Mientras el consumo sigue en retroceso y miles de comercios bajan sus persianas, Javier Milei festejó en redes una cola de clientes para entrar a un local de importados baratos. La nueva épica libertaria ya no pasa por abrir fábricas: alcanza con hacer fila para comprar un repasador chino en oferta.
Si alguna vez alguien se preguntó cómo luce el éxito económico según Javier Milei, la respuesta llegó desde un shopping porteño. No fue una nueva fábrica, ni una pyme ampliando su producción, ni una empresa contratando trabajadores. Fue una fila de veinte metros para comprar repasadores chinos.
El Presidente compartió con entusiasmo un video difundido por su cineasta oficial, Santiago Oría, donde decenas de personas esperaban para entrar a un local de importados baratos en el DOT. La interpretación libertaria fue inmediata: si hay cola, hay consumo; si hay consumo, el plan funciona; y si el plan funciona, los economistas críticos son unos «sanateros».
El pequeño detalle que arruina la épica es que la gente no hacía fila para comprar productos nacionales de alta calidad ni para celebrar un boom del salario real. Esperaba entrar a un negocio cuya principal virtud consiste en vender más barato que el resto. Es decir, la multitud no era una muestra de prosperidad sino un síntoma bastante más incómodo: cuando el bolsillo no alcanza, cualquier descuento se convierte en acontecimiento social.
La escena resume mejor que cualquier informe económico el modelo de consumo de la Argentina libertaria. Ya no se recorre el shopping buscando la mejor marca. Se peregrina hacia el local donde el repasador cuesta unos pesos menos. El sueño del ascenso social terminó reemplazado por la emoción de encontrar una alfombra viral de TikTok a precio de liquidación.
Mientras tanto, la CAME acaba de informar una nueva caída del consumo. Comercios de barrio siguen cerrando, industrias reducen producción y las persianas bajas forman parte del paisaje cotidiano. Pero desde la cima del poder el indicador que conmueve al Presidente es otro: la longitud de una cola frente a un negocio de importaciones.
Hay algo profundamente simbólico en esa celebración. Hace apenas unos días Milei aseguró que la Argentina prácticamente sólo produce dulce de leche y biromes. Ahora festeja que miles de personas compren productos fabricados en China. Parece que el plan de desarrollo industrial ya encontró su versión definitiva: dejar de producir para convertirse en un excelente cliente del mundo.
El milagro económico terminó reducido a una postal donde la industria nacional desaparece y la felicidad consiste en conseguir un porta jabón importado antes de que se agote el stock.
Quizás dentro de unos meses el Gobierno también celebre las colas en los comedores comunitarios como un récord gastronómico o presente las liquidaciones por cierre como un festival del consumo inteligente.
Porque cuando el relato necesita buenas noticias, cualquier fila sirve.
Aunque sea para comprar un repasador.



























