Más del 50% del comercio minorista cubano ya está en manos privadas, apenas cuatro años después de la legalización de las mipymes. Mientras el Gobierno amplía la apertura económica, la escasez, la inflación y la desigualdad profundizan la transformación de uno de los últimos sistemas socialistas del mundo.
La economía cubana atraviesa una transformación histórica. Lo que hasta hace pocos años era un modelo prácticamente monopolizado por el Estado comienza a convivir con un sector privado cada vez más visible, más dinámico y también más controvertido.
Desde que el gobierno autorizó la creación de micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes) en 2021, miles de emprendimientos modificaron el paisaje económico de la isla. Según datos oficiales, actualmente más de la mitad del comercio minorista ya pasa por manos privadas, un cambio impensado apenas unos años atrás.
En las calles de La Habana el fenómeno resulta evidente. Antiguos comercios estatales, afectados por el desabastecimiento, reducen su actividad o comparten espacios con negocios particulares. Garajes convertidos en tiendas, restaurantes familiares, locales de repuestos, electrodomésticos y pequeños supermercados forman parte de una nueva realidad económica que avanza en medio de una profunda crisis.
Una apertura impulsada por la necesidad
El crecimiento del sector privado no responde únicamente a una decisión ideológica, sino también a la urgencia económica que enfrenta Cuba.
La caída de la producción, la escasez de alimentos, los frecuentes apagones, la falta de combustible y la disminución del poder adquisitivo llevaron al Gobierno a flexibilizar progresivamente un modelo que durante décadas limitó casi por completo la actividad empresarial privada.
El paquete de reformas anunciado recientemente por las autoridades cubanas amplía aún más ese proceso y prevé habilitar la participación privada en prácticamente todos los sectores de la economía.
Más oferta… pero no para todos
La expansión de las mipymes permitió aumentar la disponibilidad de productos que durante años fueron difíciles de conseguir en comercios estatales.
Sin embargo, el acceso sigue siendo profundamente desigual.
Mientras una parte de la población recibe remesas enviadas por familiares desde el exterior o genera ingresos en dólares, millones de cubanos continúan dependiendo exclusivamente de salarios estatales que resultan insuficientes frente al aumento constante de los precios.
La consecuencia es el surgimiento de una nueva brecha social que hasta hace pocos años era mucho menos visible en la isla.
Pequeños empresarios, propietarios de restaurantes, importadores y comerciantes conviven con jubilados, trabajadores estatales y profesionales que reconocen no poder acceder a buena parte de la oferta disponible.
El papel de Estados Unidos
Paradójicamente, parte del crecimiento del sector privado también está vinculado con cambios en la política estadounidense.
La administración de Donald Trump mantuvo restricciones económicas sobre el Estado cubano, pero habilitó determinadas operaciones destinadas al sector privado, incluyendo importaciones de combustible y otras actividades comerciales.
En paralelo, las exportaciones estadounidenses hacia Cuba crecieron significativamente durante los últimos años, aunque el embargo económico continúa condicionando buena parte del desarrollo empresarial de la isla.
El gran desafío sigue siendo producir
Especialistas cubanos advierten que la expansión del comercio privado no resuelve por sí sola el problema estructural de la economía.
La principal dificultad continúa siendo la escasa capacidad productiva nacional.
Como señalan economistas de la Universidad de La Habana, ningún sistema comercial puede sostenerse si el país no incrementa su producción de alimentos, bienes industriales y servicios.
Mientras tanto, la vida cotidiana refleja las contradicciones del nuevo escenario: hay más negocios, más productos y mayores oportunidades para algunos sectores, pero también precios cada vez más elevados, inflación persistente y una desigualdad creciente.
Cuba continúa siendo formalmente un Estado socialista, pero la expansión del sector privado está modificando lentamente la estructura económica y social de la isla. El interrogante ya no parece ser si ese proceso continuará, sino hasta dónde estará dispuesto a llegar el Gobierno para sostener una economía golpeada por la crisis sin renunciar al control político del modelo.



























