Javier Milei viajará a Brasil para respaldar la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro y visitar a Jair Bolsonaro, quien cumple prisión domiciliaria mientras enfrenta un proceso judicial por su presunta participación en un intento de golpe de Estado. El Presidente que convirtió el combate contra la corrupción en un slogan de campaña parece haber descubierto que la vara moral también cambia de idioma cuando aterriza en Brasil.
Si el acusado se llama Cristina Fernández de Kirchner, la sentencia llega antes que el expediente. Si el investigado se apellida Bolsonaro, entonces aparecen palabras como «lawfare», «persecución política», «defensa de la libertad» o, directamente, un pasaje en avión para ir a darle un abrazo.
Javier Milei confirmó que el próximo 25 de julio viajará a Brasil para participar del lanzamiento de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro y, de paso, visitar a Jair Bolsonaro, quien permanece bajo prisión domiciliaria mientras avanza el proceso judicial por su presunta responsabilidad en los hechos que derivaron en el intento de golpe de Estado contra Luiz Inácio Lula da Silva tras las elecciones de 2022.
No deja de ser curioso. El mismo Presidente que construyó buena parte de su identidad política acusando de delincuentes, corruptos y ladrones a medio arco opositor, ahora cruza la frontera para fotografiarse con uno de los dirigentes más cuestionados de la derecha latinoamericana. Parece que la corrupción no siempre indigna: primero pregunta de qué lado del mostrador ideológico está parada.
La escena tiene algo de turismo temático. Hay quienes viajan a Brasil para conocer las playas, otros para recorrer el Amazonas. Milei eligió visitar a un aliado político procesado. Cada uno invierte sus millas donde encuentra mayor afinidad emocional.
Desde el gobierno de Lula eligieron no responder con el mismo tono. «No esperamos nada de Milei. Puede hacer lo que le parezca mejor», deslizaron funcionarios brasileños, dejando que el Presidente argentino protagonice en soledad una nueva provocación diplomática. A veces el silencio humilla más que un comunicado.
En la Casa Rosada, en cambio, intentan relativizar el episodio recordando que Alberto Fernández visitó a Lula cuando estaba preso. El problema de esa comparación es que quienes entonces denunciaban un inadmisible respaldo a un condenado hoy parecen considerar perfectamente razonable visitar a un dirigente que enfrenta un proceso judicial porque, al parecer, cuando la ideología coincide, la indignación entra en pausa.
La política exterior libertaria ya encontró su doctrina: enemigos implacables puertas adentro, comprensión infinita para los aliados internacionales. La corrupción dejó de ser un problema ético para convertirse en una cuestión de geografía y afinidad partidaria.
Porque en esta nueva diplomacia de la doble vara, el pasaporte parece funcionar mejor que el Código Penal.
Y al final resulta que no era una cruzada contra la corrupción.
Era apenas una cuestión de con quién sacarse la foto.



























