Peter Thiel no se mudó a la Argentina por casualidad. No vino por la pizza de Cuartito ni por el asado de Don Julio. Tampoco vino a invertir en el campo o a pasear por la cordillera. Thiel está aquí porque anticipa un colapso global y está construyendo su búnker. En su propia lógica apocalíptica, el hemisferio sur es el único lugar que se salvaría de la hecatombe nuclear que él mismo cree inminente. El magnate tecnológico, dueño de Palantir, con una fortuna de 30 mil millones de dólares y ciudadanías neozelandesa y maltesa en su haber, compró una mansión de 12 millones en Barrio Parque y matriculó a sus hijos en una escuela local . Su desembarco no es un capricho de millonario. Es una jugada de ajedrez en un tablero que él mismo está diseñando.
El búnker de los multimillonarios
La lógica de Thiel es la del supervillano de una película de ciencia ficción que se adelanta a la hecatombe. Lo confirmó Martin Varsavsky, el empresario español-argentino amigo de Thiel, dueño de una finca en Mendoza: “En el momento en que China ataque Taiwán o Rusia ataque Lituania, yo voy a estar en Buenos Aires” . Pero Varsavsky no es un loquito de la conspiración. Es uno de los hombres de negocios más influyentes del mundo hispano. Y Thiel no es un paranoico. Es un multimillonario que basa sus decisiones en datos, inteligencia y una red de contactos que incluye a los servicios de inteligencia más poderosos del planeta.
El empresario compartió mesa con el Presidente Javier Milei, con el asesor Santiago Caputo, con el ministro Federico Sturzenegger y con el expresidente Mauricio Macri . Nadie sabe qué discutieron en esas reuniones. Porque no hubo declaraciones. No hubo comunicados. Hubo silencio. Y hermetismo.
El algoritmo que viene
La llegada de Thiel coincide con la avanzada del proyecto de “Super RIGI”, que Milei envió al Congreso. Una ley a medida, con piso de inversión de 1.000 millones de dólares, cero aranceles de importación, 15% de impuesto a las ganancias y estabilidad fiscal por 30 años . Es el sueño húmedo de cualquier gran corporación tecnológica. Una patente de corso para que empresas como Palantir, OpenAI, y la industria de la inteligencia artificial se instalen sin controles, sin impuestos y sin que nadie les pregunte qué hacen con los datos de los argentinos.
El gobierno de Milei, en paralelo, firmó el Acuerdo ARTI con Estados Unidos, que garantiza flujo de datos transfronterizo sin restricciones y la no discriminación de los servicios digitales estadounidenses en el país . Es la puerta de entrada legal para que el ecosistema de Big Data norteamericano opere sin restricciones en el Cono Sur. Y el DNU 941/2025, que reforma la Ley de Inteligencia Nacional y habilita a la SIDE a cruzar bases de datos de ANSES, ARBA y otros organismos, es la llave técnica para que Palantir pueda acceder a la información personal de millones de argentinos. Si el sistema tiene los ojos vendados, la máquina puede aprender cualquier cosa.
El “antihéroe” y la encíclica
El desembarco de Thiel no es casual. Es la confluencia de un hombre (Milei) que quiere desregular hasta el infierno y otro (Thiel) que se quiere refugiar de las regulaciones del primer mundo. En las cenas en su mansión, el magnate habla de su obsesión por el “Anticristo” (una supuesta dictadura global que odia la tecnología y persigue a los libertarios) . Milei, por su parte, bendice el “Super RIGI” y el ARTI como si fueran biblias.
En medio de este festín de desregulación, el Papa León XIV publicó la encíclica “Magnifica Humanitas”. En ella, el Pontífice pide “desarmar la IA” y frenar su uso en la competencia militar . Es un llamado directo a ponerle un freno ético a empresas como Palantir. La postura del Vaticano es diametralmente opuesta a la de Thiel. Mientras el magnate quiere que los algoritmos manejen el mundo para “optimizarlo”, la Iglesia advierte que una IA descontrolada y en manos del capital puede terminar con la humanidad.

Grabois en la boca del lobo
Juan Grabois entró en esta madeja hace apenas una semana. Se reunió con Thiel durante tres horas. Discutieron sobre inteligencia artificial, el futuro del capitalismo y la obra de J.R.R. Tolkien . El dirigente social, que alguna vez definió a estos empresarios como tipos que “se sienten oprimidos porque el Estado les dice que no pueden hacer lo que quieren” , salió de la mansión sin hacer declaraciones. Su silencio fue ensordecedor.
Grabois sabe que el Papa lo mandó. Sabe que tiene que plantar la bandera del Vaticano en el debate sobre la inteligencia artificial. Pero también sabe que sin plata, sin infraestructura tecnológica y sin el poderío de los datos, el discurso ético es papel mojado. Su presencia en la casa de Thiel no fue una claudicación. Fue un reconocimiento de que el campo de batalla por el futuro está en manos de los tecnólogos.
El cierre de O’Connor
Thiel está construyendo su “Plan B” en Argentina. Un búnker. Una base de operaciones. Un lugar donde guarecerse mientras el mundo se prende fuego. Milei es su aliado perfecto. El Super RIGI y el ARTI son las leyes que allanan el camino. El DNU 941 es la llave de los datos.
Grabois fue al encuentro. Salió sin respuestas. La Iglesia mira desde la distancia. El empresariado espera su tajada. La pregunta que flota en el ambiente es si los algoritmos que Thiel quiere instalar en el país van a servir para “optimizar” el Estado o para vigilarlo. Y en esa disyuntiva, el pueblo argentino no tiene asiento en la mesa de negociación. Solo los dueños de los datos y sus máquinas.
Mientras el mundo sigue mirando los dólares, las tasas de interés y las encuestas, Thiel ya está jugando la próxima partida. La del código. La del algoritmo. La de la inteligencia que todo lo ve. Ojalá estemos a tiempo de decidir qué tipo de inteligencia queremos que nos gobierne.



























