Epstein, Baal y la pizza de los dioses: el banquete oculto que no quieren que veas

Más de 3.5 millones de páginas desclasificadas. Una cuenta bancaria a nombre de «Baal». Un templo en una isla privada. Un banquero que confesó sacrificios rituales. Y más de 900 menciones de la palabra «pizza». Los medios mainstream dicen que es casualidad. Nosotros preferimos hacer las preguntas que ellos callan.

Hay momentos en que la realidad se desvanece y lo que queda es un prisma de posibilidades oscuras. Uno de esos momentos es ahora, cuando los Archivos Epstein —3.5 millones de páginas arrojadas al público sin orden, sin índice, como quien lanza un puñado de huesos para que los perros se peleen— han desatado algo que los de arriba no pueden controlar.

El 27 de febrero de 2026, el fiscal general liberó un nuevo lote. La promesa: transparencia total. La realidad: un laberinto diseñado para que solo los que saben mirar encuentren lo que buscan. Y nosotros, los que miramos desde el margen, encontramos demasiado.

El código de los dioses: Baal y el templo en la isla

Entre los documentos, un detalle que debería helar la sangre de cualquiera que haya leído un libro de historia antigua: una solicitud de transferencia bancaria por 11.438 dólares a una cuenta identificada como «Baal.name« en Wachovia Bank.

Baal. El dios cananeo. La deidad a la que, según el Antiguo Testamento, los padres sacrificaban a sus hijos en el fuego. Baal, el que exigía sangre infantil para aplacar su sed. Y ahí está, impreso en negro sobre blanco, en los archivos de un traficante de menores.

Los escépticos —esos que siempre tienen una explicación aburrida— dicen que es un error de escaneo, que debía decir «bank name». Pero uno se pregunta: ¿por qué tantos «errores» apuntan siempre en la misma dirección? ¿Por qué el nombre de un dios asociado al sacrificio de niños aparece justo en los papeles de un hombre acusado de lo mismo?

Y luego está la isla. Little St. James. Para los íntimos, «la isla del pedófilo». En ella, una construcción de rayas azules que los conspiranoicos señalan como un templo para rituales oscuros. NBC News informó en 2019 que los planos presentados ante las autoridades decían que sería un pabellón musical, pero cuando los periodistas llegaron, la estructura no coincidía con los permisos. ¿Error de construcción? ¿O algo que no debía ser visto?

En redes, las teorías explotan: «Este es el templo de Moloch en la isla de Epstein. Moloch es una deidad asociada al sacrificio de niños. Literalmente adoran al diablo», escribió un usuario. Otro aseguró que había una inscripción en la pared del templo: «Santificado sea el nombre del gran Moloch». Los verificadores dicen que la frase no aparece en los documentos. Pero la pregunta persiste: ¿por qué tantos, de manera independiente, llegan a la misma conclusión?

El banquero que habló y el silencio que siguió

Si la isla y las cuentas bancarias fueran lo único, podríamos hablar de coincidencias. Pero hay más. Mucho más.

En 2017, un exbanquero holandés llamado Ronald Bernard se sentó frente a una cámara de DVM TV y soltó una bomba que hoy, con los Archivos Epstein humeantes, resuena con fuerza siniestra.

Bernard contó que en los niveles más altos de las finanzas globales, las creencias no son lo que pensamos. «Puedes decir que la religión es un cuento de hadas, que Dios no existe. Bueno, para estas personas es verdad y realidad, y servían a algo inmaterial, a lo que llamaban Lucifer», declaró.

Habló de lugares llamados «Iglesias de Satanás», donde se celebra misa con «mujeres desnudas y licor». Dijo que al principio no estaba convencido, que pensaba que era una farsa. Pero entonces llegó la invitación.

«En algún momento, me invitaron —y por eso les cuento todo esto— a participar en sacrificios en el extranjero. Ese fue el punto de quiebre. Niños. Y no hablo de Europa. Hablo de Sudamérica. Lugares donde las leyes son más… flexibles, donde el poder tiene otra forma de operar», declaró.

Cuando el entrevistador le preguntó si podía dar más detalles sobre los lugares donde ocurrían estos rituales, Bernard agregó:

«Había un lugar en particular. Un hotel muy conocido, en el centro de Buenos Aires. No voy a dar el nombre porque no es necesario poner en riesgo a nadie más. Pero la gente que tiene que saber, ya sabe. No era un hotel cualquiera. Tenía una historia. Y en sus sótanos, en sus niveles más profundos, ocurrían cosas que la ciudad no veía.»

Bernard no mencionó el nombre del hotel, pero la descripción —»muy conocido», «en el centro», «con historia», «sótanos profundos»— ha alimentado todo tipo de especulaciones. ¿El Castelar? ¿El Plaza? ¿El Alvear? La pregunta queda flotando, como un fantasma que la prensa argentina se niega a enfrentar.

Pizza, pizza, pizza: el mantra que no cesa

Pero lo que realmente ha incendiado las redes no son los dioses antiguos ni los banqueros arrepentidos. Es la pizza.

Los archivos contienen más de 900 menciones de la palabra «pizza». Nuevecientas. Para comparar, «hamburguesa» aparece 190 veces, y «sexo con niños», apenas 20. ¿Por qué tanto pepperoni en los papeles de un depredador?

Los escépticos —siempre ellos— tienen respuestas. Dicen que muchas de esas menciones son de Lesley Groff, la asistente de Epstein, coordinando fiestas de pizza para el equipo de fútbol de su hijo. Que el famoso «U9 Red pizza party» se refería a un equipo de niños menores de 9 años, no a orgías satánicas.

Pero entonces aparecen los mensajes cifrados, los que no encajan en la explicación aburrida.

El código de la uva y el emoji que no miente

El 6 de abril de 2018, un remitente cuyo nombre fue redactado le escribe a Epstein: «vamos por pizza y gaseosa de uva otra vez. Nadie más puede entender. Go kno».

«Go kno». Una expresión yiddish que significa «anda a saber». Pero también una contraseña. Un santo y seña. El tipo escribe que «nadie más puede entender», y lo remata con un código que solo los iniciados descifran.

El urólogo de Epstein, Harry Fisch, aparece una y otra vez en estos intercambios. En un mensaje, después de discutir la receta de medicamentos para la disfunción eréctil, Fisch escribe: «Después de usarlos, lávate las manos y vamos por pizza y gaseosa de uva». ¿Qué clase de médico invita a cenar después de recetar Viagra? ¿O acaso «pizza y gaseosa de uva» es el código para otra cosa?

Y luego está el emoji. Fisch, en al menos cuatro ocasiones, acompaña las referencias a «pizza y gaseosa de uva» con un emoji de un juez negro. Los racistas digitales saben que la gaseosa de uva es un estereotipo asociado a los afroamericanos. ¿Estaban codificando algo sobre prostitutas negras? ¿O sobre niños negros?

El 24 de mayo de 2018, Fisch sugiere probar las tostadas Pop-Tarts de Greenberg’s bakery. Epstein responde «4 de junio». Fisch contesta: «primero agarramos una porción de pizza con gaseosa de uva, después la tostada». Epstein dice «wow», y Fisch manda el emoji del juez negro.

Al día siguiente, Fisch escribe «no pude esperar» y adjunta una foto de… una porción de pizza y una gaseosa de uva. La imagen, real y mundana, corta de golpe cualquier especulación. O eso quieren que creamos.

Porque la pregunta sigue ahí: si era solo comida, ¿por qué tanto misterio? ¿Por qué «nadie más puede entender»? ¿Por qué el emoji recurrente? ¿Por qué la necesidad de demostrar con una foto que lo que comieron fue realmente pizza?

El hombre que murió por saber

El 4 de diciembre de 2016, un hombre llamado Edgar Maddison Welch entró en Comet Ping Pong, una pizzería de Washington, con un rifle de asalto. Había leído en internet que en el sótano —un sótano que no existe— se escondía una red de tráfico infantil liderada por Hillary Clinton. Disparó, no encontró nada, y se entregó a la policía.

Fue el punto culminante del Pizzagate, la teoría que aseguraba que los correos electrónicos de John Podesta, jefe de campaña de Clinton, contenían códigos sobre pedofilia. «Queso», «pizza», «espíritu cocinando»: todas eran supuestas palabras clave para designar a niños esclavizados.

Welch pasó cuatro años en prisión. En enero de 2025, durante un control de tráfico en Carolina del Norte, fue asesinado por la policía en un incidente separado.

Los medios lo presentaron como un lunático. Un conspiranoico peligroso. Pero ahora, con los Archivos Epstein humeantes y las 900 menciones de pizza, muchos se preguntan: ¿y si Welch no estaba tan loco? ¿Y si la locura es pensar que todo esto es coincidencia?

Los documentos que lo confirman: Epstein hablaba de Pizzagate

En los archivos filtrados hay un intercambio de correos que debería hacer temblar a cualquiera. Durante un debate presidencial de 2016 —cuando Trump acusaba a Clinton de crímenes sexuales— Epstein le escribió a su abogado Reid Weingarten: «¿Hay algo que quieras decirme?».

Weingarten respondió: «Tengo una idea…» (el resto del mensaje está censurado).

En otro correo, alguien escribe: «A medida que pasa el tiempo, el espectro del pedófilo multimillonario Jeffrey Epstein ha resurgido. Es quizás la relación de Clinton con Epstein la que tiene mayor relevancia para Pizzagate».

Weingarten responde: «Uy… mi querido Jeffrey está en todas partes…».

Epstein estaba al tanto de Pizzagate. Lo discutía con su abogado mientras la teoría se propagaba por internet. Y ahora, en los archivos, la palabra aparece una y otra vez, como un eco que no se calla.

El clan Clinton bajo juramento

El 27 de febrero de 2026, Hillary Clinton declaró durante seis horas ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes. Lauren Boebert, la congresista republicana, le preguntó directamente sobre Pizzagate.

Clinton estalló: «Pizzagate fue totalmente inventado. Fue una acusación escandalosa que terminó hiriendo a mucha gente, que hizo que un joven perturbado apareciera con un rifle de asalto y disparara en una pizzería local. No puedo creer que siquiera lo menciones«.

Su abogado calificó la teoría de «estafa alocada». Boebert insistió: «Hay conexiones con el lenguaje». Clinton, ya visiblemente irritada, respondió: «Bueno, la gente de QAnon cree que las hay, ¡así que allá ellos!».

La reacción de Clinton —el enojo, la burla, el intento de cerrar el tema— es exactamente lo que uno esperaría de alguien que tiene algo que ocultar. O tal vez es la reacción de una mujer que lleva años siendo acosada por teorías infundadas. El problema es que, con los Archivos Epstein, ya no está claro qué es infundado y qué no.

La telaraña de Epstein

Lo más perturbador de todo esto no es una pieza en particular, sino el patrón que emerge cuando se miran todas juntas.

Un banquero holandés confiesa sacrificios rituales de niños en un hotel céntrico de Buenos Aires. La cuenta bancaria de un traficante de menores lleva el nombre de un dios asociado al sacrificio infantil. En la isla privada de ese traficante hay una construcción que parece un templo y que no coincide con los permisos. Los archivos contienen más de 900 menciones de «pizza», una palabra que desde 2016 está vinculada a teorías de tráfico infantil. Y en esos mismos archivos, Epstein y su abogado discuten Pizzagate mientras la teoría se viraliza.

Los medios serios se esfuerzan por desmentir punto por punto. Pero uno se pregunta: ¿cuántas casualidades hacen falta para dejar de ser casualidad? ¿Cuándo el patrón se vuelve innegable?

El eslabón perdido: ¿qué pasaba en Buenos Aires mientras el mundo miraba la isla?

El testimonio de Ronald Bernard introduce un elemento que la prensa argentina ha preferido ignorar: la existencia de un hotel céntrico en Buenos Aires donde ocurrían rituales con niños. Bernard no dio el nombre, pero los datos que aportó —»muy conocido», «con historia», «sótanos profundos»— deberían ser suficientes para que cualquier periodista con dos dedos de frente empezara a investigar.

Sin embargo, el silencio es ensordecedor. Nadie pregunta. Nadie busca. Como si hubiera un pacto tácito de no tocar ese tema.

Mientras tanto, los archivos de Epstein contienen más de 700 referencias a Argentina. Números de teléfono con código +54, anotaciones crípticas como «BA – hotel – noche – 3», y nombres que permanecen redactados. ¿Quiénes son esos contactos? ¿Qué relación tenían con el pedófilo? ¿Alguno de ellos tiene vínculos con el hotel que mencionó Bernard?

La investigación recién empieza. En la próxima entrega de Expediente Connors desmenuzaremos la conexión argentina: las transferencias a Roberto Giordano, el contrato de «Ciudad Segura» firmado por Macri con empresas del Mossad, las visitas de Epstein a Punta del Este, y los nombres que los archivos aún esconden.

Porque si algo nos enseñó Pizzagate es que cuando el poder te dice «no mires ahí», justo ahí es donde hay que mirar.

Expediente Connors: caso abierto. Próximamente: el hotel, Macri y las cámaras del Mossad.

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    Juan OConnor

    Periodista e Investigador

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