Inglaterra por considerarlas «contenido político». La soberanía argentina quedó equiparada a un mensaje de odio mientras el partido se juega contra el mismo país que ocupa ilegalmente el archipiélago desde 1833. Parece que la geopolítica también tiene VAR… y siempre cobra para el mismo lado.
Hay censuras que hacen ruido.
Y después está la de la FIFA, que decidió que las Islas Malvinas son demasiado peligrosas para convivir noventa minutos con una pelota.
Según confirmó la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, los hinchas argentinos no podrán ingresar al estadio con banderas, camisetas o cualquier símbolo que haga referencia a las Malvinas porque el organismo considera que constituyen «contenido político».
La escena tiene un humor involuntario digno de museo.
Argentina puede cantar, gritar, llorar, abrazarse, insultar al árbitro y sufrir un infarto colectivo en cada córner. Lo único que no puede hacer es recordar que reclama un territorio reconocido como pendiente de descolonización por Naciones Unidas.
Eso sí parece alterar el espíritu deportivo.
La FIFA, siempre tan preocupada por mantener la cancha libre de política, encontró una solución brillante: borrar la política… pero solamente la de los demás.
Porque cuando hay que organizar Mundiales en países cuestionados por organismos internacionales, firmar contratos con monarquías petroleras o posar sonrientes con dirigentes de dudosa vocación democrática, la neutralidad suele sufrir un pequeño desgarro muscular.
Pero una bandera de Malvinas…
Eso sí pone en riesgo la paz mundial.
La explicación oficial sostiene que buscan evitar provocaciones entre las hinchadas.
Una teoría interesante.
Porque el conflicto no lo inventó una bandera argentina.
Lo empezó una ocupación británica que lleva casi dos siglos.
Sin embargo, en esta historia el elemento perturbador no es la ocupación.
Es el mapa.
Hay algo profundamente absurdo en considerar «político» que un argentino lleve una bandera con parte de su propio territorio reconocido por la Constitución Nacional.
Siguiendo esa lógica, el próximo paso podría ser prohibir que los mexicanos lleven el águila de su escudo porque recuerda una guerra, que los franceses exhiban la Torre Eiffel porque simboliza al Estado francés o que los ingleses entren con la Union Jack porque, al fin y al cabo, también representa una posición política.
El criterio parece tener una precisión quirúrgica.
Cuando la memoria incomoda a las potencias, automáticamente deja de ser memoria y pasa a llamarse provocación.
Y, casualmente, esa regla casi nunca perjudica a los poderosos.
El fútbol siempre se presentó como un idioma universal.
Pero hay idiomas que pueden hablarse y otros que deben quedarse en silencio.
El de la soberanía argentina, al parecer, entra en la segunda categoría.
Resulta curioso que el mismo deporte que convirtió Argentina-Inglaterra en uno de los clásicos más cargados de simbolismo de la historia ahora pretenda que ambas selecciones jueguen como si nunca hubiera existido 1982, como si nunca hubiera habido una guerra y como si las Malvinas fueran apenas un inconveniente decorativo que conviene esconder debajo de la alfombra del marketing.
Porque esa es la verdadera jugada.
No se prohíbe una bandera.
Se intenta borrar el contexto.
Pero hay una mala noticia para los burócratas de la neutralidad de escritorio.
Las Malvinas no dejan de ser argentinas porque una bandera quede en la puerta del estadio.
Lo único que queda afuera es el derecho de expresarlo.
Y eso ya no es neutralidad.
Eso tiene otro nombre.
Solo que, curiosamente, ese nombre nunca figura en el reglamento de la FIFA.



























