Luis Caputo celebró que el país ya puede volver a endeudarse en los mercados internacionales, aunque aclaró que emitir nueva deuda es apenas “una opción”. Después de vender el ajuste como independencia económica, el Gobierno vuelve a mirar la tarjeta de crédito como si fuera un plan de desarrollo.
La Argentina tiene una relación tóxica con la deuda. Promete que esta vez cambió, que aprendió, que no va a volver a llamar. Pero apenas baja un poco el riesgo país, se perfuma, se acomoda el saco y sale corriendo a tocarle el timbre a los mercados internacionales como quien vuelve con el ex que le vació la cuenta bancaria pero todavía le manda mensajes a las tres de la mañana.
Luis Caputo presentó la hoja de ruta financiera para afrontar los pagos hasta el final del mandato de Javier Milei y celebró que el país ya está en condiciones de volver a emitir deuda en los mercados. Lo dijo con prudencia, claro, porque en economía argentina la palabra deuda se pronuncia como quien entra a una iglesia con un bidón de nafta: “es una opción”, no un objetivo. Traducido al castellano de almacén: todavía no pedimos otro préstamo, pero ya estamos mirando la vidriera.
El Gobierno busca mostrar solvencia frente a vencimientos fuertes, entre ellos los 4.300 millones de dólares que asoman esta semana con bonistas privados. Para eso armó un menú financiero con repos, organismos multilaterales, bonos en dólares, créditos del BID, del Banco Mundial y toda esa alquimia que en los comunicados aparece como “programa conservador” y en la historia argentina suele terminar llamándose “otra vez sopa”.

La escena es notable. Después de meses explicando que el ajuste iba a liberarnos de la dependencia, ahora el gran festejo consiste en demostrar que los mercados tal vez nos vuelvan a prestar plata. La soberanía económica parece haber encontrado su definición libertaria: ser libres para endeudarse de nuevo, pero esta vez con PowerPoint prolijo.
Caputo habla de alcanzar el “investment grade” hacia 2031, una promesa tan argentina como decir “el lunes empiezo el gimnasio”. Mientras tanto, el país sigue pagando deuda vieja con instrumentos nuevos, armando colchones para 2027 y celebrando que los acreedores todavía atienden el teléfono. En cualquier familia eso se llama refinanciar la tarjeta. En el Palacio de Hacienda le dicen estrategia financiera.
El riesgo país baja y la city aplaude. Los bonos suben y los analistas sonríen. En la economía real, mientras tanto, la gente sigue tratando de entender cómo una nación puede estar cada vez más “confiable” para Wall Street y cada vez más inhabitable para el que cobra en pesos. Es el milagro argentino: los mercados recuperan la fe justo cuando el ciudadano común pierde la paciencia.
El problema no es que un país acceda al financiamiento. El problema es venderlo como epopeya nacional en una economía que conoce demasiado bien el final de esa película. Argentina no necesita memoria emotiva para recordar cómo termina la fiesta cuando se confunde deuda con crecimiento y crédito externo con proyecto de país.
Caputo dice que endeudarse es una opción.
La historia argentina, bastante menos optimista, diría que suele empezar como opción, sigue como necesidad y termina como ajuste.



























