El vocero presidencial Adrián Ravier afirmó que el dólar podría llegar a los $1.700 o $1.800 en los próximos meses y sostuvo que, de ocurrir, se trataría de una «corrección mínima» sin un impacto significativo sobre el bolsillo de los argentinos. La economía argentina acaba de inaugurar una nueva disciplina: la devaluación terapéutica.
Durante décadas, los argentinos creyeron que una devaluación del 20% era una mala noticia. Qué equivocados estaban. Bastó una entrevista de Adrián Ravier para descubrir que todo había sido un malentendido histórico. Resulta que el dólar no sube: recibe un pequeño masaje cambiario. No se devalúa la moneda; se relaja.
La economía argentina siempre fue creativa con las palabras. Primero aparecieron los «precios cuidados», después la «inflación reprimida», más tarde el «sinceramiento tarifario» y ahora llegó la joya de la temporada: una devaluación del veinte por ciento es apenas una «corrección mínima». Si esto sigue así, el próximo terremoto será presentado como un leve movimiento de autoestima de las placas tectónicas.
Ravier explicó que un dólar a $1.700 o incluso $1.800 es una posibilidad y pidió tranquilidad porque no habría un impacto significativo en los ingresos. El verdadero milagro no sería la estabilidad cambiaria, sino la resistencia del bolsillo argentino, que según el discurso oficial ya soporta aumentos de combustibles, tarifas, alquileres, alimentos y ahora también una devaluación que, aparentemente, ni siquiera debería darse por enterada.
Lo admirable del Gobierno es su permanente capacidad para reinventar el idioma. Antes había inflación. Ahora existen «precios relativos». Antes había ajuste. Ahora se llama «ordenamiento macroeconómico». Antes había recesión. Ahora es una etapa de reorganización productiva. Y desde esta semana tampoco habrá devaluaciones. Habrá pequeños retoques estéticos del tipo de cambio. La Real Academia Española ya está evaluando mudarse al Ministerio de Economía.
Para explicar por qué un veinte por ciento sería poco, Ravier comparó el escenario con las grandes catástrofes cambiarias de la historia argentina. Es una estrategia brillante. Es como decirle a alguien que no se preocupe por fracturarse un brazo porque podría haber perdido los dos. Comparado con un meteorito, hasta un incendio forestal parece una tarde agradable.
La lógica oficial consiste en tranquilizar al paciente mostrándole radiografías de otros enfermos que estaban mucho peor. «¿Ve? Usted solo tiene una pierna rota. En 2002 había gente con las dos.» Es un método novedoso para medir la economía: ya no se analiza cuánto se deteriora una variable, sino cuánto falta para protagonizar un documental sobre la crisis del 2001.
Mientras tanto, millones de argentinos escuchan estas explicaciones con la serenidad de quien ya sobrevivió a tantas redefiniciones económicas que podría dar clases en Harvard sobre resiliencia cambiaria. Si el dólar sube, es estabilidad. Si baja, también. Si no se mueve, confirma el éxito del plan. La única variable verdaderamente flexible es el significado de las palabras.
Lo más llamativo no es la cifra. Los mercados hablan todos los días sobre posibles movimientos del tipo de cambio. Lo extraordinario es el esfuerzo por convencer a la sociedad de que una eventual devaluación importante puede pasar completamente desapercibida. Es la economía cuántica: el dólar cambia de valor, pero al mismo tiempo no afecta a nadie. Schrödinger estaría orgulloso.
El Banco Central compra reservas, el Gobierno habla de superávit y los funcionarios insisten en que no existe un atraso cambiario significativo. Sin embargo, también explican que podría haber una corrección. Es una discusión fascinante: primero aseguran que el auto no tiene ningún problema mecánico y, acto seguido, aclaran que quizás haya que cambiarle el motor, pero sin dramatizar porque las ruedas seguirán siendo las mismas.
En Argentina las palabras envejecen más rápido que los billetes. «Nunca habrá devaluación» dura exactamente hasta la siguiente conferencia de prensa. Después aparece una nueva expresión capaz de transformar cualquier sacudón económico en un trámite administrativo. El marketing político descubrió hace años que modificar el diccionario suele ser más barato que modificar la realidad.
Los argentinos también aprendieron el juego. Cada vez que un funcionario dice que no hay motivos para preocuparse, la primera reacción nacional consiste en abrir la aplicación del banco. No por desconfianza. Es una costumbre cultural, como el mate o discutir sobre fútbol. Este país convirtió el precio del dólar en una serie de suspenso donde el protagonista siempre promete que el próximo capítulo será tranquilo.
Quizás el mayor aporte de Ravier no sea económico sino lingüístico. Acaba de demostrar que una misma cifra puede producir efectos completamente distintos según cómo se la pronuncie. Un veinte por ciento ya no es un porcentaje. Es un estado de ánimo.
Porque en la Argentina las crisis nunca empiezan con una corrida. Empiezan cuando alguien agarra el diccionario y decide que una devaluación… en realidad era un mimo.



























