El Gobierno impulsa el «homeschooling» como bandera de la libertad educativa. Si el plan avanza, la escuela dejará de ser un derecho para convertirse en otra tarea doméstica, porque en el país del ajuste hasta la educación empieza a venir para armar en casa.
La revolución educativa libertaria encontró la solución definitiva para los problemas de la escuela pública: si no podés sostener las aulas, eliminá la necesidad de usarlas. Es brillante. Después de recortar presupuesto, licuar salarios docentes y convertir a las universidades en un gasto sospechoso, ahora apareció el siguiente nivel del experimento: que cada familia arme su propio Ministerio de Educación entre la cocina y el lavarropas.
Le llaman «libertad educativa». Marketing siempre sobra cuando faltan políticas públicas.
La propuesta del homeschooling llega envuelta en el mismo envoltorio ideológico de siempre: menos Estado, más libertad y un poquito de Estados Unidos importado como si fuera una oferta de Black Friday. Porque si algo caracteriza al libertarismo argentino es esa capacidad conmovedora de creer que cualquier cosa que ocurra en Miami funciona igual en Moreno, en La Quiaca o en el Impenetrable chaqueño.
El argumento suena seductor hasta que aparece la realidad. No todas las familias tienen tiempo, recursos, conectividad, formación pedagógica o siquiera la posibilidad de quedarse en casa enseñando matemáticas a las diez de la mañana. Pero eso también parece ser parte del plan: si la desigualdad existe, que cada uno la administre como pueda.
La escuela nunca fue solamente un lugar donde se aprende a dividir fracciones. Es donde los chicos conocen otras realidades, discuten, juegan, se pelean, hacen amigos, descubren diferencias y aprenden que el mundo no termina en el comedor de su casa. Pero para un proyecto político que desconfía de todo lo colectivo, hasta un recreo puede parecer peligrosamente socialista.
La ironía es deliciosa. Dicen que quieren liberar a las familias del Estado mientras les transfieren una responsabilidad gigantesca sin un peso más, sin capacitación y sin garantías. Es el viejo truco libertario: privatizar las obligaciones y socializar los problemas.
Si el experimento sale mal, la culpa será de los padres.
Si sale bien, el mérito será del mercado.
Y si un chico queda afuera del sistema, siempre habrá algún economista dispuesto a explicar que, en realidad, eligió libremente no aprender.
Porque la nueva educación libertaria tiene una consigna muy sencilla: si el Estado no llega a la escuela, que la escuela desaparezca antes de que el Estado tenga que llegar.



























