La guerra entre Hugo Passalacqua y Carlos Rovira dejó de discutirse en los pasillos de la política para trasladarse a las cajas del poder. El Gobierno de Misiones decidió dar de baja el contrato de la aplicación Alegramed, vinculada al empresario Augusto Marini, dueño de los streamings Blender y Carajo. En la política misionera todos hablan de transparencia; la diferencia es que cada uno empezó a hacerlo justo cuando dejó de manejar la caja.
Durante años, la política argentina sostuvo una teoría revolucionaria: los contratos públicos eran impecables mientras los administraban los propios. Bastaba con que cambiaran de manos para descubrir, de golpe, que existían gastos innecesarios, negocios millonarios y una urgente necesidad de modernizar el Estado. Misiones acaba de confirmar que esa doctrina sigue más viva que nunca.
La pelea entre Hugo Passalacqua y Carlos Rovira ya no consiste en ver quién conduce el oficialismo provincial. Esa etapa quedó vieja. Ahora el verdadero campeonato consiste en averiguar quién administra las cajas. Porque en la política argentina las ideas cambian, los partidos mutan, los sellos se reciclan y los discursos se actualizan. Las cajas, en cambio, siempre conservan un atractivo ideológico admirable.
La última víctima de esta guerra fue Alegramed, la plataforma de telemedicina desarrollada durante la pandemia y utilizada por cientos de miles de misioneros para gestionar turnos en el sistema de salud. Según la información publicada, el Gobierno provincial desarrolla ahora una aplicación propia y notificó que el servicio actual dejará de funcionar. Dicho de otra manera: la innovación tecnológica duró exactamente hasta que cambió el equilibrio político.

En la provincia aseguran que ese contrato representaba uno de los principales negocios vinculados al grupo empresario de Augusto Marini, propietario de Blender y Carajo. Nadie discute que los streamings viven tiempos difíciles; lo novedoso es descubrir que, en la Argentina, la mejor conexión a internet siempre termina dependiendo de una buena conexión con el Estado.
Durante años el contrato parecía una brillante política de modernización sanitaria. Ahora pasó a convertirse en un gasto prescindible. El software no cambió, los servidores tampoco y los pacientes siguieron enfermándose igual. Lo único que sufrió una actualización automática fue el mapa de lealtades políticas. Windows tarda menos en instalar un sistema operativo que la política argentina en redefinir qué negocio es virtuoso y cuál resulta escandaloso.
Lo más extraordinario es la velocidad con la que aparece el discurso de la eficiencia. Cuando gobiernan los aliados, los contratos son inversión pública estratégica. Cuando gobiernan los rivales, esos mismos contratos se transforman milagrosamente en despilfarro. El Estado argentino descubrió hace tiempo una forma muy económica de realizar auditorías: alcanza con una interna partidaria.
Pero Alegramed sería apenas una estación de paso. También cambiaron autoridades en organismos estratégicos, se movieron fichas en empresas públicas y comenzaron a revisarse otras concesiones vinculadas al viejo esquema de poder. En Misiones no están haciendo una transición administrativa; están practicando arqueología financiera. Cada oficina nueva encuentra un fósil distinto de la gestión anterior.
La pelea tiene un costado admirable. Durante casi veinte años Carlos Rovira construyó uno de los sistemas políticos más estables del país, donde los gobernadores parecían administradores temporarios de un poder permanente. Bastó que Hugo Passalacqua insinuara la posibilidad de buscar otro mandato para que el edificio empezara a parecerse a un reality show. El problema de los liderazgos eternos es que un día descubren que los herederos aprendieron demasiado bien cómo funciona el negocio.
Los intendentes tampoco perdieron tiempo. Muchos que hasta ayer juraban fidelidad eterna al conductor histórico encontraron nuevas razones filosóficas para acompañar al gobernador. La política argentina tiene una relación muy creativa con la lealtad: nunca desaparece, simplemente cambia de domicilio.
Mientras tanto, Blender quedó atrapado en una discusión que demuestra una vieja ley nacional: detrás de cada gran debate ideológico suele aparecer una factura pendiente. Durante semanas el país discutió streamings, periodistas, audiencias y modelos de comunicación. Al final, la conversación terminó donde casi siempre termina la política argentina: en un contrato estatal.
Lo más curioso es que todos dicen estar defendiendo exactamente lo mismo: el interés de los ciudadanos. Unos aseguran que terminan con privilegios. Los otros denuncian persecuciones políticas. Ninguno admite que, casualmente, las grandes revelaciones sobre el uso de los recursos públicos suelen producirse cuando cambia el dueño de la lapicera.
Los misioneros probablemente solo quieran seguir sacando un turno médico sin importar el color político de la aplicación. Pero esa mirada resulta demasiado ingenua para la política profesional. En Argentina un botón para pedir un turno nunca es simplemente un botón. Puede ser una política sanitaria, una herramienta de campaña, una fuente de financiamiento o un misil en una guerra entre caudillos. Todo depende de quién esté administrando el servidor.
La interna entre Passalacqua y Rovira todavía está lejos de terminar. Vendrán nuevas listas, nuevos partidos, nuevas acusaciones y seguramente nuevos descubrimientos sobre cómo se administró el Estado durante los últimos años. Lo único verdaderamente estable será la velocidad con la que cada bando encontrará escandaloso exactamente lo que defendía cuando le tocaba cobrar el aplauso.
Porque en Misiones no desenchufaron solamente una aplicación. Desenchufaron la regla de oro de la política argentina: la caja nunca desaparece; simplemente cambia de enchufe.



























