Raúl Jalil apoyó la eliminación de las PASO y en la Casa Rosada ya fantasean con colgarlo de una colectora de Milei en 2027. El peronismo federal volvió a demostrar que la doctrina es muy linda, pero la boleta larga abriga más.
La política argentina tiene una capacidad inagotable para producir conversiones religiosas de último minuto. Hay dirigentes que se levantan peronistas, almuerzan federales, meriendan dialoguistas y cenan libertarios, todo sin despeinarse y con una sola convicción firme: que la lapicera no quede demasiado lejos.
Raúl Jalil salió a decir que las PASO no sirven, que son una encuesta muy cara y que no fortalecen a los partidos políticos. Una definición prolija, institucional, casi de manual. El detalle es que, mientras pronunciaba esa oración republicana, en la Casa Rosada empezaban a sacar cuentas sobre la posibilidad de que el gobernador de Catamarca termine enganchado a una colectora de Javier Milei en 2027.
La escena es maravillosa. El peronismo se pasó años denunciando las maniobras electorales de la derecha y ahora algunos de sus gobernadores parecen mirar la boleta libertaria con la ternura con la que se mira una salida de emergencia. No es amor ideológico. Es supervivencia con sello partidario.
Jalil intentó despegarse de las colectoras diciendo que no lo convencen porque se parecen a una ley de lemas. Tiene razón. Pero en la política argentina las cosas que no convencen suelen volverse muy convincentes cuando ordenan candidaturas, salvan mandatos o garantizan un lugarcito al lado del poder. La ética electoral, como el dólar, también tiene cotización diaria.
El problema no es sólo Catamarca. El problema es el espejo. Si un gobernador peronista empieza a coquetear con Milei, el resto del peronismo federal se pone nervioso porque sabe que la infección puede ser contagiosa. Hoy es Jalil, mañana otro mandatario descubre que el anarco-capitalismo también tiene ventajas si viene con fondos, obras, boleta y promesa de gobernabilidad.
En el PJ algunos ya pasan lista como preceptores de colegio industrial. Quintela pregunta quién se queda, Capitanich tantea voluntades, Jaldo mira de reojo y todos tratan de adivinar si todavía existe una estrategia común o si el peronismo terminó convertido en una terminal de ómnibus donde cada gobernador espera el micro que más cerca lo deje de su reelección.
La eliminación de las PASO aparece como la excusa elegante. Se habla de ahorro, de institucionalidad, de fortalecer partidos y de evitar gastos. Pero detrás de esa música de ascensor está la pregunta verdadera: quién arma las listas, quién se cuelga de quién y cuánto vale poner la cara en una boleta presidencial con chances.
Porque si algo enseña esta novela es que la palabra “casta” funciona distinto según quién la pronuncie. Cuando Milei insulta gobernadores, es batalla cultural. Cuando necesita votos, son aliados estratégicos. Cuando un peronista se acerca a Milei, ya no es traición: es pragmatismo territorial. En Argentina la moral política no se rompe; se adapta al sistema electoral vigente.
El peronismo, mientras tanto, vuelve a enfrentar su viejo drama: distinguir compañeros de inquilinos. Algunos dirigentes no abandonan el movimiento; simplemente lo subalquilan por temporada. Cantan la marcha si hace falta, levantan la mano si conviene y negocian con el adversario si la encuesta viene linda.
Jalil todavía no confirmó nada. Dice que quiere fortalecer los partidos, que no le convencen las colectoras y que todo se discutirá después de la Fiesta del Poncho. Pero la política argentina ya aprendió a leer esas frases. Cuando un dirigente dice “no está decidido”, muchas veces significa que falta definir el precio del alquiler.
Al final, del PJ a La Libertad Avanza hay un cargo de distancia.
Y algunos ya están midiendo si llegan caminando.



























