La adquisición de los activos de Raízen por USD 1.420 millones le permite al grupo asociado a José Luis Manzano controlar una parte estratégica de la cadena energética argentina. La operación incluye la refinería de Dock Sud, 894 estaciones de servicio Shell y activos logísticos, consolidando un proceso de concentración empresarial en un sector clave para la economía nacional.
La venta de los activos de Raízen Argentina marca uno de los movimientos corporativos más importantes de los últimos años en el sector energético. La operación, valuada en USD 1.420 millones, tiene como comprador a Mercuria Energy Group, la poderosa trader suiza asociada localmente a José Luis Manzano a través de distintos negocios petroleros. Aunque todavía debe superar instancias regulatorias y judiciales antes de concretarse definitivamente en 2027, el anuncio ya modificó el mapa energético argentino.
Lo que está en juego va mucho más allá de una cadena de estaciones de servicio. El paquete adquirido incluye la refinería de Dock Sud, una de las más importantes del país, con capacidad para procesar cerca de 100.000 barriles diarios de petróleo, además de 894 estaciones de servicio Shell, terminales de almacenamiento, infraestructura logística y la licencia para seguir utilizando una de las marcas más reconocidas del mercado de combustibles.
La magnitud del negocio puede entenderse a partir de un dato clave: la red Shell representa alrededor del 19% de las ventas de combustibles de Argentina. Esto significa que aproximadamente uno de cada cinco litros que se comercializan en el país pasa por esa estructura comercial.
Sin embargo, el aspecto más relevante es estratégico. Mercuria y Manzano ya participan activamente en Vaca Muerta mediante Phoenix Global Resources, una de las compañías con presencia creciente en el desarrollo de hidrocarburos no convencionales. Con la compra de Shell Argentina, el grupo deja de estar concentrado solamente en la producción y pasa a controlar también refinación, almacenamiento, distribución y comercialización.
En términos económicos, se trata de un proceso de integración vertical. Es decir, una misma estructura empresarial comienza a controlar distintos eslabones de la cadena de valor. El petróleo puede extraerse en Vaca Muerta, procesarse en Dock Sud y venderse finalmente en estaciones propias. Cada etapa genera rentabilidad y reduce la dependencia de terceros operadores.
Hasta ahora, esa capacidad estaba reservada para un grupo reducido de actores como YPF, Pan American Energy o Tecpetrol. La operación coloca a Manzano y Mercuria dentro de ese grupo de empresas capaces de intervenir en casi todo el circuito energético.
La compra también incorpora una dimensión adicional vinculada al negocio eléctrico. Manzano participa del control de Edenor junto a Daniel Vila y Mauricio Filiberti. Esa posición abre posibilidades de integración entre distribución eléctrica, estaciones de servicio y futuras inversiones vinculadas a electromovilidad, puntos de carga para vehículos eléctricos y servicios energéticos asociados a nuevas tecnologías.
El contexto económico tampoco es menor. Raízen decidió vender en medio de una profunda reestructuración financiera. La compañía brasileña, controlada por Cosan y Shell, enfrenta compromisos financieros cercanos a los USD 12.840 millones y busca generar liquidez mediante la venta de activos. La salida de Argentina responde más a necesidades financieras globales que a una evaluación negativa del negocio local.
De hecho, la venta ocurre en un momento en que el downstream argentino —refinación y comercialización de combustibles— recuperó rentabilidad tras la liberalización de precios impulsada por el gobierno de Javier Milei. Con menos regulaciones y mayores márgenes comerciales, los activos energéticos volvieron a resultar atractivos para grandes grupos inversores.
Ahí aparece una discusión más amplia sobre el modelo energético que se está configurando en Argentina. Mientras el Gobierno promueve la desregulación y la apertura de mercados, lo que comienza a observarse no es una mayor fragmentación empresarial sino una creciente concentración de activos estratégicos.
La energía constituye uno de los sectores más sensibles de cualquier economía. Combustibles, electricidad y gas impactan sobre transporte, producción industrial, logística, inflación y costo de vida. Por eso los cambios de propiedad en estas áreas suelen tener consecuencias que trascienden el mundo empresarial.
La operación de USD 1.420 millones no representa únicamente una transferencia de activos. Refleja una reorganización profunda del poder económico dentro de uno de los sectores más importantes del país. Si además prosperan los movimientos de Manzano en torno a Metrogas, donde ya posee participación accionaria y aparece entre los interesados por la venta del paquete controlante de YPF, la concentración sería todavía mayor.
Petróleo, combustibles, refinación, distribución eléctrica y eventualmente gas natural quedarían vinculados dentro de una misma estrategia empresarial.
La pregunta de fondo es qué implicancias tendrá esa concentración para un sector que resulta determinante para la competitividad económica, la seguridad energética y el costo de vida de millones de argentinos. Porque detrás de la compra de Shell no sólo cambia un dueño: empieza a redefinirse quién controla una parte cada vez más importante de la infraestructura energética nacional.

























