Karina Milei dejó afuera a Patricia Bullrich de la reunión de gabinete después de que la senadora le exigiera a Manuel Adorni presentar su declaración jurada. La interna libertaria ya mezcla operaciones digitales, amenazas cruzadas, alianzas subterráneas y un gobierno donde nadie sabe quién manda realmente. Mientras Milei intenta sostener a Adorni, el oficialismo empieza a parecer más una corte medieval paranoica que una administración nacional.
La revolución libertaria finalmente llegó a su forma política definitiva una pelea de camarín permanente entre egos inflamados, trolls armados y dirigentes convencidos de que gobernar consiste en sobrevivir una semana más sin ser degollados por el propio oficialismo.
Ahora le tocó a Patricia Bullrich.
Karina Milei decidió directamente echarla de las reuniones de gabinete después de que la exministra tuviera la osadía de pedir públicamente que Manuel Adorni presentara su declaración jurada. Un gesto mínimo de institucionalidad básica que dentro del mileísmo ya funciona como traición de alta seguridad.
Porque ahí está el verdadero corazón del problema.
No se pelean por ideología.
No se pelean por modelo económico.
Ni siquiera por estrategia electoral.
Se pelean por supervivencia dentro de una estructura donde el poder ya dejó de organizarse políticamente y empezó a funcionar emocionalmente, como una monarquía de Twitch administrada entre paranoias, castigos y favoritismos personales.
Y Karina es la reina madre del dispositivo.
Todo pasa por ella.
Quién entra.
Quién sale.
Quién habla.
Quién queda humillado.
Quién conserva acceso al hermano presidencial.
Quién merece castigo ejemplificador.
La motosierra terminó construyendo una corte.
El problema es que Patricia Bullrich no es Ramiro Marra.
No es un streamer reciclable.
No es un tuitero con foto de anime.
Es una dirigente que sobrevivió a montoneros, menemismo, macrismo, helicópteros, radicales, peronistas, servicios, internas feroces y veinte mutaciones ideológicas distintas sin desaparecer nunca del mapa político argentino.
O sea: una cucaracha nuclear de la política nacional.
Y ahora Karina pretende disciplinarla como si fuera una influencer libertaria de tercera línea.
Entonces aparece el detalle delicioso que ya circula dentro del propio oficialismo: “ahora que se la banquen”.
La frase resume perfectamente el clima interno.
Porque Bullrich siente que puso el cuerpo por Milei cuando nadie quería tocar el gobierno. Bancó represiones, desgaste mediático, papelones institucionales y delirios oficiales mientras muchos libertarios todavía aprendían cómo usar una credencial estatal sin subir una selfie.
Y ahora descubre que la quieren jubilar políticamente para proteger a Adorni, un funcionario que pasó de vocero gritón de televisión a tótem sagrado de la fragilidad presidencial.
Porque Adorni ya no es solamente Adorni.
Es el punto donde Milei siente que si cede, empieza el desmoronamiento completo del dispositivo familiar y político construido alrededor de Karina.
Por eso lo sostienen con desesperación religiosa.
Aunque cada semana aparezcan nuevas filtraciones, nuevos viajes, nuevas sospechas patrimoniales o nuevos escándalos.
Mientras tanto el gobierno entra en una fase todavía más peligrosa: las internas empiezan a cruzarse entre sí.
Ya no existe una sola pelea.
Ahora son varias guerras simultáneas.
Karina contra Bullrich.
Karina contra Santiago Caputo.
Los Menem contra Las Fuerzas del Cielo.
Los trolls oficiales contra otros trolls oficiales.
Macri esperando desde afuera como jubilado venenoso viendo cómo se incendia el geriátrico.
Y Milei en el medio, cada vez más encapsulado, más emocionalmente dependiente de su hermana y más incapaz de ordenar un gobierno donde todos se sienten autorizados a operar contra todos.
La escena ya tiene algo de colapso romano administrado por community managers.
Porque además la exclusión de Bullrich ocurre justo después del Rufusgate, la pelea pública entre Santiago Caputo y Martín Menem, las filtraciones cruzadas y los rumores de armado alternativo entre macrismo, sectores libertarios desplazados y el bullrichismo.
O sea: la “nueva política” finalmente descubrió algo maravilloso.
Las internas de la vieja política eran mucho más discretas.
Acá directamente se exterminan en tiempo real frente a Twitter.
Y quizá lo más espectacular sea el deterioro psicológico del oficialismo. Cada decisión ya parece tomada desde el resentimiento interno. No gobiernan para estabilizar el país. Gobiernan para evitar que el otro sector gane terreno dentro del propio gobierno.
Entonces cada reunión es sospecha.
Cada declaración es amenaza.
Cada filtración es mensaje mafioso.
Cada gesto se interpreta como conspiración.
Y la política económica queda administrada en paralelo por tipos que parecen pasajeros de avión atravesando turbulencia extrema mientras adelante la tripulación se pelea a cuchillazos por el control de la cabina.
Mientras tanto la Argentina real sigue pagando tarifas, inflación y caída salarial observando cómo el oficialismo consume energía completa en administrar egos heridos y disputas palaciegas.
La libertad avanzó tanto que terminó pareciéndose a una interna de consorcio con presupuesto estatal.
Y lo más divertido es que todavía hablan de “casta”.
Como si no se hubieran convertido exactamente en eso.
Pero peor.
Porque al menos la vieja política sabía disimular.


























