Kristalina Georgieva llegó a la Argentina, habló con empresarios, economistas y funcionarios y se fue preocupada porque el ajuste de Javier Milei no tendría consenso social ni político para sostenerse después de 2027. Incluso sugirió mayor flexibilidad para que repunte la actividad. Después de décadas de estudiar déficit, deuda y metas fiscales, el Fondo encontró una variable macroeconómica inesperada: la gente.
El Fondo Monetario Internacional hizo un descubrimiento que podría revolucionar la ciencia económica: si a una sociedad la ajustás durante suficiente tiempo, existe la posibilidad de que se enoje.
Kristalina Georgieva llegó a Buenos Aires preocupada por las reservas, el dólar, los vencimientos y la continuidad del programa económico, pero durante sus reuniones habría detectado un pequeño inconveniente en el plan de Javier Milei: adentro del Excel viven argentinos.
Y comen.
Y pagan alquiler.
Y tienen salarios.
Una complicación metodológica que nadie había cargado correctamente en la planilla.
La titular del FMI habría transmitido preocupación porque el programa de consolidación fiscal —nombre elegante que utiliza la economía cuando “ajuste” empieza a sonar demasiado parecido a lo que significa— no tendría suficiente consenso social ni político para sostenerse después de 2027. No necesariamente porque las cuentas fiscales estén mal encaminadas, sino porque existe el riesgo de que quienes viven debajo de esas cuentas desarrollen opiniones.
Gravísimo.
Durante años nos explicaron que primero había que ordenar la macroeconomía para después recuperar la actividad. Ahora parece que la economía real está tardando demasiado en recibir la invitación a la fiesta y hasta el FMI empezó a mirar el reloj.
Georgieva puso el foco en las pymes y dejó señales de preocupación porque la recuperación no estaría alcanzando al conjunto de la economía. Es un concepto extraordinariamente avanzado conocido en algunos barrios como “si nadie compra, cierro”.
Los técnicos probablemente necesiten varios papers para procesarlo.
La visita tuvo además una escena que merece incorporarse inmediatamente a todos los manuales de economía internacional. Georgieva conversó con Mora Godoy, quien había realizado un espectáculo de tango, y quiso conocer su opinión sobre la situación del país.
La bailarina le habló de salarios, de personas que necesitan respuestas inmediatas y de las dificultades para acceder al crédito.
Después de décadas de misiones técnicas, revisiones trimestrales, metas fiscales, cartas de intención, memorandos, staff reports, consultorías y modelos econométricos, el FMI descubrió la economía real preguntándole a una tanguera.
Argentina es maravillosa.
El próximo acuerdo podría negociarse directamente en una milonga. Caputo lleva las reservas, Georgieva los vencimientos y Mora Godoy explica qué ocurre afuera del PowerPoint. Si la inflación sube, ocho adelante; si cae la actividad, ocho atrás; si faltan dólares, gancho y caminata hasta Washington.
Lo notable es que Georgieva habría sugerido también que Milei podría mostrarse algo más flexible con el ajuste y tolerar temporalmente un poco más de inflación si eso permite mejorar la actividad.
Sí.
El Fondo pidiendo flexibilidad con el ajuste.
En Argentina.
A esta altura solamente falta que Drácula inaugure una campaña nacional de donación de sangre.
La discusión apareció también alrededor del tipo de cambio. Georgieva habría sugerido que un dólar más alto podría facilitar la acumulación de reservas del Banco Central, pero empresarios le señalaron un detalle que los argentinos conocemos desde aproximadamente el nacimiento de la moneda: si sube fuerte el dólar, los precios pueden acompañarlo con una disciplina que jamás muestran los salarios.
Entonces apareció la posibilidad de tolerar algo más de inflación para favorecer la actividad.
El mismo organismo históricamente obsesionado con estabilizar variables macroeconómicas ahora estaría diciendo que quizá convenga aflojar ligeramente la tuerca porque la máquina está empezando a hacer un ruido raro.
No es que el ajuste haya dejado de gustarle al Fondo. Tampoco conviene exagerar el milagro. Nadie vio a Georgieva saliendo del hotel con una remera del Che Guevara.
El problema sería otro: el ajuste necesita sobrevivir políticamente para continuar existiendo económicamente.
Y ahí aparece el concepto que suele arruinar los programas diseñados exclusivamente desde arriba: consenso.
Porque una reforma puede cerrar perfectamente en una planilla y fracasar miserablemente cuando millones de personas tienen que vivir dentro de ella. Los modelos económicos tienen una ventaja extraordinaria sobre los ciudadanos: las celdas de Excel jamás hacen huelga, votan oposición ni marchan al Congreso.
La celda B27 acepta todo.
El jubilado, ocasionalmente, no.
Por eso la preocupación de Georgieva sobre la sostenibilidad social y política del programa es mucho más interesante que cualquier elogio fiscal. El Fondo necesita que Argentina pueda pagar. Y para pagar durante muchos años necesita que el programa sobreviva gobiernos, elecciones, protestas y cambios de humor social.
El acreedor descubrió así una verdad profundamente humanista: conviene que el deudor permanezca con signos vitales.
No por sentimentalismo.
Por cobrabilidad.
La escena completa tiene una ironía exquisita. Milei convirtió el equilibrio fiscal en principio casi moral de su administración, defendió un ajuste mucho más agresivo que el reclamado inicialmente por numerosos actores económicos y presentó el sacrificio como condición indispensable para reconstruir el país. Ahora aparece la directora del FMI preguntando, básicamente, si no convendría dejar de apretar un poquito.
Imaginate ajustar tanto que el Fondo te diga:
—Javier, capaz alcanza.
Eso ya no es motosierra.
Es conseguir que el fabricante de motosierras pregunte si realmente hacía falta talar también el living.
Miguel Pichetto aportó además una observación venenosa sobre la visita de Georgieva a Vaca Muerta: ironizó con que fue positivo que viajara en helicóptero porque así no vio el deterioro de las rutas nacionales.
Es una metáfora bastante perfecta del problema.
Desde arriba, Vaca Muerta.
Desde abajo, los pozos.
Y quizá eso sea precisamente lo que Georgieva vino a buscar en sus conversaciones fuera del Gobierno: una fotografía menos aérea de la economía argentina. Porque las reservas pueden mejorar, Vaca Muerta puede crecer, el déficit puede reducirse y determinados indicadores financieros pueden acomodarse mientras una parte importante de la actividad continúa sin sentir la recuperación.
El problema político comienza cuando al ciudadano le explican que el país mejoró estadísticamente mientras él empeoró personalmente.
No suele abrazar la estadística.
La insulta.
Georgieva parece haber entendido que la sustentabilidad económica también necesita sustentabilidad social. Una revelación bastante razonable que llega después de décadas en las que América Latina sirvió generosamente como laboratorio para comprobarlo.
Ahora habrá que ver qué hace Milei con semejante mensaje. Porque flexibilizar el ajuste significaría aceptar que la motosierra también tiene regulador de velocidad, concepto peligroso para una épica construida alrededor de no retroceder ni para tomar carrera.
Mientras tanto, el FMI seguirá mirando reservas, vencimientos, actividad y capacidad de pago. Pero después de esta visita puede incorporar una nueva columna a sus informes:
“Argentinos que todavía aguantan”.
Verde: tranquilos.
Amarillo: Mora Godoy empieza a explicar los salarios.
Rojo: la gente vota.
Después de décadas prestándole plata a la Argentina, el Fondo finalmente encontró la variable que nunca termina de entrar en sus modelos.
Resulta que si ajustás demasiado, durante demasiado tiempo, a demasiada gente, la gente se enoja.
Bienvenida a la economía argentina, Kristalina.
El tango era la parte fácil.


























