Mientras la Selección avanza en el Mundial 2026, cuentas oficiales y referentes vinculados al Gobierno amplifican mensajes racistas, xenófobos e islamófobos. La estrategia pretende apropiarse del principal símbolo deportivo argentino, pero amenaza con consolidar en el exterior la imagen de un país asociado al odio racial.
El fútbol siempre fue mucho más que un deporte. Ninguna otra actividad logra condensar con semejante intensidad las emociones, las frustraciones, los orgullos y las contradicciones de una comunidad nacional. Durante noventa minutos desaparecen —o al menos parecen desaparecer— las diferencias políticas, religiosas, económicas y culturales para dejar lugar a una identidad compartida representada por una camiseta. Precisamente por esa enorme capacidad simbólica, el fútbol ha sido utilizado históricamente por gobiernos de todos los signos políticos como una herramienta para fortalecer legitimidades, construir consensos o proyectar una determinada imagen del país hacia el exterior. Sin embargo, el Mundial de 2026 parece inaugurar un fenómeno distinto. Ya no se trata solamente de capitalizar un eventual triunfo deportivo. Lo que está en disputa es la apropiación de la propia identidad nacional como instrumento de una batalla cultural que trasciende las fronteras argentinas.
La pregunta resulta inevitable: ¿qué ocurre cuando un gobierno convierte la identidad nacional y la Selección Argentina en instrumentos de una guerra cultural global? La respuesta comienza a observarse fuera del país mucho antes que dentro de él. En la era de las plataformas digitales, los discursos emitidos desde el poder ya no permanecen confinados al debate político doméstico. Cada publicación realizada por funcionarios, comunicadores oficiales o referentes cercanos al oficialismo circula de manera instantánea, es traducida automáticamente a múltiples idiomas y termina formando parte de la conversación global sobre la Argentina. La diplomacia tradicional ha dejado de ser el único mecanismo mediante el cual una nación construye prestigio internacional. Hoy esa reputación también se fabrica mediante algoritmos.
Joseph Nye, profesor de la Universidad de Harvard y uno de los principales teóricos de las relaciones internacionales contemporáneas, definió hace más de tres décadas el concepto de soft power como la capacidad de un Estado para influir sobre otros a través del prestigio de su cultura, sus valores y sus instituciones antes que mediante la coerción militar o económica. Durante años Argentina construyó buena parte de ese capital simbólico alrededor del fútbol, la cultura, el cine, la música, los derechos humanos y una imagen relativamente positiva vinculada a la convivencia democrática. Sin embargo, el mismo proceso puede invertirse. Cuando un país proyecta hacia el exterior discursos asociados con el racismo, la xenofobia o la intolerancia, ese capital simbólico comienza a deteriorarse. No existe un decreto capaz de restaurar una reputación internacional una vez dañada.
Ese proceso ocurre precisamente mientras millones de personas siguen el Mundial. Nunca antes la conversación global había estado tan concentrada alrededor de un mismo acontecimiento deportivo. Según el Servicio de Protección de Redes Sociales desarrollado por la FIFA y la asociación mundial de futbolistas FIFPRO, durante la primera fase del Mundial 2026 fueron analizadas más de seis millones de publicaciones realizadas en múltiples plataformas digitales. El monitoreo identificó aproximadamente 89.000 mensajes ofensivos, de los cuales alrededor del 11 % contenían expresiones racistas, un porcentaje superior al registrado durante la Copa del Mundo de Qatar 2022. Los datos revelan que el racismo ya no constituye un fenómeno marginal dentro del ecosistema digital que rodea al fútbol internacional. Por el contrario, forma parte de una conversación permanente cuya capacidad de amplificación crece a medida que aumentan la polarización política y la circulación algorítmica de contenidos extremos.
El problema, sin embargo, no reside únicamente en la existencia de esos discursos. Internet siempre ha sido un espacio donde conviven expresiones democráticas con discursos de odio. Lo verdaderamente novedoso aparece cuando parte de esas narrativas dejan de pertenecer exclusivamente a usuarios anónimos y comienzan a ser reproducidas o legitimadas por actores cercanos al poder político. En ese momento dejan de interpretarse como exabruptos individuales y pasan a ser percibidas internacionalmente como síntomas de un clima político más amplio.
Las investigaciones desarrolladas durante los últimos años sobre comunicación digital coinciden en un punto central: las plataformas no premian necesariamente la información más rigurosa, sino aquella capaz de producir mayor interacción emocional. Facebook, X, TikTok, Instagram y YouTube organizan buena parte de su funcionamiento mediante algoritmos optimizados para maximizar tiempo de permanencia, comentarios y compartidos. Numerosos estudios publicados por investigadores del MIT, de la Universidad de Oxford y del Berkman Klein Center de Harvard muestran que la indignación, la ira y el miedo generan niveles de interacción significativamente superiores a los mensajes moderados. Dicho de otra manera, el conflicto se convierte en un recurso económico. Cuanto mayor es la polarización, mayor es la circulación del contenido.
La batalla cultural impulsada por el gobierno de Javier Milei parece comprender perfectamente esa lógica. Desde el comienzo de su gestión, la construcción política del oficialismo se apoyó sobre una estrategia permanente de antagonización. La llamada «casta», el feminismo, las universidades públicas, los sindicatos, los organismos de derechos humanos, los periodistas, los científicos, los artistas y buena parte del sistema político fueron convertidos sucesivamente en enemigos de una narrativa que necesita fabricar adversarios para consolidar identidad propia. El Mundial abrió ahora un escenario incomparablemente más potente porque permite trasladar esa confrontación hacia uno de los símbolos de mayor consenso nacional.
La apropiación de la Selección Argentina no constituye únicamente un intento por compartir el prestigio de los jugadores. Supone algo mucho más profundo: resignificar el sentido mismo de la representación nacional. Si durante décadas la camiseta funcionó como uno de los pocos espacios donde podían convivir personas con identidades políticas completamente distintas, la guerra cultural intenta convertirla en un símbolo de pertenencia ideológica. El patriotismo deja de medirse por el apoyo al equipo nacional y comienza a confundirse con la adhesión a un determinado proyecto político.
Las consecuencias de ese desplazamiento exceden el terreno deportivo. Cuando la identidad nacional se vuelve patrimonio de una facción, toda crítica al gobierno puede reinterpretarse como una agresión contra la nación misma. Se produce entonces un fenómeno ampliamente estudiado por la ciencia política contemporánea: la fusión entre Estado, nación y liderazgo político. Quien cuestiona al gobernante deja de aparecer como adversario democrático para convertirse en enemigo de la patria. Ese mecanismo ha sido documentado en distintos procesos de radicalización política alrededor del mundo y constituye uno de los rasgos característicos de los movimientos nacional-populistas contemporáneos, tanto de izquierda como de derecha.
A diferencia de otras etapas históricas, la batalla cultural actual posee además una dimensión internacional. Las alianzas políticas establecidas por Javier Milei con Donald Trump, Benjamín Netanyahu y diversos referentes de la nueva derecha global insertan a la Argentina dentro de una red transnacional donde los discursos sobre inmigración, identidad nacional, islam, multiculturalismo y soberanía ocupan un lugar central. Las narrativas producidas en Washington, Madrid o Jerusalén circulan casi instantáneamente por Buenos Aires, del mismo modo que las polémicas argentinas son consumidas en Europa, Estados Unidos o América Latina. La conversación digital ya no reconoce fronteras nacionales.
La velocidad con la que circulan esas narrativas explica por qué la segunda pregunta resulta aún más inquietante que la primera: ¿cómo afecta la difusión de discursos racistas desde cuentas vinculadas al poder a la reputación internacional de un país? La respuesta ya no depende exclusivamente de la diplomacia, de las embajadas o de los medios tradicionales. Depende también de millones de pantallas donde la Argentina es observada, interpretada y juzgada a través de fragmentos de videos, publicaciones y tendencias que pocas veces ofrecen contexto. Para un usuario en Sudáfrica, Francia, Egipto, Nigeria o Canadá, resulta prácticamente imposible distinguir entre un funcionario, un asesor presidencial, un comunicador paraoficial o un militante digital. Lo que percibe es una conversación donde la bandera argentina aparece asociada a discursos de desprecio hacia personas africanas, migrantes o musulmanas. Esa percepción, aunque simplifique una realidad infinitamente más compleja, termina produciendo efectos concretos.
La sociología de la comunicación denomina a este fenómeno contagio reputacional. La imagen pública de una institución, una empresa o un Estado deja de depender únicamente de sus acciones directas y comienza a construirse mediante asociaciones simbólicas repetidas miles de veces en el ecosistema digital. Una vez que un país queda vinculado a determinados atributos —corrupción, violencia, autoritarismo o racismo— resulta extraordinariamente difícil modificar esa representación. La repetición termina sustituyendo a la evidencia. En el universo algorítmico no siempre triunfa la verdad; con frecuencia triunfa aquello que logra instalarse con mayor persistencia.
La propia FIFA ha reconocido que el discurso de odio constituye hoy una de las principales amenazas para el fútbol internacional. El organismo no solo monitorea millones de publicaciones durante cada competencia, sino que eliminó decenas de miles de mensajes racistas dirigidos a futbolistas, árbitros y selecciones nacionales. La violencia ya no ocurre únicamente en las tribunas. Se desplaza hacia las plataformas digitales, donde adquiere una escala global y una capacidad de reproducción prácticamente ilimitada. En ese escenario, cualquier dirigente político que legitime o amplifique narrativas discriminatorias deja de intervenir únicamente en el debate doméstico: participa, consciente o inconscientemente, en un ecosistema internacional donde el odio se convierte en mercancía y la indignación en modelo de negocios.
El problema adquiere una dimensión todavía más profunda cuando se observa desde la historia argentina. Nuestro país construyó durante más de un siglo un relato nacional basado en la idea de una sociedad blanca, europea y culturalmente homogénea. Ese imaginario invisibilizó deliberadamente a los pueblos originarios, negó la presencia afroargentina y redujo la diversidad migratoria a un relato selectivo que privilegiaba determinadas procedencias mientras silenciaba otras. Investigadores como George Reid Andrews, Lea Geler, Erika Denise Edwards y Florencia Guzmán han demostrado que esa supuesta desaparición de la población afrodescendiente fue menos un hecho demográfico que una operación política y cultural destinada a consolidar un determinado modelo de nación. Cuando hoy resurgen discursos que vuelven a presentar a las personas africanas, árabes o musulmanas como amenazas externas, no aparecen sobre un terreno vacío: dialogan con una larga tradición de exclusiones que nunca fue completamente revisada.
Por eso el debate trasciende ampliamente la coyuntura del Mundial. No se trata únicamente de un puñado de publicaciones desafortunadas ni de provocaciones destinadas a movilizar militancias digitales. Lo que está en juego es la manera en que la Argentina decide narrarse a sí misma frente al mundo. Toda nación necesita símbolos compartidos capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno. La bandera, el himno, la Selección y la memoria colectiva pertenecen a una comunidad política mucho más amplia que cualquier administración circunstancial. Convertir esos símbolos en herramientas de confrontación implica reducir su capacidad integradora y subordinarlos a las necesidades tácticas de una disputa partidaria.
Existe además una paradoja difícil de ignorar. La Selección Argentina que despierta admiración internacional está integrada por futbolistas provenientes de historias profundamente diversas. Muchos crecieron en barrios populares, otros son hijos o nietos de migrantes, varios construyeron su carrera deportiva fuera del país y todos representan una idea de comunidad basada en la cooperación, la disciplina colectiva y la confianza mutua. Su principal fortaleza consiste precisamente en aquello que la guerra cultural intenta erosionar: la posibilidad de construir un «nosotros» que no necesita inventar enemigos para existir.
La ultraderecha contemporánea comprendió que las identidades compartidas constituyen uno de los recursos políticos más poderosos del siglo XXI. Por eso intenta apropiarse de ellas. El patriotismo deja de ser amor por un territorio y por quienes lo habitan para transformarse en un mecanismo de exclusión donde solo algunos son considerados verdaderos compatriotas. El extranjero, el migrante, el afrodescendiente, el musulmán o quien piensa distinto aparecen entonces como cuerpos sospechosos cuya existencia fortalece la cohesión interna del grupo dominante. El problema es que una comunidad política edificada sobre el rechazo permanente necesita producir enemigos de manera constante para sostenerse. Cuando se agotan los adversarios reales, comienza a fabricarlos.
El Mundial terminará en pocas semanas. Los goles pasarán a formar parte de la memoria deportiva y la tabla de posiciones será reemplazada por nuevas noticias. Lo que permanecerá durante mucho más tiempo será la imagen que la Argentina haya proyectado sobre sí misma en uno de los escenarios de mayor exposición mediática del planeta. Los campeonatos se ganan o se pierden dentro de una cancha. El prestigio internacional, en cambio, se construye lentamente y puede deteriorarse con una velocidad sorprendente cuando el odio se convierte en lenguaje político.
Quizá allí resida la verdadera derrota que ningún marcador registra. No ocurre cuando un rival convierte un gol ni cuando un equipo queda eliminado. Ocurre cuando una nación comienza a creer que necesita humillar a otros pueblos para reafirmar su propia identidad. Porque el fútbol siempre fue una celebración de la competencia, nunca de la deshumanización. Y cuando la política convierte la camiseta en una trinchera ideológica, el partido deja de jugarse solamente sobre el césped. Empieza a disputarse, también, el significado mismo de lo que queremos ser como sociedad.
La historia demuestra que los gobiernos son transitorios, las campañas electorales terminan y las guerras culturales cambian de protagonistas. Lo que permanece son los pueblos y la memoria que construyen sobre sí mismos. La pregunta que deja este Mundial, entonces, no es únicamente quién levantará la Copa. La pregunta verdaderamente importante es qué país quedará cuando el último silbato apague los festejos y el ruido de las redes se convierta en la imagen con la que el mundo volverá a nombrarnos.



























