La Casa Rosada acelera la suspensión de las PASO con un argumento económico, pero detrás de la urgencia aparece un fantasma mucho más incómodo: que una derrota electoral provoque una corrida financiera como la que sepultó el proyecto de Mauricio Macri en 2019. Si un modelo económico depende de que la gente no vote, quizá el problema nunca fueron las primarias.
Durante meses nos explicaron que las PASO eran un despilfarro, una encuesta demasiado cara, una costumbre de la vieja política y una extravagancia que había que eliminar para ahorrar plata. Ahora descubrimos que el verdadero problema no sería el costo de organizar una elección, sino el costo de perderla.
Según trascendió desde la propia Casa Rosada, el Gobierno busca suspender las elecciones primarias porque teme que un segundo puesto de Javier Milei frente al peronismo provoque una reacción similar a la que vivió Mauricio Macri en agosto de 2019: corrida cambiaria, derrumbe de bonos, aumento del riesgo país y un mercado huyendo más rápido que funcionario con declaración jurada pendiente.
En otras palabras, el modelo económico que prometía ser el más sólido de la historia parece tener un pequeño detalle de fábrica: no soporta una elección competitiva.
Es una curiosa versión de la libertad. Libertad para importar, para desregular, para endeudarse, para despedir, para dolarizar el ahorro… pero cuando llega el momento de que la ciudadanía exprese su opinión en las urnas, aparecen las dudas existenciales. Resulta que el mercado es libre siempre y cuando los votantes no lo pongan nervioso.
El antecedente de Macri se convirtió en una pesadilla recurrente dentro del oficialismo. Aquellas PASO de 2019 demostraron que una derrota contundente puede acelerar una crisis financiera cuando los inversores descuentan un cambio de rumbo político. El problema es que, siete años después, el argumento parece haberse transformado en una confesión involuntaria: el plan económico necesita ganar antes de gobernar.
Las encuestas tampoco ayudan a tranquilizar los ánimos. Distintos sondeos muestran una caída en la imagen presidencial, un aumento del rechazo al rumbo económico y una oposición que vuelve a mostrarse competitiva. En la Rosada hacen cuentas con la misma obsesión con la que el Banco Central cuenta reservas: cualquier número que empiece con un dos adelante ya genera taquicardia.
Por eso la eliminación de las PASO dejó de venderse como una reforma institucional y empezó a parecer un chaleco antibalas para el mercado. La explicación oficial habla de eficiencia. La explicación política habla de supervivencia.
La paradoja es maravillosa. El Gobierno que repite todos los días que la economía está ordenada, que los mercados confían, que el riesgo país baja y que el mundo entero quiere invertir en Argentina, al mismo tiempo teme que una simple elección primaria pueda hacer volar todo por el aire.
Entonces surge una pregunta bastante incómoda.
Si una elección anticipada alcanza para provocar una corrida, ¿qué tan robusto era el modelo del que tanto presumían?
Porque los planes económicos sólidos sobreviven a las elecciones.
Los frágiles necesitan suspenderlas.
Y ahí deja de discutirse el costo de las PASO para empezar a discutir algo mucho más serio: qué clase de estabilidad depende de que la democracia espere sentada hasta que los mercados se sientan cómodos.
Al final, la libertad avanzaba… siempre y cuando no tuviera que pasar por el cuarto oscuro.



























