Empresarios, medios y operadores políticos empiezan a abrir la carpeta «después de Milei». Macri quiere que Bullrich sea una de las protagonistas de esa historia.
La política argentina tiene una particularidad fascinante: los empresarios nunca abandonan un proyecto cuando fracasa. Lo abandonan cuando sospechan que puede fracasar. Y esa diferencia explica mucho mejor la reunión reservada entre Mauricio Macri y Patricia Bullrich que cualquier comunicado oficial, cualquier foto filtrada o cualquier declaración posterior. Porque cuando un expresidente convoca a una ex candidata presidencial para hablar del futuro mientras el actual presidente todavía ocupa la Casa Rosada, no está organizando una sobremesa entre viejos compañeros de ruta. Está explorando una sucesión.
La reunión ocurrió en un momento especialmente incómodo para Javier Milei. Las internas libertarias ya dejaron de parecer diferencias tácticas para convertirse en guerras de facciones. Karina Milei pelea con Patricia Bullrich. Santiago Caputo pelea con los Menem. Los Menem pelean con Santiago Caputo. Los gobernadores negocian con desconfianza. Los empresarios empiezan a preguntarse cuánto tiempo más podrá sostenerse semejante nivel de conflicto permanente. Y en medio de ese paisaje aparece Mauricio Macri, que conoce mejor que nadie el comportamiento de las élites económicas argentinas cuando empiezan a detectar olor a desgaste.
Lo verdaderamente importante no es que Macri haya hablado con Bullrich. Lo importante es quiénes estaban escuchando. Días después, el expresidente se reunió en Colonia con algunos de los empresarios más poderosos del país. Ahí la conversación dejó de ser una especulación política para transformarse en una discusión estratégica. Porque cuando el establishment empieza a debatir escenarios alternativos, generalmente significa que dejó de apostar todas sus fichas a la opción original. Nadie construye un plan B cuando está completamente enamorado del plan A.

Durante dos años, buena parte del poder económico toleró las excentricidades de Milei porque los resultados financieros parecían justificar la inversión política. Los insultos presidenciales, las peleas institucionales, las crisis diplomáticas y las guerras internas eran presentadas como daños colaterales de una transformación más profunda. Pero los mercados tienen una característica que los diferencia de la militancia: carecen de paciencia ideológica. Cuando aparece incertidumbre, empiezan a buscar alternativas. Y la incertidumbre se convirtió en uno de los principales productos de exportación de la Casa Rosada.
Por eso Patricia Bullrich vuelve a ocupar un lugar central en la conversación. No porque represente una ruptura con el programa económico actual. Todo lo contrario. Lo que seduce a determinados sectores del poder es precisamente la posibilidad de conservar buena parte del rumbo económico eliminando los componentes más imprevisibles del experimento libertario. En términos empresariales, no se trataría de cambiar el modelo. Se trataría de cambiar al gerente.
La situación tiene una ironía extraordinaria. Milei construyó su carrera política denunciando a la casta como una corporación dedicada a preservar privilegios y reciclar dirigentes. Sin embargo, hoy enfrenta una amenaza mucho más seria que cualquier oposición parlamentaria: la posibilidad de que sectores influyentes del poder económico comiencen a imaginar un recambio sin modificar demasiado el esquema general. Es decir, que descubran que el proyecto puede sobrevivir perfectamente sin su creador.
Lo que más preocupa en la Rosada no es Macri. Tampoco Bullrich. Lo que inquieta es la conversación que ambos representan. Porque detrás de cada reunión reservada, de cada empresario que escucha con atención y de cada operador que empieza a moverse, aparece una pregunta que hasta hace poco parecía impensable: ¿y si Milei no llega competitivo a 2027?
La política argentina tiene una larga tradición de presidentes que conservaban el bastón de mando mientras otros ya discutían quién ocuparía su lugar. Algunos se enteraron tarde. Otros nunca se enteraron. Todos compartieron un mismo problema: confundieron el ejercicio del poder con la propiedad del poder.
Y quizá eso sea lo más inquietante de esta historia. Mientras Milei sigue convencido de que libra una batalla cultural contra enemigos visibles, en algunos salones donde se toman decisiones bastante más importantes ya empezó otra discusión. Una discusión menos ideológica, menos ruidosa y mucho más pragmática.
La discusión sobre quién administrará la derecha argentina después de Milei.
Porque cuando los dueños del dinero empiezan a reunirse para imaginar el día después, generalmente es porque dejaron de creer demasiado en el presente.

























