Manzano se bajó, Roggio quedó de un lado y del otro apareció un consorcio encabezado por Mauricio Filiberti, con Rowing, de la familia Román, y la señalada influencia de los hermanos Neuss. Después de Transener y de su vinculación con la Hidrovía, Juan y Patricio vuelven a aparecer alrededor de otro negocio estratégico. En la Argentina libertaria achicaron tanto al Estado que para encontrarlo ya conviene mirar dentro de una sociedad anónima.
La privatización de AySA entró en esa etapa maravillosa de la política argentina en la que oficialmente compiten empresas, extraoficialmente circulan apellidos y el ciudadano únicamente participa abriendo la canilla y esperando que todavía salga agua.
Economía abrió las ofertas técnicas para vender el 90% de AySA, la empresa que abastece de agua potable y cloacas a unos 14 millones de personas de la Ciudad y el Conurbano.
Y ocurrió una sorpresa: José Luis Manzano se bajó.
Una verdadera rareza nacional.
Había un negocio grande y Manzano decidió no entrar.
El SAME financiero permanece preventivamente en la puerta.
La competencia quedó entre Grupo Roggio, acompañado técnicamente por la israelí Mekorot y la japonesa Marubeni, y un consorcio encabezado por Transclor, la empresa de Mauricio Filiberti, conocido con ese entrañable apodo empresarial que parece inventado por Capusotto: “El Rey del Cloro”.
Porque si vas a privatizar el agua, qué mejor que poner cerca al Rey del Cloro.
Falta el Duque del Caño, el Marqués del Medidor y Su Alteza Serenísima de la Factura Vencida y completamos la monarquía sanitaria.
Los Neuss: ¿otra vez ustedes?
La parte más interesante aparece detrás de ese segundo consorcio. Transclor va asociada con Rowing SA, constructora de Walter Román, además del fondo neerlandés PHX y la brasileña Arcos.
Y alrededor de Rowing aparece, según la información publicada, la influencia de Juan y Patricio Neuss.
Sí.
Los Neuss.
Los mismos empresarios que vienen creciendo aceleradamente alrededor de negocios estratégicos durante el gobierno de Javier Milei.
A esta altura no hace falta buscarlos.
Privatizá algo y esperá cinco minutos.
Su nombre ya apareció en torno de Transener y también fueron señalados como lobistas de Jan de Nul en la concesión de la Hidrovía, donde otra empresa de la familia Román, Servimagnus, quedó vinculada al balizamiento.
Ahora la estructura cambia de nombre: aparece Rowing, cuyo propietario, Walter Román, es tío de Leonardo Román, ligado a Servimagnus.
No estamos diciendo que sean lo mismo.
Por supuesto que no.
En Argentina las coincidencias empresariales son como los primos en Navidad: casualmente terminan todos sentados en la misma mesa.
Se bajó Manzano y todos miraron la puerta
La salida de Manzano despertó especulaciones porque Filiberti es su socio en Edenor y se daba por descontado que el empresario participaría de la pelea por AySA.
Además, Manzano acaba de quedarse con Metrogas, cuya licencia vence en 2027 y cuya prórroga por veinte años todavía debe resolver el Gobierno.
¿Tiene una cosa relación con la otra?
No está probado.
Y justamente ahí empieza el deporte nacional:
el sudoku societario argentino.
Uno se baja del agua.
Otro entra.
Uno espera veinte años de gas.
Otro aparece detrás de una constructora.
Todos aseguran que no pasa nada.
Y el ciudadano, que solamente quería bañarse, termina necesitando un contador, un abogado corporativo y un pizarrón con piolines rojos para entender quién podría cobrarle la ducha.
USD 500 millones por la canilla
El Gobierno pretende vender el 90% de AySA y se estima una recaudación de entre USD 450 y 500 millones, aunque todavía no se conocieron las ofertas económicas y, según la información disponible, el pliego no estableció un precio base.
El ganador debería comprometer USD 2.000 millones de inversión durante cinco años.
Además, el Gobierno promete mantener las tarifas constantes en términos reales durante ese período.
Traducido del dialecto económico:
van a aumentar con la inflación, pero técnicamente tenés prohibido sentir que aumentaron.
Una maravilla.
Te llega 35% más cara.
Vos gritás.
Y aparece un economista desde atrás de la cortina:
—Señora, en términos reales no pasó nada.
—Pero no puedo pagarla.
—Eso es una percepción nominal.
Faltaron los gigantes internacionales
La otra curiosidad es quiénes no terminaron compitiendo directamente por AySA.
No apareció Veolia.
No apareció Sabesp.
Mekorot no comprará la empresa y quedó vinculada como asistencia técnica de Roggio.
Es decir, después de promocionar la privatización de una de las mayores compañías sanitarias de América Latina, la gran batalla terminó bastante más doméstica de lo imaginado.
Roggio por acá.
Filiberti por allá.
La familia Román.
Los Neuss señalados detrás.
Manzano que se retira.
Y un Estado que vende.
Wall Street pero con olor a lavandina.
El problema de fondo supera incluso los nombres. AySA no vende caramelos, administra un servicio esencial: agua potable y saneamiento para 14 millones de personas.
Por eso discutir quién la compra, cuánto paga, qué inversiones garantiza, cómo se controlarán las tarifas y qué mecanismos impedirán una degradación del servicio no constituye una extravagancia estatista.
Se llama preguntar qué carajo van a hacer con el agua.
Pero la Argentina descubrió una nueva modalidad de capitalismo.
Antes uno preguntaba:
—¿De quién es esta empresa?
Ahora conviene preguntar:
—¿Quién aparece adelante o quién está atrás?
Porque con tantas sociedades, consorcios, familiares, fondos, proveedores, asesores técnicos y empresarios que entran y salen, cualquier día privatizan el Río de la Plata y nos enteramos cuando aparezca un molinete en la Costanera.
Por ahora AySA busca dueño.
Manzano salió.
Roggio compite.
Filiberti entró con Rowing.
Y los Neuss vuelven a aparecer alrededor del negocio.
Después veremos quién gana.
Aunque tratándose de una privatización argentina, la pregunta verdaderamente revolucionaria sería otra:¿alguna vez gana el que paga la factura?.


























