Ni Videla, ni Menem, ni Macri cruzaron esa puerta como jefes de Estado. Javier Milei rompió otro récord: convertirse en el primer presidente argentino en asistir al festejo del 4 de Julio en la embajada de Estados Unidos, demostrando que las relaciones carnales quedaron viejas frente a esta nueva modalidad de amor sin preservativo diplomático.
Durante décadas, el protocolo internacional enseñaba que un presidente representaba a su país y que las embajadas eran territorio de cortesía diplomática, no sucursales emocionales del poder extranjero. Pero Javier Milei vino a demostrar que siempre existe un escalón más abajo para romper una tradición. Mientras otros mandatarios enviaban un canciller, un ministro o, con toda la furia, a la primera dama, él decidió presentarse personalmente a celebrar la independencia de otro país como si fuera un tío lejano que le deja dólares en Navidad.
La Casa Rosada explicó que la ocasión lo ameritaba porque Estados Unidos cumplía 250 años de independencia. Un argumento enternecedor. Si mañana Luxemburgo festeja el aniversario del primer semáforo o Liechtenstein inaugura una rotonda, conviene ir reservando el Tango 01 por las dudas. Total, cuando se trata de rendir homenaje afuera, nunca falta combustible.

Lo verdaderamente notable no fue la presencia presidencial sino la velocidad con la que se acomodó toda la fauna oficial detrás del anfitrión. Recién salidos de la jura de Diego Santilli, ministros, gobernadores y dirigentes hicieron fila para el cóctel diplomático como quien cambia de acto patrio sin pasar por casa. Parecía una versión premium de esas caravanas escolares que visitan Tecnópolis, solo que esta vez el paseo era por el Palacio Bosch, con canapé importado, Elvis Presley cantando de fondo y Fátima Florez cerrando la noche disfrazada de Liza Minnelli. El sueño americano nunca había tenido un casting tan generoso.
La escena tuvo algo de performance involuntaria. Mientras en los discursos oficiales se repite que Argentina recuperó soberanía, independencia económica y dignidad internacional, el Presidente inauguró una nueva categoría diplomática: el patriotismo tercerizado. El 9 de Julio todavía no había llegado y ya estaba practicando para el 4.

Ni siquiera las famosas «relaciones carnales» de los noventa se habían animado a semejante despliegue ceremonial. Carlos Menem cultivó una alianza estrecha con Washington, pero jamás fue como presidente a brindar por la independencia estadounidense en Buenos Aires. Ni la dictadura militar, tan obsesionada con el alineamiento automático, creyó necesario semejante gesto. Milei decidió que, si iba a romper un récord, debía hacerlo con entusiasmo adolescente.
Lo más fascinante es que el Gobierno intenta vender la escena como un triunfo geopolítico, cuando en realidad la fotografía dice bastante más que cualquier comunicado. Hay gobiernos que negocian con las grandes potencias, otros que buscan equilibrarlas y algunos que intentan sacar ventaja de esa tensión. Después está esta administración, que parece convencida de que la política exterior consiste en llegar primero al cumpleaños, abrazar al embajador antes que a los invitados y demostrar que el alumno más aplicado siempre merece una estrellita en la frente.
Quizás sea una nueva doctrina internacional. Ya no alcanza con alinearse; ahora hay que asistir, aplaudir, brindar, cantar el himno ajeno y agradecer la invitación como si fuera un privilegio histórico. Después de todo, la independencia es un concepto relativo. Algunos países la celebran. Otros la conmemoran en la embajada de quien se independizó.



























