A 48 horas del inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026, el evento deportivo más importante del planeta no se discute en las canchas. Se discute en las aduanas. La política migratoria del presidente Donald Trump, basada en un decreto que restringe el ingreso de ciudadanos de 39 países, la mayoría de ellos africanos y de mayoría musulmana, se ha convertido en el principal obstáculo para la realización del torneo. Mientras la FIFA y los organizadores se llenan la boca con discursos de unidad y diversidad, la realidad es tozuda: hay selecciones que no pueden ingresar con todo su personal, árbitros campeones rechazados en la frontera, periodistas deportivos deportados y una sensación generalizada de que el país anfitrión está aplicando un doble estándar inadmisible para un evento de esta magnitud.
La Organización de las Naciones Unidas lleva años advirtiendo que las políticas migratorias selectivas violan el derecho internacional. La comunidad internacional condena los vetos raciales. Pero Trump no se inmuta. Su secretario de Estado, Marco Rubio, impulsó el cierre de 30 de las 50 embajadas que procesaban visas en África, dejando a millones de personas sin la posibilidad de tramitar un ingreso legal al país del norte. El mensaje es claro: en la casa del “sueño americano” no entran los pobres, no entran los negros, no entran los que no hablan inglés.
El caso más paradigmático es el de Omar Abdulkadir Artan. El árbitro somalí, considerado el mejor de África en 2025, fue convocado por la FIFA para ser uno de los jueces del Mundial. Iba a ser el primer somalí en la historia en arbitrar un partido de la Copa del Mundo. Tenía la visa estadounidense vigente en su pasaporte. Llegó al aeropuerto de Miami y fue rechazado sin explicación. No hubo apelación. No hubo justicia. Fue subido a un avión de vuelta a Estambul y su sueño se esfumó. La FIFA, con la cobardía que la caracteriza, se lavó las manos. Dijo que no podía intervenir en políticas migratorias. Dijo que el tema era “responsabilidad exclusiva de los gobiernos anfitriones”. Miró para otro lado mientras el racismo le robaba la oportunidad a un hombre que había dedicado su vida al deporte.
El caso de Artan no es aislado. Es la regla. El delantero suizo de origen camerunés Breel Embolo no pudo viajar con su equipo porque su permiso de viaje ESTA quedó “en revisión” . El goleador iraquí Aymen Hussein estuvo retenido durante siete horas en el aeropuerto de Chicago bajo un interrogatorio humillante, custodiado por agentes de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). El fotógrafo de la selección de Irak, Talal Saleh, fue directamente deportado. La Federación Iraní de Fútbol denunció que a 15 de sus delegados, incluyendo a su presidente Mehdi Taj, les fue negada la visa para ingresar a suelo norteamericano. Taj, un ex comandante de la Guardia Revolucionaria, fue catalogado como “persona non grata” por el Departamento de Estado, junto con todo su personal de apoyo. Los jugadores pudieron entrar (porque el negocio del fútbol lo exige), pero los que los acompañan, los que gestionan la logística, los que cocinan, los que curan sus heridas, esos no. Esa es la lógica del apartheid: la mano de obra calificada entra para trabajar, pero no se queda a vivir.
La selección de Senegal, una de las potencias del fútbol africano, fue sometida a una requisa humillante en el aeropuerto de San Antonio, Texas. Los jugadores fueron descalzados, sus pertenencias registradas por perros policía, y el cuerpo técnico cacheado en la pista, bajo la mirada atónita de las autoridades aeroportuarias. Las imágenes del operativo se viralizaron en las redes sociales. La indignación fue global. ¿Por qué a una selección que viene de jugar una Copa del Mundo la tratan como a una banda de narcotraficantes? La respuesta, aunque duela, es una sola: por el color de su piel y el origen de su pasaporte. Los neerlandeses, que llegaron en el mismo vuelo a Nueva York, no fueron molestados . Los belgas, canadienses, mexicanos, tampoco. Solo los negros.
La misma suerte corrió la selección de Uzbekistán. Antes de un partido amistoso en el Icahn Stadium de Nueva York, la delegación asiática fue sometida a un control de seguridad extremo: detectores de metales, cacheos y perros policía husmeando entre sus pertenencias . El operativo fue calificado por medios internacionales como “inusual para este tipo de encuentros” y generó un intenso debate en redes sociales sobre la desproporción de los protocolos aplicados a delegaciones no occidentales . Uzbekistán no está en guerra. Uzbekistán no tiene conflictos con Estados Unidos. Uzbekistán no es un país musulmán bajo la lupa de la “lucha contra el terrorismo”. Entonces, ¿por qué el cacheo? La respuesta, otra vez, es el color de la piel. Y el origen del pasaporte.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, recibió una carta de la Asociación Internacional de la Prensa Deportiva (AIPS) denunciando el “número incontable” de periodistas africanos e iraníes que no pudieron obtener la visa para cubrir el evento. La respuesta del organismo fue la misma de siempre: silencio. Lavado de manos. Infantino es el mismo que amenazó con suspender a Ecuador por un fallo administrativo, pero que no tiene agallas para enfrentar a la potencia económica que alberga el torneo.
El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) prometió una “tregua” durante el campeonato, pero las detenciones no cesaron. El gobierno justificó los controles en la “seguridad nacional” y la “lucha contra el terrorismo”. La excusa es tan vieja como el racismo mismo. Primero fueron los musulmanes. Después los africanos. Después los asiáticos. Después los latinos. La red se cierra. La jaula se construye. Y el fútbol, ese invento genial de los obreros ingleses, sirve ahora de vidriera para la exclusión.
Lo que está haciendo Estados Unidos es discriminación racial en estado puro. No es una interpretación. Es un hecho. El periodismo deportivo no puede ser cómplice de esta farsa. La prensa argentina, que tanto se llena la boca con la solidaridad latinoamericana, no puede ignorar lo que está pasando con nuestros hermanos africanos y asiáticos. El Mundial es de todos o no es de nadie. Si los jueces somalíes no pueden arbitrar, si los fotógrafos iraquíes no pueden trabajar, si los hinchas senegaleses no pueden alentar, si las delegaciones uzbekas son cacheadas como delincuentes, entonces el partido está arreglado de antemano.
El escritor senegalés Boubacar Boris Diop preguntó una vez: “¿Podremos alguna vez mirarnos sin odio?”. La respuesta de Trump y la FIFA es un no rotundo. La pelota rueda. Las cámaras enfocan. Las publicidades venden. Pero detrás de la pantalla de colores, la policía migratoria sigue separando familias, deportando periodistas, anulando sueños. El Mundial 2026 será recordado como el torneo de la vergüenza.


























