Es la primera intervención diseñada específicamente para esta población.
Logró cerca del 30% de abstinencia en tres meses con acompañamiento y parches de nicotina.
El estudio evidencia que políticas adaptadas pueden revertir desigualdades en salud.
El primer programa mundial para dejar de fumar en personas trans: resultados, datos y una urgencia estructural
La implementación de un programa específico para dejar de fumar en personas trans no es un hecho aislado ni meramente sanitario: es la respuesta a una desigualdad profunda que atraviesa la salud, la educación y las condiciones de vida. El estudio que evaluó esta intervención no solo aporta resultados concretos, sino que también deja al descubierto un problema estructural que durante años fue invisibilizado.
Uno de los datos más contundentes es la prevalencia de consumo: mientras en la población general fuma alrededor del 22%, en personas trans ese número asciende al 42%. Es decir, prácticamente el doble. Esta diferencia no responde a decisiones individuales aisladas, sino a un entramado de exclusión: trayectorias educativas interrumpidas, discriminación laboral, violencia cotidiana y estrés crónico. En ese contexto, el tabaco funciona muchas veces como una forma de sostenerse frente a condiciones adversas.
A este escenario se suma un dato crítico: la expectativa de vida en la población trans ronda los 40 años. No se trata solo del impacto del tabaquismo, sino de una acumulación de vulneraciones estructurales que incluyen dificultades de acceso al sistema de salud, precariedad habitacional y exposición a múltiples riesgos. Por eso, cualquier política sanitaria que busque ser efectiva no puede ser neutral: tiene que estar diseñada específicamente para esa realidad.
En ese marco surge una intervención inédita. Se trata del primer programa en el mundo diseñado exclusivamente para personas trans y de género diverso, desarrollado por la Fundación Huésped junto con la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad de Rochester, en Estados Unidos. La investigación fue llevada adelante por un equipo integrado, entre otros, por Inés Aristegui y Raúl Mejía.

El estudio se realizó en la ciudad de Buenos Aires y contó con la participación de 40 personas trans y de género diverso. Esta primera etapa fue de factibilidad, es decir, buscó evaluar si el programa podía implementarse, sostenerse en el tiempo y generar resultados concretos en condiciones reales.
La estrategia combinó tres componentes centrales: acompañamiento durante tres meses a través de WhatsApp —con mensajes, audios, imágenes y videos en formato bidireccional—, consejería brindada por personas trans capacitadas y la entrega gratuita de parches de nicotina para reducir los síntomas de abstinencia. No se trató únicamente de un tratamiento médico, sino de un abordaje integral adaptado social y culturalmente.
Los resultados fueron contundentes. Más del 92% de las personas participantes completó el seguimiento, un nivel de adherencia poco frecuente en programas de salud pública. Además, el 95% utilizó los parches de nicotina, lo que evidencia una alta aceptación del tratamiento.
Pero el dato central es la eficacia: cerca del 30% de las personas dejó de fumar en apenas tres meses. Este resultado no surge de una autoevaluación, sino que fue confirmado mediante análisis bioquímicos, lo que le otorga mayor validez científica. El porcentaje es comparable con los resultados obtenidos en la población general, lo que refuerza una conclusión clave: cuando las políticas se adaptan al contexto social de una comunidad, pueden ser igual de efectivas.
El estudio también permite dimensionar el nivel de consumo previo. Solo una minoría fumaba menos de 10 cigarrillos por día, mientras que el 40% consumía entre 11 y 20, y el resto superaba los 21 cigarrillos diarios. Es decir, se trataba de consumos intensivos, lo que vuelve aún más significativo el nivel de abandono alcanzado en un período corto.
Uno de los aspectos más innovadores fue la metodología participativa. El programa no fue diseñado desde afuera: incluyó la creación de un comité asesor integrado por personas trans, fumadoras y no fumadoras, que participaron en la elaboración de los contenidos, la validación de los mensajes y la implementación de las estrategias. Este enfoque fortaleció la aceptación del programa y mejoró su eficacia.
Sin embargo, el estudio también deja en evidencia límites estructurales. El proyecto contemplaba una segunda fase con una muestra de 300 personas para evaluar su eficacia a gran escala, pero esa etapa no pudo llevarse a cabo debido al recorte del financiamiento internacional. A esto se suma un problema persistente: la invisibilidad estadística. En muchos países, las identidades de género no están incluidas en los relevamientos oficiales, lo que dificulta producir evidencia y diseñar políticas públicas específicas.
Aun así, los resultados marcan un punto de inflexión. Demuestran que es posible reducir el consumo de tabaco en la población trans y que las intervenciones diseñadas con perspectiva social y comunitaria no solo son más inclusivas, sino también más eficaces.
Más que una experiencia aislada, el programa deja planteado un camino: cuando la ciencia incorpora a las comunidades en el diseño de las soluciones, los resultados no solo mejoran, también se vuelven sostenibles. El desafío ahora no es demostrar si funciona, sino conseguir los recursos para ampliarlo y convertirlo en política pública.





























