El Presidente desplazó a casi todo el personal civil de la residencia después de que trascendiera una compra de 29 toneladas de carne por más de $500 millones y de que uno de sus perros sufriera una descompensación. Cocineros, mozos y hasta el jardinero quedaron afuera, mientras personal de las Fuerzas Armadas comenzó a ocupar funciones domésticas. En la Argentina que venía a terminar con la casta, finalmente llegó la doctrina de seguridad nacional al punto justo del bife.
La motosierra llegó a Olivos.
Pero esta vez no encontró ministerios, organismos públicos ni empleados administrativos.
Encontró al tipo que hacía los churrascos.
Javier Milei desplazó a casi todo el personal civil de la residencia presidencial en medio de un combo que, contado sin anestesia, parece el argumento de una película que ningún productor aceptaría por poco creíble: 29 toneladas de carne, más de $500 millones, un perro descompuesto, sospechas de envenenamiento, filtraciones internas, familiares dando vueltas por Olivos y un Presidente al que aparentemente no resulta sencillo acertarle el punto del churrasco.
Según la información conocida, fueron apartados 12 trabajadores civiles y solo quedarían el electricista y otros cuatro empleados.
Los reemplazos comenzaron a llegar desde las Fuerzas Armadas.
Hasta el cocinero sería un teniente.
Finalmente encontramos la función estratégica que faltaba definir para las Fuerzas Armadas argentinas:
defender la soberanía del juguito del bife.
Operación Churrasco Soberano
El conflicto habría escalado después de que trascendiera una compra de 29 toneladas de carne por más de $500 millones destinada al abastecimiento presidencial y de funcionarios.
Veintinueve toneladas.
Conviene repetirlo porque el cerebro intenta corregirlo automáticamente: 29 toneladas.
En un país donde el precio de la carne se convirtió para muchas familias en material de observación detrás de una vidriera, en Olivos aparentemente estaban haciendo previsiones como si se esperara el desembarco de un ejército de rugbiers.
La filtración habría enfurecido al Presidente.
Y acá aparece una pequeña paradoja libertaria.
El problema no habría sido solamente cuánto se compró.
El verdadero quilombo fue que alguien se enteró.
Así que comenzó la búsqueda del filtrador.
Y como identificar al responsable podía llevar tiempo, se aplicó el método argentino de investigación administrativa: rajar a todos y que Dios reconozca al buchón.
Cocinero.
Mozo.
Jardinero.
Personal de servicio.
Afuera.
Solo sobrevivió el electricista.
Decisión sensata.
Porque alguien tiene que mantener encendida la motosierra.
El perro se descompuso y arrancó Contrainteligencia
La situación se habría agravado cuando uno de los perros del Presidente sufrió una descompensación y debió ser atendido en una guardia veterinaria montada en la propia residencia.
Según las versiones conocidas, Milei habría sospechado incluso de un posible intento de envenenamiento.
Y ahí el churrasco dejó de ser gastronomía para convertirse en asunto de seguridad nacional.
Si ya desconfiás del cocinero, del jardinero, del que filtra las compras y posiblemente del plato del perro, la solución institucional argentina aparece sola: llamar a un teniente.
Así, donde antes había personal civil con décadas de experiencia atendiendo presidentes, ahora empiezan a aparecer uniformados.
No sabemos si el menú incluirá entrada, principal y postre.
Pero probablemente tenga cadena de mando.
—Mi teniente, el Presidente pidió un churrasco.
—¿Punto de cocción?
—Jugoso.
—Proceda.
—¡Sí, señor!
Cinco minutos después:
objetivo neutralizado con guarnición de papas.
Tres churrascos y una baja
El asunto gastronómico ya tendría antecedentes.
En la Casa Rosada circula la versión de que uno de los cocineros terminó renunciando después de que Milei rechazara tres churrascos consecutivos porque no estaban suficientemente jugosos.
El tercero habría sido servido prácticamente crudo.
Uno de los pedidos, además, habría llegado alrededor de las tres de la mañana.
Eso ya no es gastronomía.
Es una prueba de supervivencia de MasterChef.
Primer churrasco:
—Está seco.
Segundo:
—También.
Tercero:
—Mi Presidente, si este mugiera habría que llamar al SENASA.
Y aparentemente tampoco funcionó.
El hombre finalmente se habría ido.
Hay trabajadores que abandonan un empleo por salario.
Otros por estrés.
Otros porque encuentran mejores oportunidades.
Y después está el que comprendió que ningún convenio colectivo contempla discutir a las tres de la mañana con el Presidente sobre la hemoglobina de un churrasco.
La casta tenía primos; la libertad también.
Pero la historia se vuelve todavía más argentina cuando aparece el capítulo familiar.
La crisis alcanzó al área vinculada con Belén Agudiez, funcionaria cercana a Karina Milei. En torno de su gestión surgieron cuestionamientos por contrataciones y vínculos familiares.
Entre los desplazados aparece Javier Sosa, jardinero que había sido designado como intendente de la residencia y señalado como primo de Agudiez. También fueron mencionadas contrataciones de otros familiares.
Además, la diputada Marcela Pagano denunció irregularidades en una licitación de unos $700 millones para mantenimiento y jardinería de Olivos, vinculando el procedimiento con empresas que pertenecerían a un mismo grupo económico. Son acusaciones que deberán determinarse en las instancias correspondientes.
Porque una cosa debe quedar clara: familiares acomodados eran casta hasta que descubrimos lo difícil que resulta conseguir un jardinero de confianza.
La revolución liberal llegó para terminar con los privilegios.
Después descubrió los primos.
Y los primos demostraron, una vez más, ser una institución más resistente que la Constitución Nacional.
Olivos, country con Estado Mayor Conjunto
También circulan versiones sobre el uso de las instalaciones para encuentros familiares, cumpleaños y asados vinculados al entorno de funcionarios.
Eso habría terminado de irritar a Milei, que sintió invadida la intimidad presidencial.
Comprensible.
Uno llega agotado después de explicar que el Estado debe reducirse a su mínima expresión y encuentra al cuñado de alguien buscando hielo para el fernet en la residencia oficial.
La Quinta empezó a parecer menos una residencia presidencial que un country donde nadie sabe exactamente quién invitó al tipo que está usando la pileta.
Hasta que el propietario simbólico de la casa preguntó:
—¿Quiénes son todos estos?
Y alguien debió contestar:
—La batalla cultural, señor Presidente.
El Estado era demasiado grande hasta que hubo que cocinar
La solución elegida contiene una belleza ideológica difícil de superar.
Durante años escuchamos que el Estado no debía ocuparse de actividades que podía realizar un privado.
Ahora resulta que para hacer un churrasco en Olivos necesitamos a las Fuerzas Armadas.
El mercado podía resolverlo todo.
Excepto aparentemente el punto de cocción.
Entonces entra el teniente.
La doctrina quedó reformulada:
el Estado no debe fabricar, construir, administrar empresas ni intervenir innecesariamente en la economía.
Pero si el bife presidencial sale seco, movilícese inmediatamente al personal militar.
Quizás próximamente conozcamos el nuevo organigrama.
Ejército: defensa terrestre.
Armada: defensa marítima.
Fuerza Aérea: espacio aéreo.
Teniente Parrillero: vacío, entraña y churrasco presidencial.
Todo bajo estricta reserva.
Porque después de 12 despidos, una investigación, sospechas de filtraciones y personal militar entrando a la cocina, una cosa debería haber quedado clarísima en Olivos:
el próximo que cuente qué comió Milei termina haciendo guardia en la Antártida.
La motosierra prometía terminar con la casta.
Terminó entrando en la cocina.
Y después de tantas reformas del Estado, privatizaciones y discursos contra el gasto público, la Argentina consiguió finalmente el modelo libertario definitivo: 29 toneladas de carne, un teniente frente a la hornalla y el jardinero buscando laburo.


























