Después de meses de observar la realidad económica con la intensidad emocional de una planta de oficina, la CGT parece haber descubierto una novedad revolucionaria: los trabajadores están empezando a enojarse.
La revelación llegó apenas un año y medio tarde, pero en el sindicalismo argentino los tiempos siempre fueron relativos. Mientras cerraban empresas, caía el consumo, se destruían puestos de trabajo y los salarios entraban en terapia intensiva sin cobertura médica, buena parte de la conducción cegetista desarrollaba una estrategia que podría definirse como resistencia homeopática: dosis tan pequeñas de oposición que resultaban indetectables para el ojo humano.
Ahora, sin embargo, los muchachos de Azopardo parecen haber comprendido que existe un pequeño problema. Cuando la gente empieza a preguntarse para qué sirven los dirigentes sindicales, la pregunta suele terminar siendo más peligrosa para los dirigentes sindicales que para el gobierno de turno.
Por eso salieron a buscar a Pablo Moyano y a Daniel Yofra.
No fueron a buscarlos porque sean moderados.
No fueron a buscarlos porque transmitan tranquilidad.
No fueron a buscarlos porque representen el diálogo racional entre actores sociales.
Fueron a buscarlos exactamente por la razón opuesta.
Cuando una conducción quiere demostrar que todavía tiene sangre en las venas suele llamar a los que tienen fama de entrar a una discusión con una bidón de nafta y un encendedor.
La escena tiene algo de comedia involuntaria. Durante meses la CGT explicó que no era momento para medidas drásticas. Que había que ser responsables. Que había que cuidar a los trabajadores. Que había que evitar confrontaciones inútiles. Que había que analizar el contexto. Que había que estudiar los escenarios. Que había que convocar mesas de diálogo. Que había que esperar.
Siempre había que esperar.
Lo único que nunca esperaba era la factura del supermercado.
Ni el alquiler.
Ni la tarifa.
Ni el despido.
Ni el cierre de la pyme.
Esas cosas tenían la desagradable costumbre de llegar puntualmente.
Ahora que el humor social empieza a parecerse a una olla a presión, los mismos dirigentes que llevaban meses administrando la indignación como si fuera un recurso escaso descubrieron que la bronca acumulada tiene una característica incómoda: tarde o temprano busca una salida.
Y si la CGT no la organiza, alguien más la va a organizar.
Ahí aparece el verdadero temor.
No es Milei.
No es Caputo.
No es la reforma laboral.
Es la irrelevancia.
El terror más profundo de cualquier estructura de poder no es perder una discusión. Es que la discusión continúe sin ella.
Por eso la central obrera intenta construir ahora un plan de lucha sectorial, escalonado y focalizado, una expresión elegante para decir que quieren pegar sin comprometerse demasiado. La idea consiste en producir molestias controladas, conflictos administrados y protestas dosificadas. Una especie de sindicalismo de laboratorio donde el enojo debe generar impacto mediático sin provocar daños excesivos a quienes lo administran.
La paradoja es extraordinaria.
Mientras las bases reclaman medidas más duras, los dirigentes siguen negociando la intensidad exacta del descontento, como si la bronca popular fuera una perilla que pudiera regularse desde una oficina con aire acondicionado.
Por eso también resulta tan reveladora la aparición de Barrionuevo reclamando un paro de 36 horas. El gastronómico funciona en la política argentina como esos personajes de las películas que aparecen cada veinte minutos para recordar que el caos siempre puede empeorar. Su propuesta tiene la sutileza de una topadora sin frenos, pero cumple una función importante: recordarle a la CGT que incluso para los estándares del sindicalismo argentino existe una diferencia entre la prudencia y la hibernación.
Mientras tanto, el gobierno observa el espectáculo con relativa comodidad. Sabe que una parte importante de la sociedad sigue mirando a los gremios con más sospecha que simpatía. También sabe que muchos dirigentes sindicales tienen más experiencia negociando derrotas que organizando victorias.
Sin embargo, hay algo que empieza a preocupar incluso a los funcionarios más optimistas.
Los indicadores económicos pueden maquillarse.
Los discursos pueden maquillarse.
Las estadísticas pueden maquillarse.
La realidad cotidiana tiene menos predisposición a colaborar.
Cuando una fábrica trabaja al cuarenta por ciento de su capacidad, cuando el comercio vende menos, cuando el salario dura menos que una promoción de supermercado y cuando las familias empiezan a recortar incluso gastos esenciales, la paciencia deja de ser una virtud cívica y empieza a parecerse a una condena.
La CGT llega tarde, como casi siempre.
Pero llega porque incluso los más prudentes entendieron que seguir inmóviles puede resultar más peligroso que moverse.
Después de todo, los trabajadores podrán tolerar muchas cosas.
Lo que rara vez perdonan es descubrir que quienes prometían defenderlos estaban demasiado ocupados calculando el momento políticamente conveniente para empezar a hacerlo.



























