Mauricio Macri quiere enfrentar a Javier Milei en 2027, mientras Jorge Macri trabaja para cerrar un acuerdo con La Libertad Avanza en la Ciudad. La pelea ya no es contra el oficialismo: es para decidir quién administra la rendición.
Hay partidos que organizan congresos para discutir ideas. El PRO, en cambio, parece haber inaugurado una modalidad bastante más moderna: reuniones para decidir quién se saca primero la camiseta amarilla y se pone la violeta sin que se note demasiado en la foto.
La interna entre Mauricio y Jorge Macri no es una discusión estratégica. Es una discusión existencial. Uno todavía cree que al PRO le queda combustible para pelear el liderazgo de la derecha argentina. El otro mira las encuestas, hace cuentas y concluye que, antes que terminar como Blockbuster frente a Netflix, quizá convenga alquilarle el local al nuevo dueño del barrio.
Mauricio, desde Estados Unidos y con el Mundial como telón de fondo, sigue hablando de construir una alternativa a Javier Milei. Sueña con rearmar un espacio donde el PRO vuelva a ser el jefe de la mesa y no el primo que llega tarde al asado. El problema es que mientras él imagina la resistencia, buena parte de los propios ya está preguntando dónde se firma la convivencia con los libertarios.
Jorge Macri, bastante más pragmático, entendió que en la Ciudad la discusión no pasa por recuperar votos sino por evitar que se los lleven todos. Por eso empezó a aceitar los vínculos con La Libertad Avanza. No es un romance ideológico; es supervivencia política. Después de todo, en política el amor dura lo que tarda una encuesta en confirmar quién mide mejor.
La escena tiene algo de tragicomedia porteña. El mismo partido que durante años explicó que representaba una forma distinta de hacer política ahora dedica buena parte de su energía a calcular si le conviene enfrentarse al Gobierno o convertirse en su socio minoritario. Ni halcones ni palomas: escribanos de una negociación donde el principal objetivo parece ser conservar algunos despachos antes que defender una identidad que hace rato empezó a cotizar en liquidación.
En la provincia de Buenos Aires la novela cambia de escenario pero no de argumento. Cristian Ritondo y Diego Santilli siguen explorando acuerdos con los libertarios mientras Mauricio intenta dinamitar esos puentes antes de que alguien los inaugure oficialmente. La paradoja es deliciosa: los dirigentes que durante años construyeron el PRO hoy discuten si el futuro del PRO consiste, precisamente, en dejar de parecerse al PRO.
Los intendentes observan el espectáculo con la angustia de quien escucha ruidos en la planta baja mientras guarda los muebles del primer piso. No les preocupa la épica republicana ni los grandes debates doctrinarios. Les preocupa algo mucho más terrenal: que Karina Milei les mande candidatos propios y descubran que el sello partidario pesa bastante menos que un algoritmo de TikTok.
Por eso cada reunión termina pareciéndose más a una inmobiliaria que a una mesa política. Nadie habla demasiado de proyectos de país. Se habla de distritos, de listas, de lugares expectantes y de quién conserva las oficinas cuando termine la mudanza.
La discusión entre Mauricio y Jorge, en el fondo, es una pelea entre dos maneras de aceptar la misma realidad. Uno todavía cree que se puede enfrentar a Milei y recuperar el liderazgo perdido. El otro sospecha que la única forma de seguir respirando es negociar con quien hoy monopoliza el aire.
Mientras tanto, Javier Milei ni siquiera necesita intervenir. Observa cómo el partido que alguna vez gobernó la Argentina dedica más tiempo a discutir cómo convivir con los libertarios que a pensar cómo reemplazarlos.
Y probablemente esa sea la noticia más importante de todas.
El PRO ya no pelea por volver al poder.
Empieza a pelear por sobrevivir al nuevo dueño del poder.



























