La CGT salió a rechazar la reforma de la Ley de Tierras impulsada por Milei y denunció una entrega inédita del territorio nacional. El problema es que muchos de los que hoy descubrieron el mapa llevaban meses mirando para otro lado mientras vendían la brújula.
Hay despertares que emocionan. Algunos descubren el amor. Otros encuentran una vocación. Y después está la CGT, que finalmente descubrió que Javier Milei gobierna. Felicitaciones. Apenas tardaron un año y medio de motosierra, despidos masivos, reforma laboral, pulverización salarial, universidades asfixiadas, científicos en la calle, jubilados reprimidos y un Estado convertido en outlet para llegar a la conclusión de que, quizá, entregar el país no era una idea brillante.
Más vale tarde que nunca, dirán algunos. Más vale temprano que cuando ya están subastando el alambrado, responderán otros.
Esta vez el motivo del enojo es la intención del Gobierno de flexibilizar la Ley de Tierras para facilitar la compra de territorio por parte de extranjeros. Ahí sí apareció la palabra «soberanía». Una palabra hermosa que estuvo desaparecida mientras la industria cerraba persianas, el empleo formal se hacía especie en extinción y los salarios competían con la arqueología.
El comunicado de la CGT habla de «una entrega inédita». Correcto. La diferencia es que el remate empezó hace rato y recién ahora algunos dirigentes sindicales escucharon el martillero. Parecen esos vecinos que llaman a los bomberos cuando la casa ya se convirtió en parrilla.
La imagen es extraordinaria. Durante meses buena parte de la dirigencia sindical practicó el deporte nacional del perfil bajo. Había que ser prudentes. Había que esperar. Había que dialogar. Había que no exagerar. Había que cuidar la institucionalidad. Había que estudiar el contexto. Había que convocar una reunión para organizar otra reunión donde se evaluara la posibilidad de analizar una futura medida de fuerza que, llegado el caso, sería debatida en una próxima reunión.
Mientras tanto, el Gobierno avanzaba con topadora.
Ahora el límite parece haber aparecido en la tierra. Curioso. Cuando eran los trabajadores los que perdían derechos había paciencia estratégica. Cuando empiezan a hablar de vender hectáreas, de golpe reapareció San Martín, Belgrano y la soberanía nacional en alta definición.
La Argentina tiene una capacidad única para fabricar patriotas de emergencia. Se indignan cuando aparece el cartel de venta, pero estuvieron perfectamente tranquilos mientras vaciaban el galpón.
Y no se trata de defender solamente un pedazo de campo. La discusión es mucho más profunda. Agua, minerales, litio, energía, biodiversidad y alimentos son los recursos que definirán la riqueza del siglo XXI. En casi todo el mundo los Estados fortalecen mecanismos de control porque entendieron que la soberanía también se ejerce administrando recursos estratégicos. Acá, en cambio, el experimento consiste en poner el cartel de «liquidación por cierre» y confiar en que el mercado tenga sentimientos patrióticos.
La CGT tiene razón cuando dice que el territorio no puede convertirse en una mercancía más.
Lo que resulta difícil de explicar es por qué esa lucidez apareció recién ahora, cuando la escribanía ya estaba preparando la escritura.
Porque el problema nunca fue solamente la tierra.
El problema fue quedarse mirando cómo rifaban el país creyendo que el remate no iba a llegar hasta el propio patio.
Y cuando el martillo finalmente golpeó el suelo, descubrieron algo elemental: después de vender la fábrica, el puerto, el tren, la energía y el trabajo… el próximo lote en la subasta siempre era la tierra.
Lástima que algunos dirigentes sindicales llegaron justo cuando el rematador ya estaba preguntando:
«¿Quién da más?»…



























