Lionel Messi dedicó la clasificación a quienes no llegan a fin de mes y no consiguen trabajo. En la Casa Rosada la frase cayó peor que un gol inglés: un funcionario aseguró que el capitán «quiso imitar a Maradona» y Javier Milei volvió a cuestionar a la Selección por la bandera de Malvinas. Cuando apareció la realidad, el Gobierno decidió marcar al mensajero.
Hay una regla no escrita en la política argentina: si la realidad resulta demasiado incómoda, siempre existe la posibilidad de declarar que fue una provocación. Esta semana le tocó a Lionel Messi, que después de eliminar a Inglaterra hizo una observación tan revolucionaria como mirar el changuito del supermercado: recordó que hay gente sin trabajo, que no llega a fin de mes y que la pasa mal. Un verdadero extremista. Casi un corresponsal del cajero automático.
Lo extraordinario fue la velocidad con la que el foco cambió de la pobreza a la pobreza del debate. En menos tiempo del que tarda una boleta de luz en duplicarse, el país dejó de discutir si la gente vive peor para preguntarse si un jugador de fútbol tiene permiso para darse cuenta. Evidentemente, la inflación puede ser transitoria, pero la alergia a los malos modales es permanente.
Como todavía quedaban energías para un escándalo más pintoresco, volvió la discusión por la bandera de «Las Malvinas son Argentinas». Una frase que lleva décadas formando parte de la posición oficial del Estado fue tratada como si la Scaloneta hubiera aterrizado en Puerto Argentino con un ejército de utileros armados con conos y pecheras. El verdadero riesgo geopolítico del siglo XXI ya no serían los misiles hipersónicos, sino once futbolistas abrazados después de un partido.
Javier Milei calificó el gesto de «patrioterismo barato» y más tarde habló de la «imprudencia» de los jugadores. El razonamiento merece un premio a la creatividad administrativa. Hay provincias donde cuesta llegar con medicamentos, escuelas que hacen equilibrio con el presupuesto y jubilados que aprendieron a dividir un blister en doce partes, pero el peligro inminente para la Nación sería una tela celeste y blanca sostenida por tipos transpirados. La geopolítica entró definitivamente en su etapa teatral: el decorado ya preocupa más que la obra.
Messi, para colmo, no ayudó. No eligió el manual del deportista profesional que sonríe, agradece a los sponsors y promete «seguir trabajando». Habló como cualquiera que hace cuentas antes de entrar al supermercado. Ahí estuvo su error táctico. Los goles pueden perdonarse. La empatía, jamás. Un delantero que ve la pobreza empieza a parecer sospechosamente humano, y eso desordena cualquier relato cuidadosamente balanceado en Excel.
Lo mejor llegó después. Desde sectores del oficialismo apareció esa frase que debería imprimirse en una remera: «Quiso imitar a Maradona.» Argentina es un país extraordinario. Mientras en otras naciones comparan estadísticas, acá se audita la autenticidad del sentimiento. No alcanza con decir algo; también hay que demostrar que la emoción tiene denominación de origen. Pronto el INDEC no solo medirá inflación: también certificará nostalgia, argentinidad y porcentaje de maradonismo por declaración pública.
La escena terminó pareciendo un concurso televisivo. Un participante dice que hay gente que no tiene trabajo. Otro responde que la verdadera preocupación es la diplomacia. Entra un tercero y explica que el problema, en realidad, es una bandera. Finalmente aparece un jurado para determinar si la tristeza fue expresada con la intensidad reglamentaria. Todo eso mientras millones de espectadores miran el precio del kilo de carne con la misma expresión con la que antes miraban las películas de terror.
Existe además una curiosa mutación del patriotismo. Durante años se repitió que el fútbol representaba la identidad nacional, la camiseta, el orgullo y el sentimiento colectivo. Pero basta con que esa misma selección recuerde que existen las Malvinas o que los argentinos tienen dificultades económicas para que inmediatamente deje de representar a la Nación y pase a representar un peligro institucional. Nunca un equipo descendió tan rápido de héroe popular a amenaza diplomática sin perder un solo partido.
La verdadera ironía es que Messi ni siquiera hizo política partidaria. No pidió votos, no lanzó una candidatura, no propuso un plan económico. Describió una escena cotidiana. Tan cotidiana que millones de argentinos podrían haber firmado esa misma frase desde la fila de una farmacia, una estación de servicio o la caja de un supermercado. Pero hay épocas en las que el problema no es la realidad: el problema es que alguien la nombre en voz alta. Como si la pobreza funcionara igual que los fantasmas; basta apagar la luz para convencerse de que desapareció.
Quizás ahí esté la enseñanza involuntaria de toda esta novela. En una Argentina donde cada factura parece escrita por un guionista de Netflix y cada compra requiere una reunión familiar para evaluar riesgos financieros, el debate nacional terminó girando alrededor de una bandera y de un micrófono. La economía siguió haciendo lo suyo con una disciplina admirable: vaciar bolsillos sin necesidad de dar conferencias de prensa. Mientras tanto, la política encontró un rival digno. No fue Inglaterra. No fue el desempleo. No fue la inflación. Fue un tipo que levantó una Copa del Mundo y después cometió la imprudencia imperdonable de mirar la tribuna en lugar del teleprompter.



























