Estados Unidos marginó a Israel de las conversaciones de tregua que mantiene con Irán, al punto de que los líderes israelíes quedaron «casi por completo» fuera del circuito de información, informó The New York Times citando a dos funcionarios israelíes de Defensa. Ante la escasez de datos provenientes de su aliado más cercano, Israel se ha visto obligado a reconstruir el proceso de diálogo a través de sus propios contactos en la región y su vigilancia dentro de Irán. El desplazamiento de Israel y la pérdida de su papel central en las conversaciones podría tener consecuencias importantes para el primer ministro Benjamín Netanyahu, en un año electoral.
El diario estadounidense indicó que el desplazamiento de Israel de las conversaciones entre Washington y Teherán podría tener consecuencias importantes para el país y, en particular, para Netanyahu. Las fuentes también mencionaron inquietudes en Israel por los posibles contornos de un eventual acuerdo entre Estados Unidos e Irán, incluida una eventual retirada de sanciones económicas a Teherán.
Este desplazamiento no es casual. Es la manifestación más reciente de una tensión creciente entre Washington y Tel Aviv que se viene gestando desde que las negociaciones con Irán comenzaron a tomar forma.
La humillación pública de Netanyahu
El martes 19 de mayo, Trump se dirigió a los periodistas en la Base Conjunta Andrews, en Maryland, antes de abordar el Air Force One. Cuando le preguntaron qué le había dicho a Netanyahu sobre Irán y cuánto tiempo más iban a esperar antes de lanzar nuevos ataques, Trump respondió: «Él está bien. Hará lo que yo quiera que haga. Es un muy buen hombre». Y repitió: «Hará lo que yo quiera que haga».
La frase fue dicha en un tono que oscilaba entre lo descriptivo y lo arrogante. No era una observación sobre el equilibrio de poder. Era una declaración de subordinación. Netanyahu, el aliado más cercano de Estados Unidos en Medio Oriente, el socio estratégico que había puesto sus fuerzas militares a disposición de la campaña contra Irán, quedaba reducido a un ejecutor de las órdenes de la Casa Blanca.
Trump también bromeó diciendo que podría postularse para primer ministro de Israel, afirmando que una encuesta le daba un 99% de apoyo en ese país. El mensaje era claro: Trump se veía a sí mismo como el verdadero dueño de la relación bilateral.
Los puntos de fricción
El desplazamiento de Israel de las negociaciones no es el único síntoma de la nueva dinámica bilateral. La Casa Blanca no informó a Israel sobre el aplazamiento del ataque programado para el martes 19 de mayo, una decisión que Trump tomó después de recibir pedidos de los líderes de Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Los israelíes se enteraron por los medios.
El propio Netanyahu se enteró por una filtración periodística de que Estados Unidos estaba dispuesto a aceptar un acuerdo con Irán que no incluyera el desmantelamiento completo del programa nuclear iraní. Según fuentes citadas por Channel 12, Netanyahu mantuvo una conversación «difícil» y «dramática» con Trump en la que expresó su profundo escepticismo sobre la iniciativa de paz.
La postura de Netanyahu se volvió más desafiante a medida que las negociaciones avanzaban. Según The New Arab, el primer ministro israelí está presionando para reanudar la guerra contra Irán. Sus condiciones para dar por terminado el conflicto son maximalistas: eliminación del uranio enriquecido, fin del apoyo iraní a grupos armados en la región y desmantelamiento de su programa de misiles balísticos.
La administración Trump, en cambio, ha mostrado señales de moderación. Trump afirmó a los periodistas que no tiene «ninguna prisa» por llegar a un acuerdo con Irán, pero al mismo tiempo dejó abierta la posibilidad de aceptar un acuerdo de menor escala que simplemente abra el estrecho de Ormuz sin abordar los objetivos más amplios de desmantelamiento nuclear.
Argentina, el hijo que mira cómo sus padres se pelean
En medio de esta grieta, Argentina no es un actor neutral. El presidente Javier Milei selló su lealtad a Washington y Tel Aviv en los denominados «Acuerdos de Isaac», firmados en Jerusalén el 19 de abril de 2026. El pacto, que incluye memorándums de entendimiento en materia de lucha contra el terrorismo, inteligencia artificial y servicios aéreos, convirtió al país en un satélite estratégico de la alianza occidental en América Latina. Milei declaró entonces: «Expresamos nuestro firme apoyo a Estados Unidos y a Israel en su guerra contra el terrorismo y contra el régimen iraní».
Argentina, sin embargo, no tiene un asiento en la mesa donde se discute el futuro de Medio Oriente. No fue consultada sobre el aplazamiento del ataque. No fue informada de las negociaciones paralelas. No tiene capacidad de influir en las decisiones de Washington o Tel Aviv. El país que se autoproclamó «aliado incondicional» de la Casa Blanca asiste ahora, como un hijo que mira la pelea de sus padres, a una disputa interna del bloque occidental de la que no puede participar.
Milei prometió lealtad a Trump. Trump, ahora, le exige lealtad a Netanyahu. Y Argentina, fiel a su promesa, obedece sin preguntar. La relación es asimétrica: Argentina apoya la guerra, alinea su política exterior, expulsa embajadores y declara terroristas a sus enemigos, pero no tiene incidencia en las decisiones finales. La lealtad prometida es ahora una prueba de sumisión.
La nueva configuración regional
El desplazamiento de Israel de las negociaciones no es un capricho de Trump. Es una consecuencia de la nueva configuración de poder en Medio Oriente. Estados Unidos ya no necesita a Israel como su único socio estratégico en la región. Los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Qatar se han convertido en aliados igualmente importantes, y en algunos casos, más confiables.
Los Emiratos Árabes Unidos han sido uno de los países más activos en el frente de guerra, apoyando a Israel y Estados Unidos. Pero Qatar y Omán han mantenido históricamente relaciones positivas con Irán y no quieren un regreso a la guerra. Arabia Saudita está en el medio, pero se está acercando cada vez más a las posiciones de Qatar y Omán. El consenso entre los países del Golfo se está fracturando, y Estados Unidos necesita equilibrar los intereses de todos sus aliados, no solo los de Israel.
Trump ha establecido una línea directa con los líderes de Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Fue a pedido de ellos que suspendió el ataque del martes. Netanyahu, que hasta hace meses era el socio privilegiado de Washington en la región, hoy compite por la atención del presidente con los jeques del Golfo.
La relación entre Estados Unidos e Israel, la alianza que definió la política de Medio Oriente durante décadas, está mostrando fisuras. Trump marginó a Israel de las negociaciones con Irán, filtró información a la prensa sobre los desacuerdos con Netanyahu y humilló al primer ministro israelí en público al declarar que «hará lo que yo quiera».
Argentina, por su parte, es el hijo que eligió un bando en la pelea de sus padres y que ahora, cuando la pelea se intensifica, no tiene más opción que seguir acatando las órdenes de papá, aunque mamá esté sangrando. Los Acuerdos de Isaac fueron la promesa de lealtad. Ahora, la lealtad se pone a prueba. Y Argentina, como el hijo dócil, no va a defraudar.


























