Diego Santilli reemplazará a Manuel Adorni como jefe de Gabinete. El Gobierno presenta el recambio como una nueva etapa, aunque el principal cambio parece ser que ahora el bombero también pertenece a la empresa que provocó el incendio.
La política argentina tiene una virtud extraordinaria: convierte cualquier mudanza en una revolución histórica. Esta semana le tocó a Diego Santilli, que dejó de ser el dirigente que venía del PRO para convertirse oficialmente en el libertario más eficiente del catálogo. No hizo falta afiliarse, pedir perdón ni quemar viejas fotos. Bastó con cambiar de despacho. En la Argentina las ideologías envejecen más rápido que un yogur al sol.
Después de semanas intentando sostener a Manuel Adorni como quien trata de mantener en pie un placard armado con cinta adhesiva, la Casa Rosada finalmente entendió que había llegado el momento de cambiar la cara visible del gabinete. No porque se hubieran agotado las explicaciones, sino porque ya no alcanzaban los calendarios para inventar una nueva.
Y apareció Santilli.
El «Colorado» desembarca como si fuera un técnico interino que llega a un club donde echaron al entrenador, vendieron a los delanteros, el presidente se pelea con la comisión directiva y los hinchas ya silban hasta al utilero. La diferencia es que acá el campeonato recién va por la mitad y nadie sabe dónde quedó el manual de instrucciones.
Los Milei venden la designación como una demostración de pragmatismo. Traducido del oficialés al castellano significa algo bastante más sencillo: había que encontrar a alguien que pudiera hablar con gobernadores, legisladores, intendentes y funcionarios sin que cada reunión terminara pareciendo una pelea familiar transmitida por streaming.
Santilli, además, ofrece una ventaja competitiva difícil de encontrar en estos tiempos: conoce el Estado porque pasó buena parte de su carrera trabajando en él. Un detalle incómodo para un gobierno que pasó dos años explicando que cualquiera que hubiera administrado una oficina pública era poco menos que un integrante de una organización criminal. Parece que, al final, la experiencia también servía… siempre que el currículum llegara cuando el barco ya empezaba a hacer agua.
En Balcarce 50 lo presentan como un punto de equilibrio entre Karina Milei y Santiago Caputo. Una definición elegante para decir que encontraron a alguien dispuesto a caminar por el pasillo sin pisar ninguna mina antipersonal. En un gobierno donde las internas aparecen con la misma frecuencia que las conferencias de prensa, sobrevivir suele ser un mérito administrativo.
Mientras tanto, el PRO asiste a otro capítulo de su desintegración controlada. Primero prestó funcionarios. Después prestó dirigentes. Ahora directamente exporta jefes de Gabinete. Si sigue este ritmo, dentro de poco Mauricio Macri va a tener que pedir turno para visitar a sus propios cuadros porque la mitad ya estarán colgados en alguna oficina libertaria.
Lo más curioso es que nadie parece escandalizarse demasiado. El partido que prometía terminar con la casta incorpora dirigentes del PRO. El PRO que prometía ponerle límites al mileísmo termina administrándole el gabinete. Y todos actúan como si el único problema fuera recordar dónde dejaron la credencial del estacionamiento.
La política argentina tiene esas delicadezas: algunos cambian de partido por convicciones; otros cambian de convicciones para no cambiar de despacho.
Santilli, por las dudas, eligió directamente cambiar de despacho.



























